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miércoles, 11 de febrero de 2015

El doctor llegó al amanecer

Sobre el mediodía del miércoles 7 de febrero de 1979 eran pocas las personas que permanecían en la playa de Bertioga, unos sesenta kilómetros al norte de Sao Paulo. La mayoría de los bañistas se había retirado a los bungalows y a las endebles construcciones de caña sobre las dunas, o emprendido el regreso hacia la sombra y el confort de los hoteles del balneario. Alrededor de una sombrilla, a escasos dos metros del agua, una familia se entretenía confeccionado un castillo de arena de considerables proporciones. El más viejo del grupo, con la mano izquierda curvada e inmóvil junto al abdomen, contemplaba con una sonrisa indiferente los movimientos del matrimonio y los dos hijos alrededor de las movedizas torres de la fortificación. En un momento, sin que nadie lo observara, el viejo se puso de pie, se acercó a la orilla, contempló la quietud azul de las aguas y comenzó a caminar océano adentro.
En la playa de Bertioga, la pendiente que forma la arena desciende con suavidad hacia el océano por lo que se puede caminar decenas de metros sin que el agua sobrepase el pecho. El viejo bañista caminó un buen trecho con determinación y, cuando se volvió, descubrió que el niño más pequeño lo estaba observando, haciéndose visera con la mano. El viejo levantó su mano sana y le dedicó un saludo pero, al hacerlo, perdió estabilidad y sus piernas se impulsaron hacia adelante, derrumbándolo.
Con el primer trago de agua salobre, el viejo sintió una quemazón en las entrañas que, lejos de producirle dolor, pareció calmar algún tipo de sed. Con el segundo trago, más intenso que el anterior, intentó gritar pero los ojos se le desorbitaron y la mano marchita intentó sin éxito despegarse del abdomen. Con el tercer trago, que sintió como una ola colosal cerrándose sobre el océano, el viejo comprendió que se estaba muriendo.
Así que de esto se trataba, pensó. Él, que había decidido, y ejecutado en ocasiones, la muerte de miles de personas, sin detenerse jamás a pensar qué se sentía en el preciso momento en que el último aliento abandona la existencia, se descubrió reflexionando sobre el particular mientras se hundía en las cálidas aguas de la playa de Bertioga. Entonces, con el descenso y el abandono final de los movimientos, llegaron las imágenes. La secuencia era arbitraria, inconexa, torpemente montada. El viejo pensó que era otra burla del destino: él, que siempre había pretendido el orden y la perfección de los números pares, debía morir presenciando aquella mescolanza de momentos extraídos a casi sesenta y ocho años de vida. Mientras descendía vio a su padre joven posando ante una fila de tractores al frente de la fábrica familiar en Günzburg, el traje y las maneras impecables mientras elogiaba la potencia de aquellas máquinas; vio los extraños especímenes de una fauna demencial, nadando en un líquido espeso y ámbar, en el laboratorio del profesor Otmar von Verschuer, en el Instituto de Biología Hereditaria e Higiene Racial de la Universidad de Fráncfort; vio el tren atestado de gente que se detenía en la tosca estación de Auschwitz mientras los guardias formaban junto a la cerca electrificada; vio un ojo que era extraído con brusquedad y precisión de una cuenca sangrante mientras la estancia se llenaba de alaridos; vio -y esto le llamó especialmente la atención porque fue la última imagen y porque era algo que no solía recordar a menudo-, una mesa y un banco de piedra bajo un frondoso laurel, en el patio de una casa blanca en aquella apacible y pequeña ciudad uruguaya.



Amanecía. Colonia del Sacramento era un amasijo de piedras y de árboles empecinado en crecer por entre la bruma y el aire frío del Río de la Plata.
Desde la rampa de acceso a la plataforma de descarga, Baumeister identificó con claridad a los novios. Sus rostros se destacaban entre los semblantes soñolientos y confusos que contemplaban la estructura del puerto con precaución, adaptándose a los contornos que la niebla matinal le imponía a los bultos de las grúas y los autos estacionados en el andén. Josef Mengele y Marta María Will aguardaron cortésmente a que un mozo de carga apartara unas maletas para avanzar con paso seguro por el camino que comunicaba a la plataforma con el edificio de arribos.
El funcionario de Aduanas dejó el mate sobre la tabla de picar el salame y le estampó un sello deslucido a los documentos, sin dedicarle ni siquiera una mirada a la pareja. Baumeister ahuecó las manos, expiró una bocanada de aire caliente sobre las palmas y avanzó hacia ellos. Marta, que fue la primera en verlo, presionó con la mano el brazo derecho del doctor Mengele. Se saludaron. Ninguno de los viajeros que pasaban a su lado reparó en el intercambio de frases alemanas entre las tres personas. Luego de los saludos, caminaron hacia el auto. Baumeister acomodó las valijas en el baúl del Ford Customline, le abrió la puerta a Marta María Will y cuando daba la vuelta al coche para repetir la operación, descubrió que Mengele se le había adelantado.
El sol apenas despuntaba sobre la franja móvil del mar cuando Baumeister arrancó y dirigió el auto hacia el este. Cruzaron los suburbios de Colonia en silencio, exceptuando algunas frases de ocasión sobre el tiempo y el reciente cruce del río. Cuando tomaron la carretera nacional, rodeada de amplias extensiones de campo, el doctor Mengele se volvió más locuaz. Apoyándose sobre el respaldo del asiento del acompañante, inquirió a Baumeister sobre las virtudes de aquella zona del país, el crecimiento industrial, el sistema de comunicaciones y la idiosincrasia de los uruguayos. Se mostró especialmente interesado en la cuestión ganadera y por el sistema de producción de la industria frigorífica.
Baumeister respondía a cada pregunta con precisión y claridad, despertando continuos asentimientos con la cabeza por parte de su interlocutor. En un momento del trayecto, interceptó por el espejo retrovisor la mirada de Marta María Will. La futura esposa del doctor Mengele permanecía en silencio, contemplando con desgano el paisaje que rodaba alrededor del auto y ahogando, dos por tres, algún bostezo. Varios años después, cuando los huesos de Mengele fueron extraídos de una tumba falsa y sometidos al rigor de la Ciencia y de la Ley, Baumeister conocería el entramado completo de la unión entre el doctor y Marta María Will. Allí no había amor, diría entonces. Aquel viaje en el auto no parecía el traslado de dos enamorados sino el de dos viajeros circunstanciales, obligados a compartir el reducido espacio del coche por practicidad, recordaría.
El doctor estaba formulando una nueva pregunta cuando se detuvo de golpe. Baumeister contempló el perfil de Mengele y siguió su propia mirada. Desde el pasaje entre sierras por el que estaban cruzando, la ciudad de Nueva Helvecia aparecía nítida y luminosa en mitad del campo, como una gigante postal en movimiento. Estamos llegando, dijo entonces Baumeister aminorando la marcha.


Juan Carlos Germán volvió a acomodarse el nudo de la corbata frente al espejo ovalado de la habitación matrimonial mientras Lydia, su esposa, contemplaba el paso de los peatones por la vereda de la calle Guillermo Tell. ¿Vienen?, preguntó el abogado. Todavía no, respondió ella.
Lo habían llamado unos días antes para pedirle un extraño favor: él y su esposa debían figurar como testigos de la boda de una pareja alemana. Por ocupar una de las habitaciones construidas sobre la Oficina del Registro Civil y por realizar frecuentes trámites en aquella dependencia, Germán, joven abogado montevideano de veinticuatro años, era fácilmente ubicable. Le generaba mucha curiosidad aquella pareja a la que no conocía y que se inscribiría en el Registro el mismo día de su llegada a Nueva Helvecia. Sobre José Mengele, el novio, se sabía que era un comerciante afincado en Buenos Aires que procuraba extender su red de negocios por el suroeste de Uruguay. De la novia, poco y nada se conocía.
Cuando su esposa le dijo que un Ford Customline negro acababa de detenerse frente a la Oficina, Germán terminó de acomodarse el saco, dedicando una última mirada de conformidad al espejo. Vamos, le dijo a Lydia. Descendieron la escalera tomados de la mano, atravesaron el largo pasillo que comunicaba la planta alta con las oficinas judiciales y salieron a la vereda en el preciso momento en que Baumeister le abría la puerta a la novia. José Mengele, vistiendo un ligero traje blanco, avanzó con soltura hacia los testigos, tomó con suavidad la mano de Lyda Florio de Germán y estrechó con fuerza la del abogado. Un verdadero placer, dijo en un español correcto pero atravesado por las aristas cortantes del idioma natal y evidenciando una suerte de malformación en los dientes delanteros superiores. Marta María Will rozó apenas los dedos de los padrinos de su casamiento, inclinando suavemente la cabeza, mientras Baumeister traducía las frases de rigor de Germán y su esposa. Los tópicos de la breve conversación fueron el reciente viaje, el clima de Buenos Aires y las virtudes del Hotel del Prado, donde Josef Mengele y Marta María Will se habían alojado un par de horas antes, al llegar a la ciudad junto a Baumeister.
El grupo avanzó hacia el interior del edificio. El tibio sol de la media mañana se filtraba por una de las ventanas del frente, dibujando un inestable poliedro entre la cortina de tela y una pequeña maceta con geranios. La actuaria Ilse Bernatsky condujo a las cinco personas hacia su oficina, las invitó a tomar asiento en las toscas sillas agrupadas en torno al escritorio y abrió el libro. El abogado Juan Carlos Germán, que había pisado por primera vez aquella oficina algunos meses atrás, siguiendo el rastro de un legajo sucesorio que mantenía enfrentados a siete hermanos y que, desde aquel día y por variados trámites, había regresado al lugar, llegando a alquilar una habitación en la parte alta del edificio para sus regulares estadías en Nueva Helvecia, sonrió al verse convertido en integrante de un trámite y no en su mero ejecutor.
Luego de algunas precisiones sobre la disposición legal de la boda, Ilse Bernatsky procedió a leer la fórmula del trámite incorporando el dato de los contrayentes. Mientras lo hacía, Germán reparó en la mirada desinteresada que sobre el conjunto de la estancia deslizaba Mengele. Aunque escuchaba las palabras de la funcionaria, su pensamiento, sus ideas, el entramado y complejo mecanismo que conforma la vida mental de un hombre, parecía vagar a miles de kilómetros del lugar. Aunque al principio había tomado la mano derecha de Marta María Will entre las suyas, Germán observó que la soltó de golpe, con cierta brusquedad, como si reparara en la evidente vitalidad de aquel miembro pálido y pequeño. Y, de pronto, el silencio se apoderó de la estancia. Hubo asentimientos, firmas sobre la larga foja del libro, más frases de rigor y un nuevo y más prolongado silencio.
En los días siguientes, Juan Carlos Germán se encontraría varias veces con el edicto matrimonial en las páginas del diario local y, en cada oportunidad, motivado por un rigor de confirmación o por simple inercia, volvería a leerlo: “En Nueva Helvecia y el día 17 del mes de julio del año mil novecientos cincuenta y ocho, a las 10 horas, a petición de los interesados hago saber que han proyectado unirse en matrimonio don Josef Mengele y doña Marta María Will. En fe de lo cual intimo a los que supieren de algún impedimento para el matrimonio proyectado lo denuncien por escrito ante esta Oficina haciendo saber las causas. Y lo firmo para que sea fijado en la puerta de esta Oficina y publicado en el periódico Helvecia por espacio de ocho días como manda la ley. Pedro Izacelaya. Oficial del Estado Civil”.
Nada, absolutamente nada en aquel atado de oraciones formales, ocupando apenas un recuadro en una página lateral del  periódico, le alertó a Juan Carlos Germán sobre los problemas que su vinculación con aquella boda le traería en el futuro. Muchos años después sería rotulado como “el abogado del criminal nazi”, recibiría amenazas anónimas y llegaría a temer por la seguridad de su propia hija. El tiempo, la verdad histórica y los documentos, finalmente, limpiarían el nombre del abogado montevideano que ahora leía, por enésima vez, el edicto matrimonial que anunciaba el segundo casamiento de Josef Mengele.


Entre los millones de documentos encontrados por los Aliados al finalizar la Segunda Guerra Mundial, alguien, un día, en una minúscula oficina que había integrado el complejo sistema burocrático del Tercer Reich, entre escombros, muebles deshechos y baldosas desenterradas, halló una hoja membretada, fechada en agosto del año 1944 y firmada por un capitán de las SS, que decía: “El doctor Mengele tiene un carácter abierto, honrado y fuerte. Es absolutamente digno de confianza, directo y educado. Su aspecto no revela debilidades de carácter, inclinaciones ni adicciones. Su predisposición intelectual y física puede ser calificada de excelente. Durante su actividad en el Campo de Concentración de Auschwitz, ha aplicado sus conocimientos, práctica y teóricamente, en sus funciones como médico de campamento y en la lucha de graves epidemias. Ha cumplido todas las tareas que le fueron asignadas con circunspección, perseverancia y energía, para total satisfacción de sus superiores, y ha demostrado dominar cualquier situación. Más aún, como antropólogo ha utilizado su escaso tiempo disponible a fin de ampliar sus estudios y ha hecho una valiosa contribución al campo de la antropología, empleando el material científico a sus disposición”.
Entre las actividades “científicas” que el doctor Josef Mengele desarrolló durante los dieciocho meses que estuvo destinado como oficial médico en el Campo de Concentración de Auschwitz, se cuentan sus procesos de selección entre los prisioneros que arribaban al lugar, subdividiéndolos en dos filas (una destinada al trabajo y la pesquisa científica y la otra, a las cámaras de gas); su experimentación sobre niños gemelos (que iban desde la inyección de extrañas sustancias hasta la cercenación de miembros), la asistencia a diversos partos de prisioneras que acababan, indefectiblemente, con la muerte del bebé, de la madre o de ambos, en procura de lograr el secreto de los partos múltiples y que tenía, como etapas del trabajo, la extirpación de ovarios, la inseminación artificial o el embadurnamiento de los órganos genitales con peligrosos ungüentos; su persistencia en comprender la razón de los cuerpos maltrechos y jorobados, lo que lo llevó, en una oportunidad, a hacer asesinar a un padre y un hijo que tenían una malformación idéntica y, ante el apuro por acceder a los huesos de las víctimas, ordenar que hirvieran los cadáveres en agua para que la carne se desprendiera con mayor facilidad.
Ninguno de estos datos conocía el recepcionista del Hotel del Prado -un hermoso edificio colonial que parece mirar, con cierto desdén, hacia el centro de Nueva Helvecia desde la altura de una cuchilla-, mientras contemplaba a aquel hombre afable y algo canoso que llegó en compañía de una mujer y que escribió con parsimonia su nombre en el ancho libro de registros. Durante los ocho días que la pareja permaneció en la ciudad, el recepcionista lo vio entrar y salir con frecuencia, enarbolando siempre una sonrisa amable y repartiendo generosas propinas entre el personal que lo atendía. La mujer, en cambio, pálida y silenciosa, permaneció la mayor parte del tiempo en la habitación a donde se hacía subir un almuerzo liviano y una cena más frugal aún.
El recepcionista del Hotel del Prado ya era un viejo jubilado achacoso, con algunas escaras recorriéndole la espalda y que todas las tardes, sistemáticamente, se sentaba a contemplar a las palomas frente al Monumento de Los Fundadores en la plaza de Nueva Helvecia, cuando se enteró de que aquel alemán amable que había pernoctado unos pocos días en el hotel, treinta años atrás, era el temible ‘Ángel de la Muerte’ del Campo de Concentración de Auschwitz. Y entonces recordó, con esa precisión que la memoria le otorga a un evento dormido en el fondo del cerebro que, por un extraño mecanismo es evocado a la perfección con todos sus detalles, una charla que tuvo con el huésped al segundo o tercer día de su llegada al hotel.
Mengele bajó las escaleras con lentitud y, tras detenerse a encender un cigarrillo en el desierto vestíbulo, se apoyó en el mostrador de la recepción. Luego de observar fugazmente la disposición de las llaves en el tablero y un almanaque colgado en la pared, le preguntó al recepcionista si hacía mucho tiempo que vivía en la ciudad y cuando el otro le dijo que toda la vida, asintió con una sonrisa, aspiró una larga bocanada de humo y realizó otra pregunta. ¿Es verdad que en 1937, cuando esta ciudad cumplió setenta y cinco años, al inaugurarse el Monumento a los Fundadores de Colonia Suiza, alguien colocó en el basamento, debajo de la piedra, la tierra y la argamasa, una bandera del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán? El recepcionista, que había escuchado la historia muchas veces, sonrió algo turbado y dijo que aquello era posible pero que, en su opinión, no era probable. Muchas gracias, dijo entonces Mengele y, aplastando la colilla en el cenicero de bronce del mostrador, saludó con un ademán, cruzó el lobby y salió del hotel.




Cuando se enteró que el Ejército Rojo estaba entrando a Praga, Jose Marês cerró las tapas de todos los pianos de la sala, deslizó una cubierta sobre el clavicordio del siglo XVII y apagó las luces de la imponente araña de plata. A oscuras y aguantando el llanto, contempló el pasaje febril de los peatones por la calle Betémsklá; al rato, escuchó los primeros disparos y cómo saltaban las alarmas de los depósitos sobre el río Moldava.
Más de diez años después de aquella fatídica jornada y a miles de kilómetros del lugar, Marês recordaba el silencio de la sala llena de instrumentos musicales antes de la irrupción de los comunistas. Los bárbaros destrozaron todo, llenaron de barro la alfombra de sus abuelos y orinaron sobre las partituras y los bocetos de los antiguos compositores. En la huida, la última imagen que Marês registró de su tienda, fue la del fuego apoderándose de los cortinados y las altas puertas de caoba.
No pasaba un día sin que Jose Marês, excelso afinador de pianos y dueño de una de las tiendas de instrumentos musicales más prestigiosas de Praga, convertido ahora, por fuerza de la emigración y la pobreza, en el mayordomo de lujo de un respetado alemán en la ciudad uruguaya de Nueva Helvecia, no recordara la fatídica noche en que los bárbaros lo dejaron sin nada. El señor R., su patrón, conocía la historia de su caída en desgracia y de su huida de Checoslovaquia y era consciente de que aquel hombre que lo servía con pericia y dedicación, era infinitamente más culto que él. Lejos de convertir eso en una barrera, el señor R. incentivaba el intercambio con Marês, haciéndolo partícipe en las reuniones que protagonizaba con otros alemanes que lo visitaban en su vieja finca de piedra, a escasos metros del Hotel del Prado.
Aquella tarde, cuando Jose Marês depositó la bandeja con la delicada tetera y los pocillos sobre la mesa de piedra bajo el laurel, le llamaron la atención dos cosas: el pronunciado defecto dental que exhibía aquel caballero alemán de prolijo bigote entrecano cada vez que sonreía y la mirada perdida, desolada, de la hermosa mujer que lo acompañaba. Cada vez que el señor R. o el visitante deslizaban en la charla algún comentario gracioso, la mujer se les unía con una sonrisa deslavada, una mueca que en ningún momento pretendía pasar por un auténtico gesto. 
Jose Marês sirvió el te siguiendo el ritual que imponía la ocasión. El pálido sol de julio se filtraba por entre los gajos del laurel y aunque no hacía frío, la tarde comenzaba a ser atravesada por unas corrientes que anunciaban la helada de la medianoche. Ubicado a un metro escaso del señor R., siguiendo la conversación en silencio y con ocasionales miradas de circunstancia, Marês se enteró de que aquella pareja de alemanes se casaría a la mañana siguiente en el Juzgado de Nueva Helvecia, ubicado a pocas cuadras del lugar. La bondad del señor R. para con sus compatriotas, que Marês había observado en innumerables oportunidades durante los años que estaba a su servicio, volvió a evidenciarse esta vez. Le propuso a la pareja organizar una fiesta de boda en uno de sus edificios céntricos para la que invitarían a todos los residentes alemanes de la ciudad. Él correría con los gastos, desde luego. Además, quería invitarlos a pasar algunos días en una estancia de su propiedad. ¿Pensaban pasar la luna de miel en Alemania?, preguntó.
El rostro del caballero alemán de bigote entrecano se ensombreció de golpe. Marês observó cómo alzaba las cejas y entrecerraba los ojos en una mirada de fastidio por la que se colaba algo parecido al odio. El mayordomo era consciente de que a su patrón el gesto le había pasado inadvertido pero él, desde su posición privilegiada de mero testigo, lo había cazado al vuelo como una hoja desprendida del viejo laurel. La referencia a Alemania, sin embargo, provocó una reacción diferente en la pálida y silenciosa mujer. De pronto pareció despertar del letargo y se largó a hablar con el señor R. sobre la Gran Patria, sobre la Reconstrucción, sobre las vistas del río Saale en invierno, sobre el color de los tilos que crecían a lo largo del boulevard Unter den Linden.
A pesar de lo fluido del diálogo, de los sonoros asentimientos del señor R. y de la voz cantarina de la mujer, poco captó Jose Marês de la conversación. Su mirada no se apartaba del caballero alemán, al que la mención de un posible viaje a su país natal lo había vuelto sorpresivamente mudo. Así, vio como los ojos claros del hombre recorrían las inmediaciones de la finca, se posaban sobre los troncos de los viejos árboles plantados por los fundadores, se deslizaban sobre el pequeño retazo de cielo que la fronda descubría y volvían hacia la mesa de piedra sobre la que se enfriaba, irremediablemente, el exquisito te que el señor R. se hacía enviar desde Sri Lanka.
No tiene patria, pensó Jose Marês. Igual a cómo me ocurrió a mi, ha perdido el terruño y el suelo del pasado. Es un paria, un extranjero, una rémora enquistada en el devenir de las naciones y pese a sus aires de triunfo, a sus ropas impecables y su cuidado corte de cabello, es tan desclasado como yo.
El respetado afinador de pianos devenido mayordomo de lujo, aún pensaba en la pérdida de la patria cuando vio a la pareja despedirse del señor R. y cruzar, con paso lento, casi de ancianos, la calle que los llevaba hacia sus habitaciones en el Hotel del Prado.


El juez Pedro Izacelaya no vivió para conocer por la prensa y por la pluma de los historiadores, el entramado que sustentó aquella boda que él legitimizó, a última hora de la fría tarde del 25 de julio de 1958. En el devenir de aquella pequeña ciudad, saturada de suizos y de alemanes, la boda era un simple trámite más: la lectura del acta y la fórmula ante los contrayentes y los testigos, las firmas, las sonrisas, los apretones de mano.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el ‘Ángel de la Muerte’ de Auschwitz parecía haberse evaporado. Luego de permanecer cuatro años escondido en una finca familiar en los alrededores de Günzburg, el doctor Josef Mengele viajó hacia Génova con un pasaporte falso de la Cruz Roja italiana. El documento lo identificaba como Helmut Gregor, nacido al norte de Italia y de profesión mecánico. La foto del pasaporte no era de él sino de su hermano Alois, quien lo esperaba en su nuevo destino: Buenos Aires.
En los años que Josef Mengele vivió en la capital argentina, recuperado ya su verdadero nombre, el largo brazo de la industria familiar lo protegió. Su padre, Karl Mengele, dueño de una poderosa fábrica de maquinaria agrícola, dispuso que su hijo recibiera sistemáticamente importantes sumas de dinero que le permitieran vivir cómodamente en Buenos Aires. Fue el mismo pater familias, que visitó al hijo en su nueva ciudad en 1954, quien le recomendó que se casara con su cuñada Marta María Will, viuda reciente de Tadeus Mengele. La estrategia del viejo empresario era perfecta: casándose con su cuñada, Josef Mengele dispondría de un medio seguro por el que las ganancias de la empresa familiar podían llegarle, al tiempo que se evitaba la posibilidad de que Marta María Will se apoderara de la parte de la herencia que le correspondía por su primer esposo. Solo faltaba fijar un lugar para la boda. Se manejaron varios pueblos pequeños del gran Buenos Aires hasta que alguien recomendó la tranquila ciudad uruguaya de Nueva Helvecia, un enclave poblado de europeos donde la boda de una pareja alemana pasaría completamente desapercibida.
La actuaria Ilse Bernatsky y el oficial del Estado Civil Pedro Izacelaya, no encontraron ninguna anomalía en los documentos que presentó la pareja en la pequeña oficina judicial. Todo estaba en orden, debidamente sellado, firmado y triplicado. Sobre las cinco de la tarde del último día que pasarían en Nueva Helvecia, Josef Mengele y Marta María Will, secundados por los padrinos Juan Carlos Germán y Lydia Florio, y con la única compañía de aquel pequeño alemán apellidado Baumeister, escucharon la cansina lectura del documento: “En la ciudad de Nueva Helvecia y el día 25 de julio de 1958, a las diecisiete horas, ante mí, Pedro Izacelaya, oficial del Estado Civil de la 10ª Sección del departamento de Colonia, comparecen don José Mengele, de nacionalidad alemán, nacido el día 16 de marzo de 1911, en Günzburg (Alemania), de profesión comerciante, domiciliado en esta ciudad, hijo de don Karl Mengele, de nacionalidad alemán, de estado viudo, de profesión comerciante, domiciliado en Günzburg, y de doña Walburga Hupfauer, fallecida; y doña Marta María Will, de nacionalidad alemana, nacida el día 13 de abril de 1920 en Munich, de profesión labores, domiciliada en esta ciudad, hija de don Friedrich Will, de nacionalidad alemán, de estado civil casado, de profesión comerciante, domiciliado en Munich, y de doña Sabrina Bárbara Ferste, de nacionalidad alemana, de estado civil casada, de profesión labores, domiciliada en Munich. Los cuales declaran haber contraído matrimonio civil el día de hoy, 25 de julio de 1958, según consta en el expediente Nº 63 que tengo a la vista. Legitiman los testigos don Juan Carlos Germán, de nacionalidad oriental, de 24 años de edad, de estado casado, de profesión abogado, domiciliado en Montevideo, y doña Lydia Florio de Germán, de nacionalidad oriental, de 21 años, de estado casada, de profesión labores y domiciliada en Montevideo. Leída esta acta, la firman conmigo los contrayentes y testigos: José Mengele, Marta María Will, Juan C. Germán, Lydia Florio de Germán y Pedro Izacelaya”.


Desde la vacía rampa del puerto, Baumeister vio cómo el barco iniciaba la lenta secuencia de movimientos de partida: chirridos, ruido de agua y una ligera convulsión en la pesada estructura. Unas pequeñas gotas habían comenzado a caer mientras estacionaba el Ford Customline junto a la terminal de ómnibus, y cuando los tres apuraban el paso hacia el Control de Salidas, la lluvia se había desatado con fuerza, volviendo más oscura la negra noche coloniense.
Los apretones de mano fueron rápidos y húmedos. Marta María Will parecía ansiosa por embarcar; el doctor Mengele, sin embargo, lucía calmo, aburrido, de igual forma a cómo Baumeister lo había visto por la tarde, mientras aguardaba la llegada del oficial del Registro Civil. Al estrechar su mano, Baumeister comprendió que Nueva Helvecia había sido apenas un detalle, una anécdota, un ligero punto en el mapa para el derrotero vital de aquel hombre. Algún día, quizás, evocaría la calma de las bajas casas alineadas con la heráldica de los cantones suizos dibujada en sus fachadas o, en una rueda de amigos, después de varias copas, relataría las peripecias de la boda y la forma en que él solo, con sus encantos de hombre probo y de ley, no había despertado la menor sospecha en funcionarios, pueblerinos y compañeros circunstanciales.
Cuando el barco zarpó, finalmente, la lluvia que caía sobre Colonia formaba una sólida cortina gris que opacaba el blanco resplandor de los altos focos del muelle. Sin moverse del sitio, impertérrito como un soldado, Baumeister contempló por última vez al barco que se alejaba y creyó identificar, entre las hebras de agua y las penumbras propias del mar a aquella hora, a la figura del doctor Mengele observándolo desde la cubierta. Entonces, con una amplia sonrisa y temblando por algo parecido al orgullo, elevó el brazo derecho mientras golpeaba sus talones. Luego, con lentitud y sin volverse, caminó hacia la protección de los altos techos de la terminal.
Texto: Martín Bentancor
Ilustraciones: Sergio Langer
Publicado en Revista Lento N° 6 (setiembre, 2013)


viernes, 6 de septiembre de 2013

Ciudadano Osho


Durante varias mañanas, el lugareño que recorría un tramo importante de la playa Mansa en compañía de su terrier y portando un termo y un mate de considerables proporciones, se sorprendió deteniéndose en el mismo lugar, a escasos metros del mar embravecido y a una veintena de pasos de una enorme casa rodeada de eucaliptus. Su mirada se posaba, sistemáticamente, en aquel sujeto de larga barba entrecana que, sentado en el suelo en modo meditación, permanecía imperturbable bajo los árboles, con los ojos cerrados y las doradas manos descansando sobre las rodillas. Al lugareño lo maravillaba aquella inmovilidad, aquel estar por fuera del mundo, ajeno al ruido de las gaviotas, de los motores en la cercana avenida y al devenir constante, imperceptible, de la propia Tierra girando en su aceitado eje. Parece una maceta o un enano de jardín, le dijo un día a su esposa. Si hasta te dan ganas de arrimarte y cincharle las barbas para ver si son de verdad o son de yeso.
Una mañana, mientras el lugareño lo contemplaba con detenimiento desde la playa, Osho abrió los ojos y encontró la mirada del otro que, confundido, simuló llamar a su perro. Osho levantó la mano derecha y saludó al vecino, quien le devolvió la atención con un gesto aparatoso que le hizo volcar un poco de yerba del mate ya lavado. Luego, indiferente a la mundanal irrupción de los asuntos de los hombres, Osho volvió a hundirse en la paz que se gestaba debajo de aquellos eucaliptos de Punta del Este.


El 23 de octubre de 1985, un Jurado Federal de Estados Unidos emitió la friolera de treinta y cinco cargos por evasión de leyes de inmigración contra el místico indio Bhagwan Shri Rajnísh, que había nacido con el nombre de Chandra Mohan Jain, que por un tiempo se había llamado Acharia Rajnísh y que perpetuaría su fama, sus enseñanzas y su prédica bajo el más conciso y práctico nombre de Osho.
Cuando los abogados de Osho supieron de la gravedad de los cargos, el líder espiritual se encontraba en el rancho Rajnishpuram, en Oregón, rodeado por centenares de integrantes de su comunidad. Fueron horas confusas y extremas las que se vivieron aquel día. Un abogado sugirió que Osho se entregara pacíficamente a las autoridades policiales de Portland para evitar la orden de arresto, la debacle mediática y para negociar algún tipo de salida que evitara la reclusión. Las autoridades respondieron por la negativa mientras un comando de voluntarios de la Guardia Nacional se aprontaba para ingresar a Rajnishpuram. Algo los detuvo, sin embargo: unas grabaciones obtenidas en el despacho de Sheela Silverman, la secretaria de Osho, señalaban que se estaba preparando una respuesta a la posible incursión de las fuerzas de la Ley en la comunidad. Niños y mujeres sanniasins (discípulos) conformarían un escudo humano para evitar la llegada hasta Osho, mientras que integrantes del círculo cercano del místico lo defenderían a puro balazo.
Cinco días después, en una pequeña pista de aterrizaje de Carolina del Norte, a varios kilómetros de Rajnishpuram, unos funcionarios federales que realizaban controles de rutina en las inmediaciones, se encontraron con un pequeño avión Learjet alquilado que estaba a punto de despegar hacia Bermudas. En el interior, los funcionarios hallaron gran cantidad de relojes y brazaletes con incrustaciones, además de una maleta con sesenta mil dólares. Ubicados en los asientos, ya con los cinturones dispuestos en plan despegue, los federales hallaron a varios sanniasins y, al final, en el último lugar, al mismísimo Osho. Hay varias versiones sobre lo que ocurrió en aquel momento pero la más fidedigna, la que más ha soportado el pasaje de un emisor a otro, sea por vía oral, escrita o gestual, es la que dice que Osho no se inmutó ante la presencia de los federales, pensando que la presencia de aquellos hombres trajeados y de lentes oscuros en el interior del avión era un trámite rutinario. La versión también dice que Osho se mostró asombrado cuando le hablaron de una serie de cargos y un arresto contra él, añadiendo, además, que nunca se le había informado el destino que llevaba aquella pequeña aeronave.


El dependiente de la provisión Sol del Este pulsó el timbre en la enorme mansión de madera y piedra, compuesta por dos casas señoriales fusionadas tiempo atrás, que unos días antes había vuelto a ser habitada. Esperó con la pesada caja entre las manos hasta que escuchó pasos del otro lado y, a continuación, la puerta se abrió. La mujer que lo invitó a pasar, contaría luego el dependiente, estaba descalza y llevaba una larga túnica de seda, blanca y holgada, sin nada debajo.
El dependiente siguió a la mujer por el living hasta la cocina, una enorme habitación aséptica y fría, muy parecida a lo que él creía que debía ser una morgue, que contactaba con un patio de un intenso verde, con dos o tres eucaliptus frondosos que marcaban el límite hacia la playa cercana. Te animás a poner todo acá arriba, le dijo la mujer con indiferencia, mientras buscaba en una alacena un pequeño atado de billetes. El dependiente colocó la caja sobre la mesada y procedió a retirar los artículos: diez rollos de papel higiénico, tres frascos de protector solar, doce latas de arvejas, pan de centeno, vainilla, esencia de calamar, dos potes de repelente para mosquitos, polvo de arándano, catorce velas aromáticas, tres docenas de cucharas de plástico, medio kilo de pasas de uva, bicarbonato de sodio y dos botellas de Jack Daniels etiqueta negra.
Sin consultar la factura, la mujer le tendió los billetes, incluyendo una generosa propina, y comenzó el camino de regreso hacia la puerta. Fue al cruzar de nuevo el living cuando el dependiente miró hacia arriba, siguiendo el derrotero de la enorme escalera de mármol, y descubrió al viejo. A pesar del calor, llevaba un gorrito de lana muy ajustado, contaría luego en el mostrador de la provisión para los ocasionales clientes diarios que quisieran escucharlo. Estaba recostado sobre la baranda, con las barbas desflecadas colgándole, mirando para abajo, informó. Parecía  más viejo, mucho más viejo, que la culpa.
Sosteniéndose apenas del borde de la escalera, con la espalda perforada por pequeños pinchazos que le hacían llorar de dolor, Osho estaba esperando que su asistente despidiera cuanto antes al mozo de los mandados. En unos segundos, subiría las escaleras y lo conduciría a la habitación donde, con lentitud pero con precisión, sometería a su destrozada hernia discal a una nueva sesión de curación.


Los documentos desplegados por los concienzudos registros del Tío Sam eran claros y concluyentes en aquel punto, no dejando espacio para la duda o la arbitrariedad: Bhagwan Shri Rajnísh había llegado a Estados Unidos el 1 de junio de 1981, proveniente de la India, con una visa de turista. La declaración de motivos de viaje señalaba que venía a tratarse su hernia discal en una clínica de Nueva Jersey. Cómo, cuatro años después, aquel ciudadano indio se había convertido en el líder de una comunidad mística, con la sede encastrada en el estado de Oregón, con millones de seguidores que peregrinaban a diario para acceder a sus doctrinas, es un  misterio que se pierde en la noche más cerrada de la burocracia federal.
Los investigadores pudieron determinar que, desde su entrada a Estados Unidos hasta el 30 de octubre de 1984, Osho había permanecido en silencio público, comunicándose solamente a través de su secretaria Sheela Silverman. Había sido su esposo, de hecho, Marc Harris Silverman, quien compró, el 13 de junio de 1981, el rancho de doscientos sesenta kilómetros cuadrados que se convertiría en Rajnishpuram, el núcleo de la comunidad de Osho.
Los documentos referían varios enfrentamientos legales entre propietarios de establecimientos rurales cercanos a Rajnishpuram y la dirigencia de la comunidad de Osho, encabezada por Sheela Silverman. Discusiones, con y sin abogados mediante, entre representantes de los dos bandos, habían dado lugar  a enfrentamientos a golpe de puño, empujones y diversas afrentas de las que el propio Osho parecía ser ignorante, sumido como estaba en su voto de silencio. Además, como una suerte de deidad ajena al mundanal ruido, el líder vivía en la parte más alejada del rancho, en una lujosa casa móvil con piscina, donde había hecho construir un amplio garaje para albergar su única debilidad material: una colección de noventa y tres Rolls-Royces.
El 16 de setiembre de 1985, treinta y siete días antes de que un Jurado Federal lo acusara de evadir leyes de inmigración, Osho, aprovechando que su secretaria y el resto de la directiva de Rajnishpuram estaban en Europa, realizó una suerte de conferencia de prensa en la que deslindó cualquier responsabilidad del accionar de Sheela Silverman, revelando, de paso, que en los años inmediatamente anteriores, ella había incurrido en diversos delitos, desde escuchas telefónicas y grabaciones clandestinas hasta un ataque bioterrorista con salmonella contra los habitantes de la pequeña ciudad de The Dalles, en el condado de Wasco.
Cuando finalmente fue detenido, Osho se sumergió en un proceso judicial que mantuvo en vilo a su equipo de abogados, a la prensa y a los propios investigadores del caso que, a medida que avanzaban en las pesquisas, encontraban nuevos elementos que, lejos de sumar evidencias concretas, los desconcertaban. Luego de estar una semana detenido en una prisión de Charlotte, las autoridades les comunicaron a los abogados de Osho que sería trasladado a Portland para iniciarse el juicio. Sin embargo, en vez de ser subido al avión que lo llevaría de nuevo al condado de Oregón, el místico fue llevado de manera clandestina hacia Oklahoma.
Lo que ocurrió en Oklahoma es confuso y, sobre estos hechos, el metódico y riguroso Tío Sam parece haber extraviado una carpeta. El propio Osho contaría años después que, encontrándose en la penitenciaría federal de El Reno, se lo intentó forzar a registrarse bajo el nombre de David Washington. Al negarse, entendiendo que al asumir un nuevo nombre se borrarían los registros de su ingreso a prisión, el caso se dilató, dando tiempo a sus abogados para que lo encontraran y lograran, finalmente, su traslado a Portland para ser juzgado, en noviembre de 1985.




Una vez a la semana, vistiendo un tapado desvencijado y marchito, que acusaba como todo en ella el inefable paso del tiempo, la mujer entraba al salón de belleza para hacerse las manos. Las chicas se reían por lo bajo, y mientras ella se desprendía del tapado y el sombrero, se hacían señas sobre quien la atendería aquella vez. Muchas de ellas, al pasear con sus novios por la Avenida Gorlero, se la habían encontrado más de una vez, caminando perdida por las cuidadas aceras, deteniéndose bruscamente ante una vidriera o tomando un solitario café en el restaurant más caro del balneario.
Aquella tarde de poco trabajo, una vez ubicada en su sillón habitual, le contó a todas su experiencia de la noche anterior. Una velada, dijo, de las que no se olvidan. Al parecer, junto a unas amigas, que las chicas del salón de belleza suponían tanto o más viejas que ella, habían asistido a una charla que daba un maestro internacional en la sala de conferencias de uno de los hoteles cinco estrellas. La sala estaba repleta, contó, y mientras duró la disertación no había dejado de entrar gente, acomodándose en el pasillo, junto a las escaleras y delante de los primeros asientos de la tribuna, en el piso. El Maestro entró caminando con dificultad, vistiendo una larga túnica blanca y acompañado por una joven asistente que ofició de traductora. Yo estaba un poco lejos del escenario, niñas, y la traductora hablaba muy bajo, pese al micrófono, les contó la veterana a las chicas del salón de belleza. Eso sí: entendí algunas cosas que me parecieron muy sabias y que a mí, lamentablemente, me llegan un poco tarde pero que a ustedes, estoy segura, les pueden servir.
“El hombre es muy débil en lo concerniente a la sexualidad; sólo puede tener un orgasmo. La mujer es infinitamente superior; puede tener orgasmos múltiples. El orgasmo del hombre es local, confinado a los genitales. El orgasmo de la mujer es total, no está confinado a los genitales. Todo su cuerpo es sexual, y puede tener una bella experiencia orgásmica mil veces mayor, más profunda, más enriquecedora, más nutritiva que la que puede tener un hombre”, dijo Osho a través de la intérprete. Y también: “En lo que respecta al crecimiento espiritual, el orgasmo es necesario. En mi opinión, es la experiencia orgásmica del gozo lo que ha dado a la humanidad en los primeros días la idea de la meditación, de buscar algo mejor, más intenso, más vital. El orgasmo es la indicación de la naturaleza de que tienes dentro de ti una cantidad tremenda de gozo. Sencillamente te deja que lo pruebes, luego puedes iniciar tu búsqueda”.
Y así siguió la mujer, por un buen rato, desgranando ante las maravilladas chicas del salón de belleza, las enseñanzas que aquel gurú pequeño y barbudo, que caminaba con dificultad y hablaba con voz lenta y pausada, como si estuviera a punto de quedarse dormido, arropado por sus propias palabras.


La imagen de Bhagwan Shri Rajnísh esposado, rodeado por varios agentes federales y con el rostro en calma, como si estuviera sumido en el auténtico nirvana, recorrió el mundo en pocas horas. Voces de alarma y de crítica, provenientes de sus seguidores en diversas partes del globo, le hicieron ver a sus acusadores que se encontraban ante un caso que amenazaba con desbordarlos. Además, en cada sesión, careo y comparecencia ante el juez, Osho se mantenía imperturbable declarándose inocente.
Finalmente, el equipo de abogados del gurú y las autoridades judiciales llegaron a un acuerdo: Osho saldría bajo fianza tras firmar la llamada ‘declaración Alford’ (en la que el acusado no admite ser culpable pero reconoce que la evidencia en su contra excede la duda razonable), declarándose culpable de haber mentido al solicitar el visado en 1981 y de propiciar casamientos falsos entre algunos de sus discípulos para adquirir la residencia en Estados Unidos.
El resultado del proceso judicial significó un triunfo para el equipo de abogados de Osho, logrando que zafara de otros treinta y tres cargos con una multa de cuatrocientos mil dólares y cinco años de libertad condicional, además de la prohibición de volver a Estados Unidos por al menos un lustro. En medio de la celebración por haber evitado la cárcel, los abogados prepararon la salida de Osho del país, ignorantes por completo de la larga travesía interoceánica que esperaba a su callado cliente.
Bhagwan Shri Rajnísh y el núcleo duro de Rajnishpuram llegaron a Delhi el 17 de noviembre de 1985. De allí se trasladaron a Katmandú, donde una serie de problemas con las visas de varios de los integrantes de la delegación determinó que Osho decidiera viajar a Grecia. Con una visa de turista extendida por un mes, Osho llegó a Creta para definir su futuro plan de acción. Sin embargo, en un episodio que incluyó la presión de las autoridades eclesiásticas locales, cuando llevaba tres semanas en la isla, Osho fue detenido y obligado a abandonar Creta.
A partir de ese momento y, salvando las distancias, a Osho y a su grupo le ocurrió algo parecido a lo que le sucediera al transatlántico alemán St. Louis en 1939, cuando tras dejar Hamburgo con novecientos refugiados judíos germanos a bordo, intentando escapar de la inminencia el holocausto nazi, recorrió diversos puertos sin lograr ser aceptado, debiendo, finalmente, regresar a Alemania. A partir de su salida de Creta, el avión de Osho sobrevoló como un fantasma por diversos espacios aéreos, negándosele la entrada a Suiza, Suecia, Canadá, Irlanda, España y Francia, entre otros países. En algunos casos, como ocurrió en Limerick, se le permitió al avión detenerse a recargar combustible y a Osho y a su grupo pernoctar en un hotel pero sin la posibilidad de salir a la ciudad.
Hasta que una tarde, mientras la nave atravesaba un cerrado manto de nubes sobre el océano Atlántico, uno de los abogados de Osho se comunicó por radio con la tripulación. Buenas noticias, dijo el leguleyo. La Oficina de Migraciones de Uruguay había aceptado la solicitud de residencia en carácter de turista y Osho podría permanecer en aquel país sudamericano durante tres meses con posibilidad a una estadía más prolongada.




El avión que trasladaba a Osho y a su mermada comitiva aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Carrasco en la noche el miércoles 19 de marzo de 1986. Los funcionarios de Migraciones corroboraron el papeleo y determinaron que todo estaba en orden. La visa de turista extendida a Bhagwan Shri Rajnísh lo habilitaba a permanecer en el país por noventa días.
Los contactos locales del gurú habían dispuesto una mansión en Punta del Este para que el Maestro descansara en la mejor forma y preparara una serie de conferencias que pensaba dictar en diversos puntos del país. Sin embargo, un recuadro en la portada de la edición del diario El País del sábado 22 de marzo anunciaba que Osho y su séquito habían abandonado Uruguay de forma ilegal, en el mismo avión privado en que llegaron. “Se desconoce el rumbo que tomó el avión del sexopático (sic) guía espiritual, y si en el mismo, huyó el propio líder del movimiento que blasona las más amplias libertades sexuales, de todo orden, como sistema de vida en sociedad”. El mismo diario, al día siguiente, también en portada, afirmaba que Bhagwan Shri Rajnísh se encontraba en Uruguay, delicado de salud y en la solitaria mansión esteña. Esa tarde, la redacción del semanario Mundocolor recibió una misteriosa llamada telefónica de una voz femenina. La mujer dijo formar parte del grupo cercano del gurú y que podía ofrecer todos los detalles de su viaje y sus intenciones si recibía una determinada cantidad en metálico a cambio. El editor de Mundocolor rechazó la oferta y la mujer no volvió a insistir.
A partir de aquel día, la presencia de Osho en Uruguay se convirtió en una curiosidad periodística, condimentada por el silencio que lo rodeaba y las voces distorsionadas que pretendían conocerlo. Al mismo tiempo, en Punta del Este, Montevideo, Colonia y otras ciudades uruguayas, empezaron a aparecer pequeñas ediciones artesanales, que no consignaban pie de imprenta ni demás datos técnicos, compendiando parte de la obra de Osho. “No permitan que nada se interponga a sus deseos, no se repriman ante el deseo, no vayan contra la voluntad sexual, el sexo es libre y libre hay que practicarlo”, decía un pasaje de uno de los opúsculos en cuestión. “Este es el más profundo mensaje de la canción de Mahamudra: no busques; permanece como eres, no vayas a ninguna parte. Nunca nadie encuentra a Dios. Nadie puede, pues no se conoce la dirección”, podía leerse en otro.
Por esos días, las conjeturas y los trascendidos sobrevolaban las salas de redacción de la prensa montevideana: Osho estaría considerando convertirse en ciudadano uruguayo; Osho habría viajado al departamento de San José para evaluar la compra de una suerte de estancia en la que pensaba refundar su Rajnishpuram de Oregón; Osho había sido visto surfeando en una poco frecuentada playa de Punta del Este. Nadie lograba aprehender la verdad sobre el pintoresco personaje ni, mucho menos, develar sus intenciones en el futuro inmediato. Hasta que el 25 de mayo, en el suplemento dominical del diario El País, la fortaleza fue alcanzada: a doble página, el matutino montevideano publicó una entrevista realizada por el periodista Miguel Carbajal a Bhagwan Shri Rajnísh, luego conocido como Osho.
Aunque en la nota aparece una foto de Osho, con una larga barba blanca y con un gorro tipo rasta, sonriéndole a un trajeado Carbajal en un clima de aparente camaradería, como dos viejos amigos charlando a calzón quitado, la entrevista es una acumulación de frases que le fueron comunicadas por el propio Maestro a sus discípulos. En el ‘diálogo’, Osho, en la voz de sus seguidores, se muestra por momentos beligerante y por momentos paranoico, adquiriendo de a ratos un decidido tinte mesiánico. Cuando Carbajal le pregunta sobre la negativa de diversos países a dejarlo aterrizar, el gurú habla de una persecución en su contra y empieza a repartir. Apunta a los ‘Nuevamente nacidos de Cristo’, un grupo de fanáticos que coordina acciones con la Casa Blanca y que ejercería un enorme ascendiente sobre el entonces presidente Ronald Reagan. También acusa de sus males a los fundamentalistas de origen bautista y carga especialmente las tintas sobre el senador republicano por el estado de Carolina del Norte, Jessy Helms, una suerte de personificación del mismísimo Demonio. “El hindú de barba de viejo y cutis de joven que tiene unos ojos de extraordinaria viveza, es seguido por gente de verdadera fortuna”, escribe Carbajal en aquel perdido ejemplar de El País de los Domingos. “Tal es el caso de Vicky Overoy, de la cadena de hoteles Overoy de cinco estrellas, que estaría dispuesta a venirse a Punta del Este para instalar una sucursal si el Gurú se queda por estas tierras. O los que pondrían dinero para armar una editorial en el Uruguay, donde se publicarían los 200 títulos del Maestro para distribuir a los rincones de un planeta al que visita en estos momentos una nube radiactiva a la que no pueden echar ni cerrar las puertas”. Con esto último, Carbajal se refería al reciente accidente nuclear, ocurrido el 26 de abril de 1986, en la central Vladimir Ilich Lenin de Chernóbil.
La entrevista ofrecida por Osho a la prensa coincidió con el inicio de la difusión de varios de sus opúsculos en Punta del Este y Montevideo, así como con algunas conferencias ofrecidas en anfiteatros privados, plateas de instituciones deportivas y salas de actos de clubes sociales.
A medida que se acercaba el 19 de junio de 1986, fecha en que se cumplía el vencimiento de la visa turística, comenzaron a circular algunos rumores sobre el destino inmediato de Osho. Teniendo en cuenta el rechazo que había recibido por parte de varios gobiernos, era de suponer que una vez que despegara el avión del Aeropuerto Internacional de Carrasco, el gurú y su grupo emprenderían el periplo aéreo a bordo de la nave apestada. Unos días antes de la partida, se supo que el nuevo destino del místico indio sería la soleada Jamaica.
En varios sitios web, entre ellos la página oficial de la Fundación Osho en Uruguay, al momento de reconstruir el pasaje del gurú por el territorio nacional, se afirma que el entonces presidente Julio María Sanguinetti habría anunciado una conferencia de prensa para el 14 de mayo, en la que aclararía el tema de la permanencia de Bhagwan Shri Rajnísh en Uruguay, anunciando la intención de su Gobierno de que el visitante se convirtiera en ciudadano del país. Sin embargo, algo lo habría hecho desistir: en una llamada telefónica proveniente de la Casa Blanca, ordenada por el mismísimo Ronald Reagan, se le habría comunicado a Sanguinetti que, en caso de que Uruguay alojara al gurú, el país debería saldar de inmediato la deuda mantenida con el Tío Sam. (Consultado por este cronista sobre la veracidad del suceso en cuestión, el ex presidente Julio María Sanguinetti profirió una sonora carcajada, definiendo al hecho como “una locura fantástica”).
Finalmente, en la tarde del jueves 19 de junio de 1986, el avión particular de Osho partió desde el aeropuerto El Jagüel de Punta del Este. Luego de permanecer doce horas en el aeropuerto de Kingston, Jamaica, rodeado por una partida de la policía militar, el avión retomó vuelo, descendiendo para abastecerse de combustible en la isla canadiense Terranova y, tras una breve parada madrileña, aterrizó definitivamente en Bombay.


El lugareño había adelantado sus caminatas mañaneras junto al terrier debido a la costumbre de ciertos turistas de caer muy temprano por la playa Mansa. Aquel día, además, tenía que llegar hasta el puestito de pescadores donde habitualmente compraba su esposa para levantar unos mejillones. Mientras se cebaba un mate esperando que lo atendieran, el lugareño reparó en la doble hoja de un diario tirada en el piso, junto al cesto donde iban a parar, impulsadas por los filosos cuchillos fileteadores, escamas, tentáculos, aletas y tráqueas.
El titular hablaba de una personalidad internacional recientemente fallecida. En el primer párrafo se señalaban algunos asuntos delictivos y difusos asociados al muerto y se hacía referencia a su breve estadía en Uruguay, cuatro años atrás. El lugareño se concentró entonces en la enorme foto a color que acompañaba la nota, deteriorada por el contacto con un montículo de arena, las pisadas de varias chancletas y pequeñas manchas de sangre. El viejo de barba blanca y gorro de lana, con el rostro repleto de arrugas y los ojos cerrados, parecía dormido o congelado. Yo a este lo conozco, se dijo el lugareño. Y entonces lo llamaron del mostrador.
Martín Bentancor



-Publicado en la revista LENTO, abril 2014. Numero 13.