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viernes, 9 de diciembre de 2016

Las Brujas, junio de 1979


Al atravesar el patio que lo lleva desde la casa al galpón, siente el crudo viento de invierno que viene desde el suroeste. Llega desde las hondonadas de Las Brujas, desde la arenosa costa del Río Santa Lucía, más allá de los campos dormidos en la oscuridad de la noche, dejando atrás a un cielo sin estrellas y al ganado inquieto en los potreros.
El hombre atraviesa el portón guiándose por la débil llama del farol, de continuo atacada por los golpes de viento que se filtran entre las chapas. Allá, en el fondo, su padre ordeña la última vaca. La posición del cuerpo sobre el banco de madera y el movimiento de las manos alrededor del balde revelan el dominio absoluto de la labor. El hombre avanza hacia su padre y lo ayuda con el tarro de leche.
¿Cómo está?, pregunta el más viejo.
Ahora se durmió. Parece que está más tranquila, responde.
Mejor así.
Entre los dos llevan el tarro hacia la salida del galpón. Al cobijo de una vieja pared de bloques está el caballo con el carro prendido y con otro tarro de leche encima. El más joven sube al carro, acomoda y ata la carga en un único movimiento. Luego, toma las riendas y se sienta sobre los mismos tarros antes de hacer avanzar al caballo.
Andá despacio, le dice su padre, mirá que se larga a llover en cualquier momento.
El hombre sobre el carro asiente, contempla por unos segundos el manto de nubes que avanza desde la costa y apura al caballo. Atraviesa el patio, pasa junto a la casa y sale al camino.
Está abriendo la portera cuando caen las primeras gotas. Pausadas, con desgano al principio, pronto se convierten en un chaparrón cerrado que hiende el aire por sobre el ruido del viento. El hombre golpea con las riendas el lomo del caballo y emprende el viaje carretera arriba. La lluvia, al darle de costado en el rostro, lo hace volverse hacia la izquierda. Como todas las noches, ve la luz de un candil en el rancho de Santos Pontón.
El caballo ahoga un bufido cuando atraviesa el puente sobre el arroyo. Las pesadas gotas del chaparrón provocan un ruido seco, cortante, al dar de lleno sobre el agua estancada. Sobre el carro, el hombre se acomoda encima de los tarros y, sin soltar las riendas, se arregla el abrigo. La lluvia inicial le ha dado paso a un aguacero persistente que el viento de la costa barre con fuerza. Allá adelante, en la curva del camino, el faro de una moto comienza a agrandarse hasta que máquina y conductor son visibles entre la cortina de lluvia. El de la moto saluda con la mano al pasar junto al carro y el hombre devuelve el gesto alzando las riendas por encima de la cabeza.
Como todas las noches, los perros de Baccino le ladran al paso del carro. El viento y la lluvia no los doblega y sus ladridos, que bajo el ruido del agua parecen querer ahogarse, sobresalen por momentos hasta que de golpe se apagan.
El hombre sobre el carro siente cómo el agua moja el frente del pantalón y se desliza por las piernas hasta detenerse en las ligazones que le provocan las botas. Es tanto lo que se ha mojado en sus treinta y dos años –tropeando ganado, rejuntando a las vacas para ordeñarlas, realizando este mismo viaje nocturno en el carro tirado por el caballo– que ya no lo sorprende esta dura lluvia que cae. Lo inquieta, sí, lo que pasará en los días próximos, mañana o esta misma noche. Al tomar la primera curva de la carretera piensa en ella y al imaginarse al que está por venir, sonríe.
Ahora la lluvia le da en la espalda y se desliza por el rotoso pilot que parece una capa. Las gotas producen pequeños estampidos sobre los tarros de leche. El hombre cede un poco la presión de las riendas y el caballo afloja apenas la marcha, levantando la cabeza. Algunos días atrás ha descubierto a la yegua tostada que recorre con andar lento el potrero de Aníbal Cernada. El hombre vuelve a sonreír. Al tomar la segunda curva, se aclara la voz y canta.

Es de noche, pasa
rezongando el viento
que duebla los sauces
cuasi contra el suelo.
Y en el fondo oscuro
de mi rancho viejo
tirao sobre el catre
de lecho de tientos
aguanto las horas
que han de tráirme el sueño.
Y las horas pasan,
y yo no me duermo,
ni duerme en la costa
del bañao el tero,
que ocasiones grita
no sé qué lamento
que el chajá repite
dende allá muy lejos…
¡Pucha que son largas
las noches de invierno!

Deja de cantar cuando los perros de doña Ana, en un desparejo coro emanado de la lluvia y de las sombras, elevan hacia el aire sus ladridos, mezcla de recelo y tristeza. El hombre les gritaría un “fuira”, como hizo las primeras veces, pero siente que sería un acto sin sentido. Los perros parecen entender su pensamiento porque se callan de golpe. Pese a la lluvia que cae de frente, el hombre atisba hacia la silueta ominosa que conforman la casa y los árboles que la rodean. Que triste es una casa sin gurises, piensa, y vuelve a sonreír al imaginarse al que está por llegar.
Está enderezando el caballo sobre el terraplén al final de la carretera, cuando el camión lechero toma la curva de lo Peissino. El chofer baja las luces que, atravesando la lluvia que cae de frente, alumbran al caballo detenido en su sitio como una estatua y al hombre parado junto a los dos tarros.
Se largó con todo, saluda el camionero mientras trepa por la baranda con una agilidad aprendida a fuerza de costumbre. Cuando el del camión le alcanza los dos vacíos, el hombre bajo la lluvia eleva el primer tarro lleno. El camionero lo acomoda con los demás y se vuelve para recibir el otro.
Vaya nomás, hombre. Me parece que va a estar así todo el día, dice.
El hombre sobre el carro y bajo la lluvia sonríe. El camionero salta y avanza hacia la cabina. Antes de subir, pregunta:
¿Novedades?
Capaz que viene hoy. Pero no pasa de esta noche, me parece.
¿Nervioso?
¿Qué te parece?
El camionero levanta la mano derecha a modo de despedida, abre la puerta y se cuela en la cabina.
El hombre bajo la lluvia hace girar al caballo y emprende el camino de regreso. Una luz blanquecina, como de leche aguada, comienza a extenderse por detrás de los durazneros y los montes de eucaliptos; una luz pálida que se filtra entre las nubes como pidiendo permiso; una luz de junio invernal y fría como son todas las luces a esta altura del año, es lo que ve el hombre bajo la lluvia cuando regresa en el carro hacia la casa.
Cuando llega ve cómo las vacas que su padre ha soltado tras el ordeñe se refugian de la lluvia en el monte de talas junto al arroyo. Desprende el carro, suelta al caballo junto al ombú y camina hacia la casa.
Se detiene bajo el porche para quitarse las botas y la ropa mojada. Entra. El dormitorio permanece silencioso. La respiración pausada de su esposa le indica que todo está bien. Avanza en puntas de pie, levanta las frazadas y se acuesta. Antes de dormirse, deja que sus manos acaricien la piel que oculta a la criatura que está por venir. Allí dentro, adormecido por la profundidad y el misterio de la vida y sintiendo el calor de las manos de mi padre, yo me aprontaba para salir al mundo.
Martín Bentancor



NOTA 1: Las estrofas que aparecen en el texto pertenecen al poema ‘Insomnio’, de José Alonso y Trelles, El Viejo Pancho.
NOTA 2: Vaya este texto como homenaje a Lauro Bentancor (1947-2009), quien supo ser tambero, alambrador, tractorista, chacarero y una variedad de oficios, y de quien se cumplen hoy siete años de su fallecimiento. 




jueves, 5 de diciembre de 2013

Walter Apesetche le canta a sus orígenes

En esta milonga', el gran cantor repentista oriundo de la localidad de San Ramón, Walter Apesetche, definido como 'El trovador de Cristo', cuenta sus orígenes como cantor de la mando de su condición de joven chacarero en algún perdido campo canario... 

CHACARERO Y PAYADOR

Yo nací allá en San Ramón,
donde fue mi hogar primero
como el nido del hornero
hecho de paja y terrón.
Dejé desde muy pichón
aquel hueco paternal 
y azotado por el mal
rodé por sus aledaños
y con menos de diez años
me conchabé de mensual. 

¡Qué triste cuando se deja
el pago tan gurisito...!
¡Pobre de aquel pichoncito
que de su nido se aleja!
Yo en el llanto de mi vieja
templé mi tierno coraje
y cuando emprendí mi viaje
un parcito de alpargatas,
muy humildes y baratas,
eran todo mi bagaje. 

Así empecé a trabajar
de sol a sol sin descanso,
tras de una yunta de mansos
que me enseñaban a arar. 
Si habré visto agonizar
a los horizontes rojos;
si habrán llorado mis ojos
con el rigor de la helada
sobre mis piernas paspadas
por las cañas del rastrojo. 


Chacarero adusto y grave
fui de gurí sin apronte,
pero me llamaba el monte
con el canto de sus aves. 
Cadencias dulces y suaves
con mil variadas escalas, 
fueron poniéndole gala 
a mi pobre inteligencia...
No se queda en su querencia
quien ha nacido con alas.

Por el tiempo y el destino
que la vida nos tutela
con un rumbo de vihuela 
sigo abriéndome camino. 
Se ha de cumplir el destino 
que me deparó el Señor,
pero que orgullo mayor
es haber sido primero
un humilde chacarero
antes de ser payador. 

WALTER APESETCHE


-La imagen es el óleo 'Arando con bueyes', de Rolando Manavella (Argentina).






martes, 21 de febrero de 2012

El primer libro de mi biblioteca


El primer volumen de mi biblioteca, el título inicial que inauguró el puñado de libros que conforman mi único bien material digno de mención, no fue un Alejandro Dumas, ni un Julio Verne, ni un Victor Hugo; no fue ninguno de los títulos de cubierta amarilla de la colección ‘Robin Hood’ (que, discontinuados, llegarían con el correr de los años, como tesoros fosforescentes en épocas de pobreza), ni algunas de esas versiones resumidas –en tapa dura y doradas letras adelante- de Tom Sawyer en el extranjero o La cabaña del Tío Tom.
El primer volumen de mi biblioteca es una novela del Oeste (“novelita del Oeste”, según el librero de la feria de los domingos de Las Piedras que, algunos años después del encuentro con el libro que acá comento, se convertiría en una suerte de Virgilio en mi descenso luminoso al mundo de las novelas –“novelitas”- de ciencia ficción, espionaje, suspenso y terror), llamada Un triste vaquero, escrita por Raf Segrram y editada por la editorial Bruguera de Barcelona, en su colección Bisonte, en enero de 1952.
En la cubierta, donde vemos a un niño cercado por un lobo mientras un vaquero (“el triste vaquero”) se acerca por detrás con un revolver en la mano, destaca un amarillo intenso; color que ha soportado imperturbable el paso de los años, la precariedad de algunas viviendas que me tocó habitar, el corrosivo ácido de las cajas donde varias veces fue guardado y el traqueteo de algunos camiones de mudanza y que evidencia, como ningún otro documento libresco, los buenos materiales que empleaban algunas imprentas españolas en pleno franquismo.
Así empieza Un triste vaquero: “Sudoroso, hambriento, estropeada y sucia la ropa, Jackie avanzaba con lentitud por el camino que bordeaba Cocoraqu Butte. En su cara de pilluelo guapo, brillaban tristonas sus grises pupilas sombreadas por largas pestañas oscuras…”. En aquel tiempo yo leía y no cuestionaba demasiado el aspecto más técnico, sintáctico y estilístico de la lectura; solo me interesaban las historias, el viaje por la aventura del personaje central, el amasijo argumental. Por eso, no me pregunté hasta muchos años después quién era Raf Seggram (un particular nombre anglosajón) ni por qué no se consignaba el dato del traductor ni, mucho menos, por qué razón en el primer párrafo de la novela aparecían diez adjetivos. Supe, hace relativamente poco, que Raf Seggram era, en realidad, Rafael Segovia Ramos, uno de los tantos autores españoles de “novelas de a duro” que, a diferencia del violento Marcial Lafuente Estefanía, se refugió en un alias literario que incluía, en parte, su propio nombre.
El pasado 16 de febrero se cumplieron veinte años de la llegada a mi poder de Un triste vaquero y de la inauguración de mi biblioteca. Tengo muy presente la fecha porque figura en la tapa del libro: yo mismo la escribí con tinta azul, ahora deslucida, como una forma de perpetuar el mágico momento del arribo del volumen número uno; la fecha se continúa en la primera página interna con la aclaración “Regalo de Abuela Hilda”. Y es acá, señores, donde aparece en escena la auténtica protagonista de esta evocación.
Solo a mi abuela Hilda le debo el amor a los libros y, por extensión, a la palabra impresa. Quedarme algunos días en casa de mis abuelos significaba un extraño viaje temporal: hacia el futuro (a diferencia de mi casa, mis abuelos tenían luz eléctrica) y hacia el pasado (por el sabor de las historias que los dos viejos traían al presente, con ese modo de narrar campesino, ya casi perdido, donde el que cuenta paladea las enumeraciones, los detalles –muchas veces sórdidos-, los silencios).
El 16 de febrero de 1992, mi abuela, al verme garabatear una historia –mi antigua obsesión con el destino de Juan Díaz de Solís, seguramente- en un puñado de hojas que el abuelo traía de la caseta de vigilancia del frigorífico, buscó entre los cajones de un viejo mueble hasta dar con Un triste vaquero. Y me lo obsequió. Y, sin saberlo, inauguró la sucesión de volúmenes que, veinte años después, cobijados en madera y dispuestos a mis espaldas, contemplan, imperturbables, cómo escribo estas líneas.
El volumen supo ser de mi padre, allá por su infancia, y le fue obsequiado por una maestra especialmente adepta a la lectura y que quería, a toda costa, sembrar el amor por los libros en aquel puñado de hijos de campesinos que le había tocado por alumnado. Esta ejemplar maestra, le entregaba todos los viernes un libro a cada alumno con la consigna de que el lunes, los lectores debían resumir la historia que habían leído durante el fin de semana. Según abuela Hilda, mi padre, poco inclinado a leer aunque en sus últimos años se convertiría en un lector entusiasta de todos mis trabajos y en visitante asiduo de mi biblioteca, le pedía a ella que leyera el libro asignado por la maestra y le comentara el argumento para, llegado el lunes, recitarlo ante la noble educadora. Como sea, mi padre escribió su nombre en la página cinco del libro, con una cuidada caligrafía que resalta las mayúsculas y, especialmente, la inicial de su segundo nombre, seguida por el punto.
Aunque mi ejemplar de Un triste vaquero consigna que Raf Segrram escribió casi sesenta libros para la Colección Bisonte, nunca pude hacerme con otro título de este autor. Por años, en mis incursiones en las librerías de viejo de Las Piedras, Colón y Paso Molino, así como en los puestos de “novelitas” de varias ferias, busqué en vano otro Segrram. Después desistí porque entendí que teniendo este libro en mi poder, atesorándolo en un sitial destacado de mi biblioteca, cuidándolo de lo avances de la humedad, los insectos y los visitantes curiosos, los tengo a todos: todos los Segrram, todos los vaqueros tristes y harto adjetivados, todas las vivencias de mi padre, todas las historias de mis abuelos, todas las altas y bajas literaturas, todos los recuerdos de infancia, en definitiva, todos los libros. 

domingo, 29 de enero de 2012

El viejo Viscacha: picardía y sabiduría campera

A la memoria de mi Padre.

Uno de los mejores momentos de La vuelta de Martín Fierro, la secuela de El gaucho Martín Fierro, que José Hernández escribió en 1879, está marcado por la presencia del Viejo Viscacha (tal la denominación que le da el autor y no “Vizcacha”, como se empeñan en denominarlo muchos docentes, críticos y reseñistas).
El Viejo Viscacha personifica al gaucho bandido y ladino que aprovecha cualquier circunstancia para obtener una ventaja y que no duda en practicar el robo o el engaño para salirse con la suya. A este viejo sinvergüenza le otorgan el cuidado, en calidad de tutor, de uno de los hijos de Martín Fierro y es en el relato de éste cuando aparece resumida la vida y la obra de Viscacha. Dividido en cinco cantos – “El Viejo Viscacha”, “Consejos del Viejo Viscacha”, “Muerte del Viejo Viscacha”, “El inventario de sus bienes” y “El entierro”- los sucesos referidos sobre este personaje constituyen un auténtico libro dentro del texto mayor que los presenta.

El inicio:

“Me llevó consigo un viejo
que pronto mostró la hilacha:
dejaba ver por la facha
que era medio cimarrón;
muy renegao, muy ladrón,
y le llamaban Viscacha”,

ya presenta al personaje en cuerpo y alma y deja entrever que nada bueno puede salir de tamaña criatura. Aún así, Hernández se las ingenia para mostrar el mejor costado del Viejo Viscacha a través de lo que, hoy en día, es uno de los momentos más recordados de La vuelta de Martín Fierro: los consejos que al hijo del protagonista le da el Viejo.

“Siempre andaba retobao
con ninguno solía hablar;
se divertía en escarbar
y hacer marcas con el dedo;
y cuando se ponía en pedo
me empezaba a aconsejar”.

Los consejos del Viejo Viscacha son un muestrario de la sabiduría del hombre de campo y revelan su poderosa capacidad de observación, traduciéndola en una suerte de refranes o moralejas que arrojan, como no, muchas verdades. Cada una de las estrofas se cierra con una sentencia, muchas de las cuales se han convertido en dichos populares en Argentina y Uruguay. Algunos ejemplos:

“Jamás llegués a parar
a donde veas perros flacos”

“El diablo sabe por diablo
pero más sabe por viejo”

“Hasta la hacienda baguala
cai al jagüel con la seca.”

“Vaca que cambia querencia
se atrasa en la parición”.

“La vaca que más rumea
es la que da mejor leche”

“Cada lechón en su teta
es el modo de mamar”

“A mi me gusta mojarme
por afuera y por adentro”

“No dejés que hombre ninguno
te gane el lao del cuchillo”

“Hacete amigo del juez
no le des con que quejarse.”


Los consejos del Viejo Viscacha son la única herencia que este particular tutor le dejará al hijo de Fierro ya que, como nos cuenta en algún momento, era tan malvado y cabortero que, en más de una oportunidad, lo echó del rancho para hacerlo dormir a la intemperie, bajo la más cruda de las heladas. La imagen con la que el hijo de Fierro cierra el relato de los consejos, es patética en la semblanza de un sabio decadente pero tiene, también, algo de enternecedora:

“Con estos consejos y otros
que yo en mi memoria encierro
y que aquí no desentierro,
educándome seguía,
hasta que al fin se dormía
mesturao con los perros.”

Sigue al relato de los consejos del Viejo, la relación de su prolongada agonía y posterior deceso. A través de varias noches, el hijo de Fierro asiste a la muerte lenta de Viscacha: el moribundo se sabe condenado pero su propia dureza y las rispideces de una vida entregada a las felonías y el bandidaje, parecen no dejarlo morir, como si en la maldad el viejo hubiera encontrado una cobertura natural que lo hace más fuerte. Dice el hijo de Fierro:

“Allá pasamos los dos
noches terribles de invierno;
él maldecía al padre Eterno
como a los santos benditos,
pidiéndole al diablo a gritos
que lo llevara al infierno.”

“Debe ser grande la culpa
que a tal punto mortifica;
cuando veía una reliquia
se ponía como azogado
como si a un endemoniado
le echaran agua bendita.”

Muerto Viscacha, su estela se deja sentir en las acciones que emprenden los vivos –el Alcalde y un puñado de vecinos- que, ante la mirada de simple testigo del hijo de Fierro, proceden a revisar y repartirse las pertenencias del viejo. Este canto, “El inventario de sus bienes”, enseña, entre otras cosas, que el carácter oportunista y ventajero no sólo es propiedad del viejo bandido sino, también, de los supuestos hombres de bien. A lo largo de su prolongada vida de raterías, el Viejo Viscacha había acumulado de todo en su guarida, de tal forma que ésta se había convertido en una suerte de cueva de Alí Babá.

“Había tarros de sardina,
unos cueros de venao,
unos ponchos aujeriaos,
y en tan tremendo entrevero
apareció hasta un tintero
que se perdió en el juzgao”.

Mientras el alcalde y los vecinos encuentran y se reparten las cosas robadas por Viscacha, van deslizando detalles de su biografía, sucesos que definen al viejo y que no lo dejan, precisamente, bien parado.

“Dios lo ampare al pobresito,
dijo en seguida un tercero,
siempre robaba carneros,
en eso tenía destreza:
enterraba las cabezas,
y después vendía los cueros.”

“Si ensartaba algún asao,
¡pobre! ¡como si lo viese!
poco antes de que estubiese
primero lo maldecía,
luego después lo escupía
para que naides comiese”.

La seguidilla de vituperios y anécdotas negativas que aquellos hombres comienzan a dejar salir ante el cadáver del viejo, terminan indignando al hijo de Fierro que reflexiona:

“Esto hablaban los presentes;
y yo que estaba a su lao,
al oír lo que he relatao,
aunque él era un perdulario,
dije entre mí: ‘¡qué rosario
le están resando al finao!’”

El último canto dedicado al Viejo Viscacha refiere algunos pormenores de su muerte. Acá Hernández, por boca del hijo de Martín Fierro, echa mano a algunos recursos tétricos y caros a un buen relato de terror:

“Supe después que esa tarde
vino un pion y lo enterró,
ninguno lo acompañó
ni lo velaron siquiera;
y al otro día amaneció
con una mano dejuera.”

“Y me ha contao además
el gaucho que hizo el entierro
(al recordarlo me aterro
me da pavor este asunto)
que la mano del dijunto
se la había comido un perro.”

A través de la sabiduría de su dichos y de la picaresca de su existencia, el Viejo Viscacha se constituye en uno de los mejores personajes creados por José Hernández, llegando casi a la altura existencial del propio Martin Fierro. Los “consejos” de Viscacha, además, han servido de clara inspiración para una corriente dentro de la poesía rural que se basa en la traducción de vivencias del hombre de campo en forma de versos, desde Wenceslao Varela y su Al hombre bueno hasta el Cuzco rabón de Tabaré Etcheverry, pasando por Santos Garrido (Guillermo Cuadri) y José Larralde, entre otros.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Lauro Bentancor

Su vida estuvo marcada por el sacrificio y el trabajo pero también por la constancia y el amor por sus seres queridos. Hombre de campo, profundo conocedor de las costumbres campesinas, ocasionalmente empuñaba la guitarra para cantar viejas y olvidadas canciones de aún más olvidados poetas (sus recuerdos alumbraron y alumbrarán varias páginas de ASUNTO LITERARIO) o recitaba pasajes completos del Martín Fierro con envidiable memoria. Estos versos del poema El último viaje de Francisco ‘Pancho’ Gandola, que muchas veces le oí cantar, ofician como un resumen de su propia biografía:

“En mis años de tropero
si habré soportao heladas
y en cientos de trasnochadas
lluvias, vientos y aguaceros;
si habré pechado toros fieros,
si habré andao entre el vacaje
si habré rejuntao coraje
pa hacerle frente a la vida
y hoy ni una estrella me guía
voy en el último viaje”.

Ahora que ha emprendido ese último viaje, que ya no está junto a nosotros y que todos los que lo queremos comenzamos a extrañarlo, su presencia se reafirmará en nuestra memoria, prolongándose en ella, acompañándonos.
Hasta siempre, viejo.

domingo, 12 de abril de 2009

Lejos del bronce


Cuando muere un poeta, otros poetas se dedican a exaltar el nombre y la obra del difunto, generalmente con palabras llenas de pomposidad, que pretenden el bronce y la aparente eternidad del Parnaso. Los adjetivos se reptiten y también las frases como "Vivirá en el alma del pueblo", "Sus versos seguirán alumbrando el porvenir", etc. La escena se reproduce ante la tumba, en notas de prensa y, obviamente, en otros poemas. Cuando el escritor canario Javier de Viana falleció en 1926, su paisano Braulio Césaro escribió el poema "El Charrúa", donde, para homenajear a quien acababa de partir, se vale de un recurso lejano al bronce y la pomposidad. Césaro presenta el luto instalado en el campo por la muerte de Viana y evoca su figura a través de una pequeña historia campesina. Ante la imposibilidad de encontrar el texto original, recurrimos a la siguiente transcripción realizada por Lauro Bentancor.

EL CHARRÚA

Callaron los federales,
se entristeció el canelón,
se queja el sauce llorón,
se inundan los pajonales.
Los grandes tembladerales
también se han embravecido,
un sabiá dejó su nido
porque un zorzal de mañana
gritó que a Javier de Viana
la Parca lo había vencido.

El chingolo ni el hornero,
la calandria ni la urraca,
ya ninguno se destaca
como en mañanas de enero.
Ya no anida el carpintero
en palos del telefón
porque ha caído el campeón
de nuestra selva frondosa
y hoy sólo vive en las prosas
del campesino fogón.

Ya no cruza los rastrojos
en su flete y con orgullo,
el autor del libro 'Yuyos',
de 'Gaucha', 'Gurí' y 'Abrojos'.
Sólo quedaron despojos
de la vieja tradición;
como sería la impresión
que le causó al paisanaje
que cuentan que hay un paraje
que siempre ven su visión.

Trsite está la paisanada
y suele contar la gente
que hay noches en que se siente
aullar tuita la perrada.
Dicen que una madrugada,
al desuñir los carreros
largaron los delanteros
para verdiar un ratito
cuando sintieron el grito:
"Cuidao con los pertigueros".

Uno de ellos, sin recelo,
cuando ese grito sintió
al punto se persignó,
dijo "Dios lo lleve ela cielo".
De la bombacha un pañuelo
el más anciano sacó,
las lágrimas se secó
y al empinar la carreta
dijo "Ese grito es de un poeta
sus libros he leído yo".
.
Después de haber amarguiado
arrimaron la boyada,
para emprender la jornada
el viejo un cuento ha empezado
de un libro que había estudiado
hecho por un gran talento
y en ese mismo momento
sintió un peso en la picana,
y era la visión de Viana
que venía a escuchar el cuento.

martes, 10 de marzo de 2009

Guitarra


Como instrumento musical, la guitarra es una de las musas más ricas a la que se han acercado los poetas - por su cadencia rítmica, su femenina silueta, su necesaria cercanía a aquel que la pulsa -. En Uruguay, muchos poetas le han escrito con la intención de fijar en el papel ese sentimiento inaprensible que significa escuchar una melodia surgiendo de entre sus cuerdas. El olvidado poeta y payador maragato Florentino Callejas escribió lo que, sin dudas, es una de las mejores composiciones que reflejan el sentimiento que despierta una guitarra. En A mi guitarra, Callejas parece olvidar la madera, el metal y las cuerdas que la forman y le habla a un ser de carne y hueso; un destinatario que palpita y sufre, sonríe y llora. A continuación, A mi guitarra:


Hermosa guitarra mía
que nunca te me negaste
la que conmigo cantaste
al dolor y a la alegría
quiero recordar los días
que te pulsé con amor
y ahuyentarás mi dolor
al escuchar tu gemido
ven si es que me has conocido
que soy tu viejo cantor.

Cuántas veces sin tener
quien me brindara un consuleo
mirando muy triste el suelo
lloré como una mujer
ya no esperaba volver
a escuchar más tu sonido
y al verme solo y herido
en campos de la derrota
ya de tu caja las notas
habían desaparecido.

Hoy que sangrando una herida
quiero contarte mis penas
vos que fuiste la más buena
compañera de mi vida
si ayer sonaste sentida
hoy de nuevo sonarás
y conmigo vencerás
nuestra desgraciada suerte
porque ni la misma muerte
podrá separarnos más.

Si me ayuda la cadencia
de tus cuerdas vibradoras
habrá llegado la hora
de cumplir nuestra sentencia
porque sos en mi existencia
dueña de mi amor más fuerte
y cuando mi cuerpo inerte
baje a la última morada
irás conmigo abrazada
a la región de la muerte.


NOTA: A mi guitarra ha sido interpretada por infinidad de artistas a lo largo y ancho del país. Asunto Literario recomienda muy especialmente la versión grabada (con acompañamiento de una guitarra, claró está, y en estilo) de Alberto Moreno (Benjamín Garategui).

sábado, 24 de enero de 2009

El hogar de Juan Pedro López

Juan Pedro López
(Canelones, 15 de agosto de 1885 – Montevideo, 25 de enero de 1945)

A sesenta y cuatro años de su fallecimiento.


(...) En el paraje de Etchevarría, a escasos kilómetros de la ciudad de Canelones, un desparejo camino vecinal lleva su nombre; un sendero de balasto y tierra, frecuentado por autos y motos que cuenta, como mayor virtud, en servir de atajo o “cortada” entre la ciudad de Los Cerrillos y la capital del departamento. Son pocos los que reparan en los dos carteles que indican el verdadero nombre del camino y en la connotación que aquella zona rural de intensa actividad frutícola, tuvo en la obra del Juan Pedro López. Además de su nacimiento y sus primeros años en el paraje (en una vivienda que hoy ya no existe) Juan Pedro López se encargó de regresar al pago de Etchevarría a través de su propia obra donde, bajo la forma del verso y la elaboración poética, trazó su propia autobiografía y la referencia exacta de sus primeros años en el mundo.
En su obra El rancho, Juan Pedro López realiza una evocación de carácter general que lo ata a su propio nacimiento y a la condición humilde de su familia y de la propia vivienda:
“...Bajo el pasto que ha crecido
copioso y divinamente
se oculta para la gente
el hogar en que he nacido...”

Esa figura casi fantasmal en que se constituye el pobre rancho donde nació, se vuelve para el poeta en fuente de recuerdos (penas y alegrías) de la que a veces quiere escapar, tarea que le resulta muy difícil:

“...Cuantas veces he querido
dejar su memoria trunca
no recordarla más nunca
echar todo en el olvido...”


En otro texto de similar evocación biográfica – Mi tapera -, López avanza en la descripción del rancho que se ha despoblado y se ha convertido en la figura del título. Esa evocación está unida a su papel de cantor y a la figura majestuosa y siempre presente de su madre:

“Existe allá en Canelones
una derruida tapera
voy a recordar siquiera
aquellos caídos terrones.
Ya no se oyen las canciones
que mi madre me cantaba,
ella atenta me escuchaba
y me solía decir:
¡Yo no te puedo sentir,
hijo del alma!... y lloraba...”

La tercera evocación que de su hogar realiza Juan Pedro López la encontramos, en una línea más personal e intimista que en Mi tapera, en la composición Doña Micaela, texto dedicado a destacar la imagen de su madre, doña Micaela Pérez. Para comenzar su reevocación, López se vale de la figura de su rancho, señalándolo, ésta vez, geográficamente en el mapa:

“...Cerca de aquel pueblo donde yo nací
de Canelones a una legua escasa
bordando un camino de pitas y tunas
un rancho se alzaba...”


El tiempo ha pasado y las generaciones también. El polvo del olvido se ha asentado sobre el paraje que fuera cuna de Juan Pedro López. Pero su obra, dispersa en libros, grabaciones y en el recuerdo de memoriosos y adeptos al sentir de su inquietud poética, sigue viva la estela de su propia leyenda.

- Fragmento de un texto publicado originalmente en Hoy Canelones (20/02/2008)





- En la secuencia fotográfica, se aprecia al autor junto a Robert Umpiérrez restaurando el cartel principal
del camino Juan Pedro López, el 25 de enero de 2008.

miércoles, 7 de mayo de 2008

¿Quién lee a Juan Torora?



Juan Gualberto Escayola Méndez no integra el canon de la literatura uruguaya ni, mucho menos, es citado por otros autores, referenciado por estudiosos de la literatura o por lectores pasionales que se acercan a los libros con la mezcla exacta de pasión y voracidad. Juan Escayola escribió algunos textos con el seudónimo de 'El Caballero de la Noche' pero el nombre con el que dio a conocer la mayor parte de su obra fue con el de Juan Torora. Dentro de la poesía gauchesca (corriente tan variada y, por eso mismo, generalmente relegada), el nombre de Juan Torora es una nota al pie de otras entradas más ilustes como Carlos Roxlo, Yamandú Rodríguez o Fernán Silva Valdés. Algunos olvidados historiadores se valieron de su apellido original para rastrear una posible relación con Carlos Gardel. Luis Alberto Martínez lo menciona al pasar en su "Cardos sonoros", un hermoso poema que oficia como índice temático de la poesía gauchesca rioplatense (Mayuri, Damián, Nestor Feria, Serafín J. García, etc.). Como sea, no es Juan Torora un nombre de la Academia, la referencia bibliográfica o la Wikipedia. ¿Quién lee a Juan Torora? La respuesta es única: nadie.
En su obra "Volcao", Juan Torora se vale de cuarenta versos (repartidos en cuatro estrofas de diez lineas o formato décima) para realizar un pormenorizado análisis de la condición humana. Los giros deformadores del habla del gaucho no alcanzan a ocultar la potencia de una visión sobre el hombre que estremece por su cercanía. Leyendo "Volcao", subyace una visión pesimista sobre el hombre frente a su propia existencia, un giro nietzscheano ante esa sucesión de momentos que constituyen una vida.
A continuación, Juan Torora:

"VOLCAO"

Yo vide un bagual juyendo
puert´ajuera de un corral,
y a un gaucho taura, de un pial,
dejarlo como durmiendo.
Y vide al hombre corriendo
al impulso del tirón,
dírsele de sopetón
al bruto, con tal presteza,
que le apretó la cabeza
sobre´l mesmo revolcón.

Y pensé yo: "Si a la yegua
de la suerte la topara,
cuando por mi lao cruzara
en una juida sin tregua;
si al colegirle, a la legua,
su malévola intención,
en un diestro revolcón
sujetarla yo pudiera,
talvez mansa la tuviera
siempre a mi disposición.

Pero es al ñudo aguaitar
ese momento propicio,
pues cuando más lo acaricio
más distante lo he de hayar.
Talvez lo yegue a topar
cuando de esperarlo hastiao,
m´encuentre desalentao
y sin voluntá pa nada,
charlando con la pelada
mano a mano y entregao.

Pucha la vida!... Hay que dirla
yevando dale que dale,
y todita eya no vale
ni el trabajo de vivirla.
Nunca pretendí rendirla
al placer que me jué´esquivo;
pues siempre sobra motivo
pa que la suerte, sin tregua,
se me niegue... como yegua
cuando patea el estribo! (*)

(*) - Se ha respetado la ortografía del texto original.
Nota complementaria: La imagen que acompaña éste texto es obra del pintor argentino Florencio Molina Campos.