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jueves, 26 de abril de 2018

El misterioso escritor B. Traven


Máquina de escribir en la selva

Frente a B. Traven, los promocionados grandes autores “ocultos” de la ficción del siglo XX, Thomas Pynchon y J. D. Salinger, son meros bromistas de domingo. Ningún escritor hizo tanto para borrar las pistas de su contingencia humana como este novelista que tecleó toda su obra en medio de la selva mexicana. Son muchos los investigadores que se han lanzado tras la pista de B. Traven, los mismos que al creer apresarlo en la cómoda parcela de una biografía, han visto cómo, irremediablemente, se difuminaba.
Martín Bentancor

En el año 1925, Ernst Preczang, editor del Büchergilde Gutenberg, un gremio literario y club del libro para obreros fundado por un sindicato de impresores de Alemania, quedó maravillado por una serie de relatos acerca de México, aparecidos en la revista socialista Vorwärts y firmados por un tal B. Traven. Localizó al autor escribiéndole a un número de apartado postal a la ciudad portuaria de Tampico, en el estado mexicano de Tamaulipas, y le solicitó los derechos para reproducir los textos en forma de libro. Traven le respondió de inmediato, aceptando la propuesta y proponiéndole, a su vez, publicar antes una novela que había escrito en inglés y que él mismo traduciría al alemán. La novela, que se llamaba Das Totenschiff (El barco de la muerte), fue publicada por Preczang en abril de 1926, convirtiéndose en un suceso inmediato. De pronto, B. Traven pasó a ser el autor más leído de Alemania, comenzando a labrar el misterio que permanece abierto hasta la actualidad.

Feige/Marut
Entre los años 1917 y 1921, un tal Ret Marut publicó en Munich la revista Der Ziegelbrenner, definida como una publicación “anarcopacifista y anarcoindividualista”, inspirada en la legendaria Die Fackel de Karl Kraus (1874-1936). En su revista, que redactaba, editaba y distribuía él mismo, Marut enfrentaba a los charlatanes que escribían en los diarios y apelaba a que el lector descifrara la verdadera noticia oculta detrás de la noticia, afirmando que solo el socialismo podría destruir al Estado y barrer con el sistema capitalista. En su revista, Marut no se andaba con sutilezas: cuando debía atacar a un político corrupto, directamente lo llamaba “hijo de puta”, cuando se refería a ciertos industriales, hablaba de “raza de víboras” y a algunos lectores que, furibundos, le escribían para quejarse de determinados artículos, los designaba como “inmundicia humana”.
Ret Marut había nacido, en realidad, bajo el nombre de Otto Feige, desempeñándose durante años como montador mecánico y como secretario de sindicato, con fuertes ideas anarquistas. En 1907, a los veinticinco años, Feige decidió convertirse en Ret Marut y, valiéndose de su predisposición al histrionismo, logró algunos trabajos como actor en espectáculos populares. Su cambio de nombre vino de la mano de un cambio de nacionalidad, pues a partir de entonces, comenzó a afirmar que había nacido en San Francisco, el 25 de febrero de 1882, y que, lamentablemente, todos sus papeles de nacimiento se habían destruido en el gran terremoto de 1906 en la ciudad norteamericana. Así, de a poco, el operario manual anarquista se convirtió en el editor de uno de los medios de prensa más inquietos de aquella Alemania que salía de la Gran Guerra y comenzaba a acomodarse en el consiguiente periodo de posguerra.
En uno de los últimos artículos que Ret Marut publicó en Der Ziegelbrenner, antes de cerrar la revista, se refería a los escritores norteamericanos más leídos en su propio país. Allí, entre varios nombres, mencionaba a Upton Sinclair, Jack London, Mark Twain, Theodore Dreiser y a un tal B. Traven, a quien nadie conocía en Alemania.
El siguiente paso de Otto Feige, aquel antiguo operario manual anarquista, fue desprenderse de la personalidad de Ret Marut, enterrando al incendiario gacetillero de Munich. En algún momento del año 1924, Otto Feige, alias Ret Marut, cruzó el Océano Atlántico, desembarcó en México y se convirtió en el novelista B. Traven.



El novelista
Volvamos al principio. Cuando en abril de 1926, Ernst Preczang editó en Alemania el libro de B. Traven El barco de la muerte, convirtiéndose en automático bestseller, nadie recordaba el nombre del ignoto novelista que, algunos años atrás, Ret Marut había señalado como uno de los autores norteamericanos más leídos. El público, ávido de más Traven, exigió la aparición de nuevas obras de aquel estadounidense que vivía en México y escribía en alemán. En setiembre de 1926 apareció la novela Los pizcadores de algodón, protagonizada por el mismo narrador de El barco de la muerte, y en 1927 vería la luz otra novela, El tesoro de la Sierra Madre, que a la postre se convertiría en el libro más famoso de Traven, a raíz de la adaptación cinematográfica que veinte años después realizara John Huston. 
En 1928, Traven publicó en Alemania dos nuevas obras: la colección de cuentos Der Busch y su única obra de no ficción, la crónica de viaje Land des Frühlings, que incluía 64 páginas de fotografías tomadas por el propio autor, seguidas en 1929 por las novelas Puente en la selva y La rosa blanca. Tras la aparición de estos libros, hubo un silencio editorial de dos años y, a partir de 1931, comenzó la publicación de lo que se llamó “el ciclo de la caoba”, integrado por las novelas La carreta (1931), Gobierno (1931), La marcha dentro del reino de la caoba (1933), La troza (1936), La rebelión de los colgados (1936) y El General. Tierra y libertad (1940).
Luego del “ciclo de la caoba”, B. Traven no volvió a publicar durante diez años. En 1950 apareció Macario, un largo cuento fantástico que es, en realidad, un refrito de los relatos ‘El padrino’ y ‘El padrino Muerte’, de los hermanos Grimm, y una década después, en 1960, fue el turno de Aslan Norval, unánimemente considerada una obra menor.
Es interesante apuntar que la fama editorial de B. Traven se labró a espaldas de Estados Unidos, país donde presuntamente había nacido. En B. Traven. Una introducción, Michael L. Baumann cuenta que el legendario editor Alfred A. Knopf, que sería el primero en publicar a Traven en inglés, no se enteró de su existencia hasta un viaje que realizó a Alemania en 1932. Cuando dos años después, El barco de la muerte fue editada en Estados Unidos, apenas vendió unos pocos ejemplares. Una suerte similar corrieron Puente en la selva y El tesoro de la Sierra Madre. Recién cuando la adaptación de El tesoro…, realizada por John Huston y protagonizada por Humprey Bogart, Tim Holt y Walter Huston, fue estrenada en 1948, el público lector estadounidense comenzó a interesarse por B. Traven.

Croves/Torsvan
Cuando en 1946, John Huston comenzó a filmar El tesoro de la Sierra Madre en México, el primer día de rodaje apareció en el set un tal Hal Croves, que se presentó como un traductor residente en Acapulco. Croves le entregó a Huston una carta escrita de puño y letra por B. Traven, en la que el escritor afirmaba que el portador conocía al dedillo toda su obra, solicitando que fuera tenido en cuenta para cualquier consulta técnica, argumental e histórica sobre el libro. Croves siguió a Huston y a su equipo por los distintos lugares donde se desarrolló el rodaje, a saber, Michoacán, Tampico y San José Purúa, solo intercambiando unas pocas palabras con el director, hasta que en algún momento de la filmación, desapareció.
Cuando la película se estrenó, en enero de 1948, un indignado Hal Croves atomizó la sección de ‘Cartas al director’ de Life y Time con encendidos ataques al cineasta. “Nunca más tendrá John Huston la oportunidad de dirigir una película basada en otro de los 14 libros de Traven. Traven no necesita a Huston”, dice en una de las correspondencias. Y en otra: “John Huston nunca será un gran escritor porque es un mal observador”. Es verdad que la película no capta la atmósfera densa de la novela (en la que, a la mitad, el protagonista muere degollado) y que los personajes mexicanos son presentados de una forma por demás ridícula, pero Huston logró uno de sus mejores filmes al presentar un estudio desolador sobre la codicia. Las cartas de Croves a la prensa tenían un espíritu más propagandístico de la obra de B. Traven que de genuina molestia por la película de Huston.
Como habrá adivinado el sagaz lector que llegó hasta acá, el traductor y furibundo corresponsal Hal Croves, que se mezcló en el rodaje de El tesoro… para desaparecer de golpe, como tragado por la propia selva, no era otro que el mismísimo B. Traven, alias Ret Marut, nacido Otto Feige.
En 1948, el joven periodista mexicano Luis Spota se propuso averiguar quién se escondía detrás del misterioso escritor B. Traven. Durante meses, siguió el rastro del presunto traductor Hal Croves, descubriendo que todas las pistas llevaban a un mismo lugar: Acapulco. En la ciudad portuaria, el incansable Spota hurgó y hurgó hasta interceptar una liquidación de regalías que el agente literario Joseph Wieder le enviaba a Traven desde Suiza. Lo curioso es que el cheque no iba a nombre de B. Traven ni de Hal Croves, sino de un tal F. Torsvan. Cuando Spota dio con Torsvan y le enrostró el hecho de que él era el escritor B. Traven, el imputado, un ingeniero retirado que vivía en un barrio residencial, lo negó categóricamente, cerrándole la puerta en la cara. Poco tiempo después, el novelista Upton Sinclair le envió un paquete de libros a B. Traven. Como el novelista norteamericano no sabía de qué forma contactar a su colega, remitió el paquete a Ciudad de México, a nombre de Esperanza López Mateos, quien unos años antes se había convertido en la traductora al español de B. Traven. López Mateos recibió el paquete y lo despachó hacia Acapulco, a nombre de F. Torsvan.
Puestos a averiguar quién era F. Torsvan, Spota y otros investigadores se lanzaron a la búsqueda de los datos biográficos de quien, según las pistas antes señaladas, no era otro que el mismísimo B. Traven. Hallaron, así, que el nombre de F. Torsvan apareció oficialmente en México en 1926 (el mismo año que Ernst Preczang publicaba en Alemania El barco de la muerte, la primera novela de Traven), como el de un ingeniero que acompañó una expedición arqueológica dirigida por Enrique Juan Palacios por el estado de Chiapas. En un momento del periplo por la selva, como antes lo hiciera el operario Otto Feige en 1907, Ret Marut en Munich, en 1924, y, años más tarde, Hal Croves durante el rodaje de El tesoro de la Sierra Madre, F. Torsvan había desaparecido abruptamente.



Esperanza
Durante muchos años, la única forma de leer a B. Traven en español fue a través de la vieja Compañía General de Ediciones S.A., dentro de su colección ‘Ideas, Letras y Vida’, que publicó gran parte de la obra novelística de Traven. La traductora Esperanza López Mateos no solo fue la encargada de verter al español la prosa del esquivo autor, sino que poseyó el copyright de la obra, en un interesante caso de autoría intelectual.
Esperanza, hermana de Adolfo López Mateos, quien fuera presidente de México entre 1958 y 1964, y prima del legendario director de fotografía Gabriel Figueroa, es una pieza clave en la historia de B. Traven y, especialmente, en el mantenimiento del misterio y el vínculo del escritor con México. Algunas crónicas afirman que el autor y la traductora se encontraron por primera vez en Michoacán, en 1941. Esperanza López Mateos es la responsable de haber convertido al español la prosa profundamente descriptiva de B. Traven, que no se detiene solo en el registro de paisajes y contingencias geográficas sino que explora al detalle los tipos humanos, especialmente de los indígenas, no cayendo jamás en el pintoresquismo ni el retrato de brocha gorda.
En un momento de la búsqueda, los investigadores que iban tras los pasos de B. Traven, constataron que los rastros se diluían al llegar a la traductora. Solo Esperanza López Mateos se carteaba con el autor; solo ella conocía el proceso creativo del novelista; solo ella compartía los derechos de la obra del inalcanzable escritor. Y fue uno de esos investigadores, anclado una medianoche en alguna cantina del sur mexicano, quien comenzó a preguntarse si en verdad hubo alguna vez un ingeniero recorriendo Chiapas, un traductor asesorando a un cineasta, un novelista aporreando una máquina de escribir debajo de un mosquitero en el trópico. ¿Y si B. Traven no era otro que Esperanza López Mateos?, se preguntó.
Cuando en 1951, Esperanza López Mateos se suicidó, a los cuarenta y cuatro años, no solo se llevó a la tumba la teoría elaborada por aquel trasnochado rastreador, sino todo lo que conocía del auténtico B. Traven, con quien se había carteado durante años. Cuando el 26 de marzo de 1969, murió en Ciudad de México Hal Croves, hubo cierta coincidencia en la prensa mundial en señalar que el muerto era B. Traven. La disposición testamentaria indicaba que sus cenizas fueran esparcidas en el río Jataté, en Chiapas, no solo para permanecer en una zona que le había sido muy querida al escritor, sino también para no dejar rastros tras de sí, para que en el futuro nadie tuviera que reducir el cadáver, estableciendo la conexiones posibles entre Otto Feige, Ret Marut, Hal Croves, F. Torsvan y B. Traven.





Los libros
El barco de la muerte, la primera novela de Traven, presenta los grandes temas del autor: la confraternidad entre desclasados, las relaciones de poder entre poderosos y subordinados y una concepción de la vida teñida por la presencia insoslayable de la muerte. Gerard Gales, narrador que reaparece en Los pizcadores de algodón y Puente en la selva, se suma a la tripulación del Yorikke, un “barco de la muerte” integrado por marineros indocumentados que trabajan como esclavos. Gales dice haber nacido en Nueva Orleans, pero al haber perdido todos sus papeles de identificación se ve obligado a vagar sin rumbo por los puertos en busca de un barco que lo acepte, sabiendo que no puede quedarse en ningún país.
Puente en la selva reencuentra a Gales varios años después, convertido en cazador de pieles de cocodrilo en México, en un periplo que lo lleva a detenerse en un decrépito pueblo en la selva, levantado a la sombra de un yacimiento de petróleo. El puente del título, una inestable construcción de madera, sin barandas, sobre unas aguas amarillas y traicioneras por las que desaparece un niño, se convierte en un personaje más de la trama, a cuyo alrededor Traven despliega una comedia humana que le da voz a los desposeídos. El libro fue llevado al cine en 1971 por Pancho Kohner y protagonizado por John Huston, quien no tuvo esta vez a ningún Hal Croves que desde la prensa cuestionara su labor actoral. 
Cerremos este brevísimo repaso por algunas obras de Traven mencionando a La carreta, la primera entrega del “ciclo de la caoba”, publicada en 1931, un libro que en Alemania fue prohibido por los nazis. En él, Traven analiza con dotes de antropólogo las relaciones de poder de los indígenas mexicanos insertos en lo que podría llamarse una sociedad de consumo. Se trata de uno de los libros más originales del autor, que mezcla en su historia el rescate de ciertas leyendas con la voz de los eternos desclasados, como cuando el narrador reflexiona: “Los harapos eran regalados a quienes los mendigaban. En este mundo no hay pantalón, camisa o par de zapatos lo bastante viejos para que no exista algún ser humano que al verlos exclame: “Démelos; mire usted como ando. ¡Muchas gracias, señor!”
B. Traven es un autor que ha sido copiosamente publicado y que goza de una buena salud editorial. Sus novelas, especialmente las que escribiera en la segunda mitad de la década del veinte, han sido traducidas a más de cuarenta idiomas. El 2009 fue considerado el Año Internacional Traven y el año pasado, el Museo de Arte Moderno de México presentó la exposición más completa jamás montada sobre el enigmático escritor: cartas, fotos, material fílmico y todas las ediciones posibles de su obra le dieron forma a una muestra copiosamente visitada. En Uruguay, hace algunas semanas Ediciones de la Banda Oriental, en su colección Lectores, publicó una selección de sus Cuentos mexicanos, que acerca a los lectores de este suburbio del mundo una muestra más que representativa de las ideas, el estilo y la impronta de este gran escritor.



-Publicado en el semanario Brecha, el 11/VIII/2017.

viernes, 8 de mayo de 2009

El escritor más oculto (*)

PRIMERO
De todos los misterios que rodean a la Literatura, un capítulo especial (por su complejidad y su riqueza) merece la Literatura Mexicana. Y especialmente, la que conforman aquellos autores extranjeros que escribieron sobre México, que adoptaron su suelo y sus misterios como propios o que se mimetizaron de tal forma con su pasado y sus costumbres que leerlos no provoca el temor al cliché o el lugar común; escritores extranjeros que escribieron sobre México con respeto y conocimiento, no con la mirada puesta en la guía Michelin o las bondades del paquete turístico. Graham Greene, D. H. Lawrence y Malcom Lowry son tres ejemplos reconocidos por el alcance de su obra y los sitiales (opuestos sin enfrentarse) que ocupan dentro de la Literatura.Con El Poder y la Gloria, Graham Greene construye un personaje tan poderoso que amenaza con tragarse la propia trama del libro; su sacerdote perseguido en el infierno de las selvas mexicanas es un bosquejo ante ese magnífico estudio político, cultural y demográfico llamado Caminos sin ley. En ese libro fundamental, a medio camino entre el diario de viaje y la crónica periodística, Greene observa a México y termina constatando una imponente realidad: la imposibilidad de entenderlo.En La serpiente emplumada, D. H. Lawrence dispone de todos los elementos para convertir su libro en una aberración pseudofolklórica: las amplias haciendas, los toros, el machote mexicano, los sombreros charros, etc. Pero es la potencia de la pluma de Lawrence lo que evita hundir a sus personajes en el color local y el pintoresquismo para ofrecer un México salvaje, un resabio anterior a la llegada de Hernán Cortés que se palpita a lo largo de todo el libro. La historia, claro está, transcurre en el siglo XX.En Bajo el volcán, Malcom Lowry escribe la novela sobre el infierno mexicano y da un paso más en la senda de los textos de Graham Greene. En su libro, Lowry ve a México a partir del Día de los Muertos; un viaje al corazón de los temores religiosos y a los demonios del alcohol a través de uno de los personajes más contundentes de la novelística del pasado siglo: el Cónsul Geoffrey Firmin. En definitiva, grandes escritores escribiendo bajo el influjo de un país misterioso, tan ecléctico política, social y culturalmente como, seguramente, son todos los países del mundo. Pero a la hora de leer a México desde los ojos de un foráneo, ninguna pluma iguala a la de Bruno Traven.

SEGUNDO
Bruno Traven, alias Hermann Albert Otto Max Feige, alias Traven Torsvan, alias Ret Marut , alias Hal Croves. Alias the man who wasn't there. Un misterio blindado en el corazón del suelo mexicano, un secreto tan bien guardado que cientos de investigadores golpean sus cabezas contra las paredes de sus estudios sin poder apresarlo, sin poder sujetar sus datos biográficos con la equivalente existencia de un ser de carne y hueso. Exceptuando su primera novela – El barco de la muerte – todas las obras de Traven se desarrollan en México. Sus protagonistas pueden ser codiciosos buscadores de oro atravesando la selva a lomo de mula (El Tesoro de la Sierra Madre), viejos indios en conflicto con magnates petroleros (La Rosa Blanca) o gringos que viven entre indios mexicanos como antropólogos que olvidaron su cometido (Puente en la selva). Todas las biografías que lo refieren hablan de un sujeto nacido en Alemania en 1882 y muerto en México en 1969. Desde las reseñas que circulan por Internet hasta el libro que le dedicó Gerd Heideman (quien ocupó parte de su vida en estudiar a Traven), el autor enamorado de México se diluye en una maraña de imprecisiones, ausencia de datos o, al revés, superabundancia de los mismos que, en muchos casos, confunden fechas, lugares y datos históricos volviendo al propio biografiado en un ente mucho más fantasmal. (Heideman supuestamente lo entrevistó, entró a su casa y lo grabó durante horas pero su testimonio tiende a volverse dudoso cuando uno se entera que, muchos años después, el mismo Heideman le vendió a la importante revista alemana Stern, unos diarios de Hitler queresultaronserfalsos)La única forma de leer a Traven en español es a través de la vieja Compañía General de Ediciones S. A., concretamente, dentro de su colección ‘Ideas, Letras y Vida’. Esa magnífica colección de libros con soberbias tapas de color marrón y texto negro, supo publicar (a principios de la década del cincuenta) la casi totalidad de la obra novelística de Traven. Obviamente, la forma de localizar éstos ejemplares es a través de un trabajo arqueológico en librerías de viejo y con el añadido de una serie de factores: la ignorancia del librero, la piedad del polvo y la humedad, la paciencia del comprador para, posteriormente, entregarse a un trabajo de rearmado del ejemplar que incluya el uso de plumero, pegamento y una cubierta de nylon (esta última se puede comprar o improvisar de forma casera). Una vez cumplida esa parte del proceso, el lector está en condiciones de abrir el tomo y cautivarse con la contundencia de un párrafo como éste:“Los harapos eran regalados a quienes los mendigaban. En este mundo no hay pantalón, camisa o par de zapatos lo bastante viejos para que no exista algún ser humano que al verlos exclame: “Démelos; mire usted como ando. ¡Muchas gracias, señor!” La existencia de un hombre pobre va acompañada siempre de la de uno más pobre aún.”La posibilidad de leer a Traven en español (el escritor utilizó su lengua materna, el alemán, para desarrollar toda su obra) se le debe a la gestión y dedicación de una única persona. Una mujer. Esperanza López Mateos.

TERCERO
Esperanza López Mateos fue hermana del presidente mexicano Adolfo López Mateos y prima del director cinematográfico Gabriel Figueroa. Mujer de increíble cultura, Esperanza López Mateos fue una de las primeras personas en interesarse en la obra de Traven. Algunas crónicas sitúan su primer encuentro en 1941, en un pueblo de Michoacán. Esperanza López Mateos tradujo, por su cuenta y sin conocimiento de Traven, su novela Puente en la selva. Aparentemente, el escritor se maravilló con su trabajo y, desde ese momento, Esperanza López Mateos se convirtió en una suerte de secretaria a distancia, traductora oficial de toda su obra y su representante (la cara visible de Traven para negociar sus regalías, atender a los periodistas y defender sus derechos de autor en las peligrosas junglas del mundo editorial). También habría sido ella la responsable de presentarle a John Huston (quien se encontraba en México rodando su adaptación de la novela de Traven El tesoro de la Sierra Madre) a un tal Hal Corves, una especie de asesor en asuntos mexicanos. El enigmático Corves habría acompañado a Huston y su equipo durante todo el rodaje no siendo otro que el mismísimo Traven. Como sea, fue gracias a Esperanza López Mateos que Bruno Traven fue volcado al español donde cosechó a su mayor franja de adeptos; lectores tan dispares como responsables de publicaciones de alta cultura hasta indios semianalfabetos de Centroamérica. Ahora bien, en octubre de 1951 Esperanza López Mateos se suicidó. Su muerte fue llorada y su nombre homenajeado por toda la nación mexicana y el propio Traven se volvió más ilocalizable al desaparecer de la tierra la persona que oficiaba como nexo con su público. La teoría más disparatada - aunque tratándose de Traven y su casi fantasmagórica biografía, se constituye en una de las lecturas más evidentes – es la que sostiene que nunca existió un escritor alemán que, un buen día, decidió emigrar a México y adoptar al país como su patria definitiva. No hubo viaje en barco, ni pasaporte, ni casa construida entre las sierras, ni obra escrita en alemán para luego ser traducida al español. Según ésta teoría, Bruno Traven no sería otro que Esperanza López Mateos, la eficaz y erudita traductora a quien se le debe, entre otras cosas, esas bonitas ediciones de la Compañía General de Ediciones S. A que, al levantarlas del estante, parecen querer desintegrarse entre los dedos como los filamentos en el ala de una mariposa.Ahora que todos los protagonistas de esta historia están muertos y enterrados entre toneladas de papel impreso, fragmentos de recuerdos traicioneros y el impasible y triunfante paso de los años, sólo le queda a la Literatura develar éstos misterios. O enterrarlos como esos tesoros – o fantasmas de tesoros – escondidos en las entrañas del dormido monstruo del Tiempo.

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(*)- Publicado en La Onda Digital (Nº 433), el 14/04/2009 y reproducido, con autorización, en Hoy Canelones (07/05/2009)

jueves, 29 de mayo de 2008

Esperanza López Mateos

l
De todos los misterios que rodean a la Literatura, un capítulo especial (por su complejidad y su riqueza) merece la Literatura Mexicana. Y especialmente, la que conforman aquellos autores extranjeros que escribieron sobre México, que adoptaron su suelo y sus misterios como propios o que se mimetizaron de tal forma con su pasado y sus costumbres que leerlos no provoca el temor al cliché o el lugar común; escritores extranjeros que escribieron sobre México con respeto y conocimiento, no con la mirada puesta en la guía Michelin o las bondades del paquete turístico. Graham Greene, D. H. Lawrence y Malcom Lowry son tres ejemplos reconocidos por el alcance de su obra y los sitiales (opuestos sin enfrentarse) que ocupan dentro de la Literatura.
Con “El Poder y la Gloria”, Graham Greene construye un personaje tan poderoso que amenaza con tragarse la propia trama del libro; su sacerdote perseguido en el infierno de las selvas mexicanas es un bosquejo ante ese magnífico estudio político, cultural y demográfico llamado “Caminos sin ley”. En ese libro fundamental, a medio camino entre el diario de viaje y la crónica periodística, Greene observa a México y termina constatando una imponente realidad: la imposibilidad de entenderlo.
En “La serpiente emplumada”, D. H. Lawrence dispone de todos los elementos para convertir su libro en una aberración pseudofolklórica: las amplias haciendas, los toros, el machote mexicano, los sombreros charros, etc. Pero es la potencia de la pluma de Lawrence lo que evita hundir a sus personajes en el color local y el pintoresquismo para ofrecer un México salvaje, un resabio anterior a la llegada de Hernán Cortés que se palpita a lo largo de todo el libro. La historia, claro está, transcurre en el siglo XX.
En “Bajo el volcán”, Malcom Lowry escribe la novela sobre el infierno mexicano y da un paso más en la senda de los textos de Graham Greene. En su libro, Lowry ve a México a partir del Día de los Muertos; un viaje al corazón de los temores religiosos y a los demonios del alcohol a través de uno de los personajes más contundentes de la novelística del pasado siglo: el Cónsul Geoffrey Firmin.
En definitiva, grandes escritores escribiendo bajo el influjo de un país misterioso, tan ecléctico política, social y culturalmente como, seguramente, son todos los países del mundo. Pero a la hora de leer a México desde los ojos de un foráneo, ninguna pluma iguala a la de Bruno Traven.

ll
Bruno Traven, alias Hermann Albert Otto Max Feige, alias Traven Torsvan, alias Ret Marut , alias Hal Croves. Alias the man who wasn't there. Un misterio blindado en el corazón del suelo mexicano, un secreto tan bien guardado que cientos de investigadores golpean sus cabezas contra las paredes de sus estudios sin poder apresarlo, sin poder sujetar sus datos biográficos con la equivalente existencia de un ser de carne y hueso. Exceptuando su primera novela – “El barco de la muerte” – todas las obras de Traven se desarrollan en México. Sus protagonistas pueden ser codiciosos buscadores de oro atravesando la selva a lomo de mula (“El Tesoro de la Sierra Madre”), viejos indios en conflicto con magnates petroleros (“La Rosa Blanca”) o gringos que viven entre indios mexicanos como antropólogos que olvidaron su cometido (“Puente en la selva”). Todas las biografías que lo refieren hablan de un sujeto nacido en Alemania en 1882 y muerto en México en 1969. Desde las reseñas que circulan por Internet hasta el libro que le dedicó Gerd Heideman (quien ocupó parte de su vida en estudiar a Traven), el autor enamorado de México se diluye en una maraña de imprecisiones, ausencia de datos o, al revés, superabundancia de los mismos que, en muchos casos, confunden fechas, lugares y datos históricos volviendo al propio biografiado en un ente mucho más fantasmal. (Heideman supuestamente lo entrevistó, entró a su casa y lo grabó durante horas pero su testimonio tiende a volverse dudoso cuando uno se entera que, muchos años después, el mismo Heideman le vendió a la importante revista alemana Stern, unos diarios de Hitler que resultaron ser falsos)
La única forma de leer a Traven en español es a través de la vieja Compañía General de Ediciones S. A., concretamente, dentro de su colección ‘Ideas, Letras y Vida’. Esa magnífica colección de libros con soberbias tapas de color marrón y texto negro, supo publicar (a principios de la década del cincuenta) la casi totalidad de la obra novelística de Traven. Obviamente, la forma de localizar éstos ejemplares es a través de un trabajo arqueológico en librerías de viejo y con el añadido de una serie de factores: la ignorancia del librero, la piedad del polvo y la humedad, la paciencia del comprador para, posteriormente, entregarse a un trabajo de rearmado del ejemplar que incluya el uso de plumero, pegamento y una cubierta de nylon (esta última se puede comprar o improvisar de forma casera). Una vez cumplida esa parte del proceso, el lector está en condiciones de abrir el tomo y cautivarse con la contundencia de un párrafo como éste:

“Los harapos eran regalados a quienes los mendigaban. En este mundo no hay pantalón, camisa o par de zapatos lo bastante viejos para que no exista algún ser humano que al verlos exclame: “Démelos; mire usted como ando. ¡Muchas gracias, señor!” La existencia de un hombre pobre va acompañada siempre de la de uno más pobre aún.”

La posibilidad de leer a Traven en español (el escritor utilizó su lengua materna, el alemán, para desarrollar toda su obra) se le debe a la gestión y dedicación de una única persona. Una mujer. Esperanza López Mateos.

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Esperanza López Mateos fue hermana del presidente mexicano Adolfo López Mateos y prima del director cinematográfico Gabriel Figueroa. Mujer de increíble cultura, Esperanza López Mateos fue una de las primeras personas en interesarse en la obra de Traven. Algunas crónicas sitúan su primer encuentro en 1941, en un pueblo de Michoacán. Esperanza López Mateos tradujo, por su cuenta y sin conocimiento de Traven, su novela “Puente en la selva”. Aparentemente, el escritor se maravilló con su trabajo y, desde ese momento, Esperanza López Mateos se convirtió en una suerte de secretaria a distancia, traductora oficial de toda su obra y su representante (la cara visible de Traven para negociar sus regalías, atender a los periodistas y defender sus derechos de autor en las peligrosas junglas del mundo editorial). También habría sido ella la responsable de presentarle a John Huston (quien se encontraba en México rodando su adaptación de la novela de Traven “El tesoro de la Sierra Madre”) a un tal Hal Corves, una especie de asesor en asuntos mexicanos. El enigmático Corves habría acompañado a Huston y su equipo durante todo el rodaje no siendo otro que el mismísimo Traven. Como sea, fue gracias a Esperanza López Mateos que Bruno Traven fue volcado al español donde cosechó a su mayor franja de adeptos; lectores tan dispares como responsables de publicaciones de alta cultura hasta indios semianalfabetos de Centroamérica. Ahora bien, en octubre de 1951 Esperanza López Mateos se suicidó. Su muerte fue llorada y su nombre homenajeado por toda la nación mexicana y el propio Traven se volvió más ilocalizable al desaparecer de la tierra la persona que oficiaba como nexo con su público. La teoría más disparatada - aunque tratándose de Traven y su casi fantasmagórica biografía, se constituye en una de las lecturas más evidentes – es la que sostiene que nunca existió un escritor alemán que, un buen día, decidió emigrar a México y adoptar al país como su patria definitiva. No hubo viaje en barco, ni pasaporte, ni casa construida entre las sierras, ni obra escrita en alemán para luego ser traducida al español. Según ésta teoría, Bruno Traven no sería otro que Esperanza López Mateos, la eficaz y erudita traductora a quien se le debe, entre otras cosas, esas bonitas ediciones de la Compañía General de Ediciones S. A que, al levantarlas del estante, parecen querer desintegrarse entre los dedos como los filamentos en el ala de una mariposa.
Ahora que todos los protagonistas de esta historia están muertos y enterrados entre toneladas de papel impreso, fragmentos de recuerdos traicioneros y el impasible y triunfante paso de los años, sólo le queda a la Literatura develar éstos misterios. O enterrarlos como esos tesoros – o fantasmas de tesoros – escondidos en las entrañas del dormido monstruo del Tiempo.

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Primer fotografía: Esperanza López Mateos.
Segunda fotografía: Tim Holt, Humprey Bogart y Walter Huston en un fotograma de "The tresaure of Sierra Madre" (John Huston, 1948)