domingo, 15 de septiembre de 2013
La voz de Ruben García
viernes, 19 de agosto de 2011
Raúl Ruiz (1941-2011)
"Ninguna de mis películas se parece a la otra. Yo soy por naturaleza curioso y me gusta experimentar cosas. Yo soy de aquellos de los que, cuando niño, metían los dedos en el enchufe para ver qué pasaba. Me gusta ver qué pasa si le echamos agua a la electricidad, me gusta hacerlo de forma controlada por que se que va a pasar algo malo, pero aún así siento curiosidad, quiero ver como es que las cosas pasan. ¿Qué pasa si desdoblamos los personajes de una película? La experimentación en ese sentido lúdico hace que mis películas se parezcan muy poco unas con otras. Es cierto que poco a poco se han venido unificando, digamos, pero aún así cada una es distinta, es diferente. Me decía el médico que me trataba del hígado: 'El problema es que su hígado es atípico e inclasificable'. Y yo le dije: 'Eso es lo que dicen a menudo de mis películas'. Él me contestó que quizás mis películas están llenas de mis problemas del hígado. 'Lo que pasa ―dijo― es que sus vísceras son muy barrocas'. Y yo le repliqué: 'Es que también me dicen que soy muy barroco'. Bueno, de esa entrevista salí más materialista".
-Raúl Ruiz entrevistado por Santiago y Andrés Rubín de Celis en 'miradas de cine' (marzo, 2011).
Nota: La foto pertenece a la película Le temps retrouvé (Ruiz, 1999).
jueves, 21 de octubre de 2010
Adiós, Sabalero
Vuelven los recuerdos
desde chiquilín....
daría mi vida
por volver allí...
Que tristeza, que tristeza
que tiene la Santa Rita...
el frío mató sus flores
se ha quedado desnudita...
Caen las hojas, caen las hojas
y se ensucia la vereda
Cae la lluvia, cae la lluvia
silencio en la pajarera...
Tarde de invierno...
contando el vintén,
con café y galleta
todo marcha bien...
Ese canto, ese canto
que recorre los rincones
Ese llanto, ese llanto
que recorre callejones
Grillo cebollero
te remedaba por horas
tu cantinela de lata
en mi cobijita de mora...
Caen las hojas, caen las hojas
y se ensucia la vereda
Cae la lluvia, cae la lluvia
silencio en la pajarera...
Que tristeza, que tristeza
que tiene la Santa Rita...
el frío mató sus flores
se ha quedado desnudita...
(Fragmentos de Grillo Cebollero, de José Carbajal).
El Sabalero en Los Cerrillos, circa 1996. El autor de Asunto Literario (primero desde la izquierda) con un engañoso vaso de refresco en la mano, acompaña el espíritu de Baco que envuelve el aire (imposible de apreciar en la instantanea) y que concluirá, al rato nomás, en un asado.
domingo, 30 de mayo de 2010
Salvaje
Clifford Worley: You're Sicilian, huh?
Coccotti: Yeah, Sicilian.
martes, 25 de mayo de 2010
Carlos Franqui, último adiós a Cuba
En el ensayo “Un retrato familiar”, incluido por Guillermo Cabrera Infante en su libro Mea Cuba, el autor de Tres tristes tigres, realiza una suerte de progresión biográfica de Carlos Franqui, una síntesis entre su sentir revolucionario al bajar de las sierras y su nacimiento como escritor (lo que no deja de ser otro bautismo de fuego revolucionario):
“Carlos Franqui es uno de esos raros casos de un revolucionario que decide (o es impelido por la inercia política) convertirse en escritor. Franqui que era moroso (o cauto) hasta para responder una carta desde el poder. Tiene antecedentes ilustres sin embargo. Uno de ellos, el más eminente, es Trotski, salvando las distancias parciales y la cabeza entera. Franqui, al revés de Trotski, ingresó desde joven en el partido comunista cubano y sin ninguna vacilación. Por su edad debía militar en la Juventud Comunista, pero era entusiasta y por lo tanto útil a la causa. Pobre de nacimiento, campesino de solemnidad que no pudo gozar siquiera el privilegio de una ciudad cercana o de un pueblo de campo, Franqui era lo que se llama en Cuba un guajiro macho, un montuno, un campesino remoto. Pero tuvo la suerte de que lo encontrara una maestra extraordinaria, Melania Cobo, que era negra como su nombre y con completa cultura: uno de sus hijos llegó a ser un notable crítico musical en La Habana. Melania Cobo le sembró a Franqui la semilla del interés por la cultura bien temprano, como para que creciera con la inquietud política que Franqui llevaba ya adentro cuando Fidel Castro era todavía un aprendiz de jesuita. La tenacidad heroica del padre salva a Franqui niño de la muerte inminente de un apéndice reventado corriendo leguas al galope desesperado de un mal caballo hasta el hospital de emergencia en la ciudad. Desde entonces, con el mismo callado heroísmo, Franqui ha ido salvando su propia vida espiritual y física. La vida física ha tenido que ponerla demasiadas veces en peligro por su fe en dos o tres ideas que son todo menos contradic
torias. Su vida intelectual ha colocado al hombre en múltiples situaciones azarosas. Decir cómo Franqui ha franqueado estos obstáculos en oposición llenaría un tomo – que su modestia, estoy seguro, impediría completar”. 1-2 – La famosa foto de Carlos Franqui con Fidel Castro. En la foto ubicada a la derecha (publicada por Revolución en 1962) puede verse a Carlos Franqui, al fondo. En la foto ubicada a la izquierda (publicada por Granma en 1973) y aplicando el más burdo (pero no por ello menos efectivo) proceso estalinista, Franqui ha desaparecido.
3 – Carlos Franqui en la senectud.
sábado, 30 de enero de 2010
J.D. Salinger (1919-2010)
Le bastaron cuatro libros y una serie de silencios y de ausencias para convertirse en un ícono de la literatura norteamericana del siglo XX. Al lado de colegas tan mediáticos y propensos a opinar de todo – desde Philip Roth a Norman Mailer, desde Saúl Bellow a John Updike – Salinger cultivó una suerte de mediático y crónico anonimato. Sus libros breves, autoreferenciales, cargados de historias a medio camino entre lo anodino y lo trascendente, cosecharon millones de lectores a lo largo del mundo. El guardián en el centeno – su obra más famosa – se convirtió en un best seller más por razones mediáticas y publicitarias que por sus auténticas virtudes literarias. Su verdadera gran obra es la nouvelle de 1955 Raise High the Roof Beam, Carpenters (“Levantad, carpinteros, la viga del tejado”, tal su título en español), donde Salinger cuenta los preparativos de una boda bajo un agobiante calor neoyorkino. De ese libro proviene el siguiente fragmento:“Por primera vez en varios minutos, eché una mirada al minúsculo viejecito que tenía el cigarro sin encender. El retraso no parecía afectarlo. Su manera de estar sentado en el asiento trasero de un coche, coche en movimiento, coche estacionado e incluso, era inevitable imaginarlo, coche saltando de un puente al río, parecía una norma establecida. Era maravillosamente sencillo. Simplemente, había que sentarse muy derecho, manteniendo una distancia de diez o doce centímetros entre la copa del sombrero y el techo, y mirar ferozmente hacia delante, el parabrisas. Si la Muerte – que estaba allí afuera todo el tiempo, posiblemente sentada en el capó -, si la Muerte atravesaba misteriosamente el espejo y entraba en busca de uno, bastaba con ponerse de pie e irse con ella, feroz pero tranquilamente. Era posible llevarse el cigarro, si se trataba de un habano auténtico.”
sábado, 7 de noviembre de 2009
Obituario: Héctor Umpiérrez (1915-2009)
que ha de ser cuando la prensa, en viejas letras de molde,
publique la fin la noticia, con mi foto y con mi nombre:
“Se fue un viejo payador para ese pago de donde
no se vuelve con la piedra que hacia el vacío se arroje”
Y empezarán mis recuerdos y mis versos como hojas
a rodar de pago en pago, donde tanto se me nombra.
Y no faltará el colega que repitiendo mis coplas
llevará el recuerdo mío rodando de doma en doma.
No me han de dejar morir los que repitan mis cosas
HÉCTOR UMPIÉRREZ
Era el payador más viejo de la vieja guardia de payadores uruguayos. Profundo admirador de la vida y la obra de Carlos Gardel, solía contar como, el mismo día que cumplió veinte años, caminando por una calle montevideana, las pocas radios que habían en el país transmitieron – como un coro – la notica del accidente en Medellín y pudo ver a un río de gente, llorando con sus pañuelos, pululando por las aceras como almas en pena. Admiraba, también, al gran payador canario Juan Pedro López, del que se decía su discípulo y que fue, en los hechos, quién lo introdujo en el arte payadoril y de quien heredó, como el más preciado tesoro, una de sus guitarras.Con una prodigiosa memoria y una voz pausada que, ocasionalmente, prolongaba algunas vocales para darle un efecto más teatral a lo que estaba cantando o contando, Umpiérrez llegó a los noventa y cuatro años con una lucidez envidiable y un bagaje de recuerdos que ningún libro de memorias pudo atesorar y que está condenado a perderse como se pierden, indefectiblemente, páginas de la historia y la cultura de un país.
Absolutamente ninguno de los diarios de tirada nacional publicó “en letras de molde” la noticia de la muerte del nonagenario payador. Las páginas de espectáculos de los tabloides, más preocupadas por reseñar los recientes estrenos cinematográficos o la última riña de la vedette argentina de turno, guardaron un silencio cerrado sobre su deceso. No importaron sus decenas de años como relator oficial de jineteadas en la Rural del Prado, ni la gesta que emprendió en 1978, a caballo, recorriendo el mismo camino que llevó a Artigas a su exilio definitivo en Paraguay. No importó el hecho de que se tratara del último payador de la vieja guardia que expandió y profesionalizó el arte de la payada, quitándolo de cierto ghetto autoimpuesto para alcanzar una mayor difusión en los medios a la vez que un público más amplio.
Con Héctor Umpiérrez muere una parte importante de la historia más rica de la música popular uruguaya, en particular, y de la cultura nacional en su conjunto. Muchos no le perdonaron su fama internacional y, especialmente, ciertos episodios oscuros como cuando, durante un viaje a Chile en la década del setenta, cantó ante el dictador y genocida Augusto Pinochet. Supo protagonizar un tristemente célebre duelo con el payador Carlos Molina, duelo que se inició sobre el escenario y se continuó en una contienda a facón limpio. El episodio acabó con Umpiérrez al borde de la muerte.
Como delicado observador de las costumbres y el modo de vida campesino, Héctor Umpiérrez no limitó su creación al ámbito del canto repentista sino que forjó una importante obra escrita que se encargó de interpretar en los más variados escenarios. Muchos de sus textos alcanzaron mayor repercusión al incorporarse al repertorio de un sinfín de artistas uruguayos y argentinos. Su libro Vida y muerte de Yuyei y su tutor, exageradamente tildado por algunos como la “Biblia Gaucha” es una suerte de reescritura del mito de Martín Fierro y, si bien se encuentra lejos del alcance literario del texto de José Hernández, constituye una importante obra de reflexión sobre el mundo rural.
Coleccionista de guitarras y de aperos criollos, el lema que saludaba a todo viajero que llegaba a su casa era “La patria se hizo a caballo”. El animal, prolongación casi natural del gaucho desde su aparición en el desarrollo histórico del país, no sólo estuvo presente en la materia que conformaba a sus célebres relatos de jineteadas, sino que fue tema central de muchas de sus obras.
La muerte de Héctor Umpiérrez viene a cerrar un ciclo dentro del arte de la payada y la propia historia del Payador. Su figura de patriarca, que solía congregar a su alrededor a gran cantidad de cultores de la improvisación o simples degustadores de su arte, ha adquirido ahora un manto de leyenda. Como su querido Juan Pedro López, con el que debe haberse encontrado, sea donde sea el lugar hacia el que todos seremos transportados, Umpiérrez ha comenzado la última payada, la más extensa, la definitiva.
Fragmentos de Vida y muerte de Yuyei y su tutor de Héctor Umpiérrez
Dende que era muy pichón
Yuyei con el brasilero
se repartían los cueros
pa ´dormir en el galpón.
Cuantas noches, en el fogón
le dijo con voz sentida,
en esas noche perdidas.
“Yo quiero que quede en vos
Lo que yo aprendí en la vida”.
Nunca vayas a sacar
las botas a un caballo muerto
Sin antes saber de cierto
de que murió pa´ cueriar,
Que es fácil de contagiar
el carbunclo, el grano malo.
primeramente oservalo:
mal de pajarilla o mancha
le deja la jeta ancha
y las patas como palo.
Si hay peligro microbiano
hasta después de la muerte
el chimango te lo alvierte
al dejarle el ojo sano.
En esos casos, hermano,
resulta muy conveniente
lo quemés urgentemente
no dejando ni el recuerdo;
si murió pa´l lao izquierdo
y la cabeza al naciente.
martes, 28 de abril de 2009
Obituario: J.G. Ballard (*)

Su nombre sonó varias veces para el Premio Nobel de Literatura pero en Estocolmo hicieron oídos sordos u ojos ciegos a su prosa magistral y a su visión apocalíptica del tiempo en que le tocó vivir.
Influyó a innumerable cantidad de artistas, no solamente a escritores. Su estela puede detectarse en las páginas de Chuck Palahniuk y Martin Amis, en las imágenes de David Cronenberg y Steven Spielberg y en las construcciones sonoras de Brian Eno y John Cale, entre otros.
Provocó otro diluvio – el definitivo – con El mundo sumergido (1963), una novela donde uno de los cuatro elementos se convierte en regla para medir la condición humana y en detonador de lo mejor y lo peor de sus personajes. También hizo desaparecer a los Estados Unidos en Hola América (1981), obligando a un puñado de exploradores a recorrer los estados contenidos entre el océano Atlántico y el Pacífico asistendo a los estragos de nuestro actual modo de vida. Describió una nueva variante sexual – Crash (1973) - y patinó de lo lindo al edificar un argumento donde la perversión le gana a la creación. Contó su infancia en la conflictiva Shangai de los años treinta en la soberbia novela autobiográfica El imperio del sol (1984) y su compleja y, entrañable en ocasiones y problemáticas en otras, relación con el sexo femenino en La bondad de las mujeres (1991), quizas su texto más logrado. Escribió su peor novela, Fuga al paraíso (1996) como reflejo de la ascendente problemática ecológica a nivel mundial y comenzó, a partir de esta obra, una espiral descendente donde la fuerza de sus libros anteriores se fue perdiendo entre los misterios que pueblan una sofisticada urbanización para nuevos ricos (Super-Cannes), el mesianismo y el culto a la violencia de Milenio Negro (2003) y los estragos de la última fase del consumismo de Bienvenidos a Metro-Centre (2006). Pero, justo es decirlo, en el 2001 ordenó su antología de cuentos,uno de los libros fiundamentales de la ficción breve de las décadas pasadas donde, entre una acumulación de grandes textos, pueden leerse (o releerse) gemas como “Las voces del tiempo”, “El hombre del piso 99” o “Pasaporte a la eternidad”.
Pateó el tablero de la ciencia ficción establecida y también de la variante avan- garde, al deslindarse del núcleo duro del género (El huracán cósmico, su primera novela de 1962, es la que más se acerca) y de la versión “más filosófica”, al definir a sus historias como “hechos que no tienen lugar en el futuro sino en una especie de presente visionario”.
Habitó, por décadas, el mismo chalet desvencijado en los suburbios de Shepperton, rodeado de plantas y de libros, sin dignarse a pasar la aspiradora “desde 1960”. Allí, en su, suponemos, espaciosa biblioteca, redactó sus ficciones a mano, sin sombra de computadora y hablando pestes de internet.
En Hola América, Wayne, el protagonista, recorre una Nueva York desolada, donde los edificios se alzan vacíos entre las montañas y donde la Estatua de la Libertad yace en las aguas del Atlántico como un símbolo de la muerte definitiva de los sueños de toda la sociedad. La Nueva York que ve Wayne, la ciudad por la que camina sin rastros de presencia humana, está poblada por reptiles, como una inversión o representación actualizada de lo que debió ser la alborada del mundo, antes de la irrupción del homo habilis. Los reptiles que ahora habitan al tierra, entre los restos edilicios de una ciudad abandonada, han adoptado – en la visión ballardiana – las características de los hombres: “En todas partes había vida desértica, secreta pero abundante. Los escorpiones se retorcían como ejecutivos nerviosos en las ventanas de las antiguas agencias de publicidad. Una serpiente que tomaba el sol en la puerta de una editorial se detuvo a observar a Wayne y luego se desenroscó en la sombra, esperando pacientemente entre los escritorios como un editor implacable. Había serpientes en las agencias de actores, sacudiendo los cótalos como si censuraran a Wayne por una prueba de actuación insuficiente”.
Nadie como J.G. Ballard registró nuestro inquietante presente con una pluma a medio camino entre el documental exhaustivo y el Aocalipsis de San Juan, nadie como J.G. Ballard, en definitiva, para detectar nuestra lenta e inexorable mutación de seres humanos en reptiles.
martes, 27 de enero de 2009
Obituario: John Updike

sábado, 11 de octubre de 2008
Thomas M. Disch y los días por venir
DIA DE LA INDEPENDENCIA

4 de julio de 2008. El viejo que camina con la bolsa de supermercado por la acera desolada, en realidad, no es tan viejo. Su vejez se ha acelerado notoriamente y sus sesenta y ocho años se han vuelto más de ochenta. Una serie de calamidades han encorvado su cuerpo - una masa gigantesca que supera con creces los cien kilos - y lo han vuelto mucho más serio y más callado. La muerte del hombre con quien vivió varias décadas, el incendio de su apartamento y la pérdida total de su frondosa biblioteca son los responsables de su acelerada vejez. Cada día, deja su pieza y camina por las calles cercanas con desazón, pateando algún residuo y contemplando las complejas formas de las nubes que atraviesan el cielo de Nueva York, una ciudad fragmentada que algún día imaginó y en la que colocó a algunos de sus personajes. Cada día, camina hacia el mercadillo de los japoneses dos cuadras más abajo, compra el diario frente a la estación del subte y, generalmente, cruza hacia la casa de videojuegos en mitad de la manzana, se sienta frente a una computadora y actualiza su blog. En la última entrada - escrita del 2 de julio - se lee: "Estoy asombrado por cómo ha subido el precio de un almuerzo económico. La televisión ofrece una porción de pizza a cinco dólares como algo natural. No veo cómo un adolescente puede alimentarse con esos precios, salvo que venda droga". Luego de escribir su último texto - que parecía adelantar la crisis económica que unos meses después se cebaría con el país y con el mundo entero - volvió a su apartamento. Al abrir, encontró debajo de la puerta una nueva nota del casero amenazándolo con desahuciarlo.
El último día de la independecia de Estados Unidos, el avejentado hombre gordo no salió del apartamento. Escuchó los ecos de una banda militar en una plaza cercana, escuchó a la gente pasando por la calle, escuchó algún grito, sirenas y unos disparos que terminó identificando como fuegos artificiales. Después, buscó el pequeño revolver que guardaba en un cajón de su escritorio y se disparó un tiro en la cabeza.
El suicida se llamaba Thomas Michael Disch y es uno de los escritores más importantes de la narrativa norteamericana, sitial al que accedió con una obra densa, de no fácil aceso pero iluminadora en más de un sentido. Si bien muchos reseñistas lo han relegado a un rincón de la ciencia ficción - la CF blanda o la "new age" - Disch fue mucho más que un autor de libros del género; pateó el tablero del rubro de las invasiones extraterrestres con Los genocidas, donde una gigantescas plantas cosechadas por habitantes de otro planeta dominan la tierra; escribió sobre los experimentos alucinógenos en el seno de una tecnocracia militar en Campo de concentración y reelaboró el trillado tema de los viajes espaciales con Eco alrededor de sus huesos. A años luz de Heinlen y de Asimov, más cercano al primer J.G. Ballard y al último Phillip K. Dick, Thomas M. Disch no es un autor demasiado leído e incluso, dentro de la propia ciencia ficción, suele ser bastante ninguneado. Situación que debía importarle bien poco y que, en Campo de concentración, resumió: "Todos están patéticamente enterados de lo corto que es su tiempo. Todos pueden ver la flecha del Tiempo vibrando en su blanco".
EL EDIFICIO

334 es la obra cumbre de Thomas M. Disch; el libro con el que se distancia de cualquier corriente dentro de la ciencia ficción y con el que funda su propio país dentro del género. Escrita en 1972, 334 es la historia de un puñado de personajes que habitan el edificio del título en la Nueva York del año 2021. No hay viajes espaciales allí, ni complejos sistemas virtuales y hasta los propios adelantos tecnológicos no parecen ser nada del otro mundo. Disch cuenta el día a día de esas personas, analiza sus pequeños conflictos cotidianos, sus miserias y sus virtudes. Los ecos de un estado policíaco se pueden atisbar en el ambiente; la descendencia está controlada por un test al que deben someterse todas las personas interesadas en tener hijos y la televisión que ven los personajes es el perfeccionamiento de la actual basura que prolifera en la pantalla chica. Para superar sus problemas, la gente recurre al psicoanálisis o al consumo de un arsenal de drogas, particularmente la morbihanina, un potente regulador de los sueños que permite acceder a un universo controlado por las propias reglas del que lo imagina, determinando así el control del libre albedrío. En el relato La vida cotidiana en los últimos tiempos del Imperio Romano, un ama de casa vive dos existencias: como anodina empleada en una oficina estatal y como hija de un patricio romano en los años previos a la caída de la ciudad. "Quien toma Morbihanina descubre que una vez transcurrido el período inicial de 'ajuste' el paisaje en el que habita no resulta mucho más maleable que el del mundo cotidiano, pero es consciente de que incluso el acto más insignificante que lleve a cabo dentro de ese paisaje es una elección libre y espontánea determinada por su libertad. La Morbihanina hizo posible soñar de una forma responsable". Thomas M. Disch no vivió para contemplar su Nueva York imaginada en la tercera década del presente siglo pero se valió de un sucedáneo de la Morbihanina para regular su destino y escribir su propio y radical final.

