jueves, 5 de diciembre de 2013

Walter Apesetche le canta a sus orígenes

En esta milonga', el gran cantor repentista oriundo de la localidad de San Ramón, Walter Apesetche, definido como 'El trovador de Cristo', cuenta sus orígenes como cantor de la mando de su condición de joven chacarero en algún perdido campo canario... 

CHACARERO Y PAYADOR

Yo nací allá en San Ramón,
donde fue mi hogar primero
como el nido del hornero
hecho de paja y terrón.
Dejé desde muy pichón
aquel hueco paternal 
y azotado por el mal
rodé por sus aledaños
y con menos de diez años
me conchabé de mensual. 

¡Qué triste cuando se deja
el pago tan gurisito...!
¡Pobre de aquel pichoncito
que de su nido se aleja!
Yo en el llanto de mi vieja
templé mi tierno coraje
y cuando emprendí mi viaje
un parcito de alpargatas,
muy humildes y baratas,
eran todo mi bagaje. 

Así empecé a trabajar
de sol a sol sin descanso,
tras de una yunta de mansos
que me enseñaban a arar. 
Si habré visto agonizar
a los horizontes rojos;
si habrán llorado mis ojos
con el rigor de la helada
sobre mis piernas paspadas
por las cañas del rastrojo. 


Chacarero adusto y grave
fui de gurí sin apronte,
pero me llamaba el monte
con el canto de sus aves. 
Cadencias dulces y suaves
con mil variadas escalas, 
fueron poniéndole gala 
a mi pobre inteligencia...
No se queda en su querencia
quien ha nacido con alas.

Por el tiempo y el destino
que la vida nos tutela
con un rumbo de vihuela 
sigo abriéndome camino. 
Se ha de cumplir el destino 
que me deparó el Señor,
pero que orgullo mayor
es haber sido primero
un humilde chacarero
antes de ser payador. 

WALTER APESETCHE


-La imagen es el óleo 'Arando con bueyes', de Rolando Manavella (Argentina).






miércoles, 4 de diciembre de 2013

Una milonga de Rodolfo Blas Arrigorriaga

Varios sitios de Internet donde es reproducida la letra de esta milonga, que ha contado con diversos intérpretes en Uruguay y Argentina, señalan que es obra de Néstor Feria. El autor, en verdad, fue Rodolfo Blas Arrigorriaga, del que ASUNTO LITERARIO no dispone de mayor información. 


Las carretas

Como un saludo triunfal
que el bosque agita y exhala,
sobre las arcos de un tala
se está hamacando un zorzal.
Y por el camino real
una gran carreta asoma, 
rompiendo la policroma
quietud de las arboledas; 
como un rancho con dos ruedas
que va buscando una loma.

Por el tortuoso renglón,
la tropa lenta y tranquila,
parece una larga fila
de brujas en procesión.
Y cuando el negro crespón
en la llanura flamea; 
la larga fila se arquea
entre quejosa y jadeante:
como un monstruo agonizante, 
que en las sombras cabecea. 


Como viejas en cuclillas, 
divisando la extensión; 
las carretas en montón
se han sentado en las cuchillas.
Bajo las blancas costillas
de los toldos silva el viento, 
y junto al fuego un acento
lleno de amargos resabios, 
muerde y estruja los labios
con las palabras de un cuento.

Siempre con la misma pena
van cantando melancólicas, 
como guitarras eólicas
bajo la tarde serena.
La luna pálida y buena
rompe de un toldo la cara, 
la vieja armazón se aclara
bajo una brillante pauta
y el viento toca la flauta
en las cañas de tacuara.

Nota: La imagen se llama 'La carreta' (óleo sobre tabla de 20 x 19,5 cm.) y es obra del pintor uruguayo Ernesto Laroche (1879-1940).




martes, 29 de octubre de 2013

Teníamos a nuestro propio Corsini y no nos habíamos dado cuenta

Nueve tracks integran el disco Declaración conjunta, obra del músico, poeta y docente trashumante, nacido treinta y cinco años atrás, en el Chuy y que exhibe en sus creaciones, como el más lúcido pasaporte, rasgos culturales de los lugares por los que ha pasado y vivido pero sin la facilidad del pintoresquismo ni el gesto marmóreo de los homenajes.
En Declaración conjunta conviven el blues con el arte juglar, la balada con el canto gutural, los payadores con cierta veta de la poesía francesa del siglo XIX, Góngora con el tango. Convivencia no es cambalache ni variedad de estilos es saturación; tal es la regla no escrita que esgrime Palacio Gamboa en este disco. Eso y la reencarnación vocal de Ignacio Corsini.
Salvando la distancia temporal, la repercusión en los medios y la propia mediación de la poesía –funcional en Corsini, germinal en Palacio Gamboa–, hay mucho del argentino en la actitud del uruguayo, algo que se evidencia más allá de algunos registros vocales que el bardo del siglo XXI reproduce del cantor del siglo pasado.

Más allá de las palabras, la balada con la que abre el disco, haría derretir a la más fiel de las seguidoras de Ricardito Arjona si la fémina en cuestión abriera su corazón, claro está, a las guitarras azules y las canciones de Caetano, comprendiendo además que Sansueña es una tierra mítica de la memoria y el viaje y no una marca de veladores o sahumerios o saltos de cama.
En Canción de la paloma herida, Palacio Gamboa se convierte en un hacedor de letanías, una especie de misionero enamorado y brutal con un único objetivo: hacerse con la mujer amada. No sé por qué –tal vez por asociación, tal vez por ignorancia– al escuchar esta canción, recordé El promesante de Atahualpa Yupanqui, cantor con el que nuestro juglar tiene más de un punto en común.
Epitafio desmesurado a un poeta es una colaboración entre el bardo Miguel Hernández y Palacio Gamboa. El tema, nos informan, lo compusieron en la Barra del Chuy, un tórrido verano de 1941, cuando las primeras señales de tifus se cernían sobre el poeta de Orihuela. No sé si esto es verdad, más bien creo que no… pero lo cierto es que en Palacio Gamboa, los versos de Hernández adquieren una desoladora cercanía. Y si no, escuchen como el yorugua canta/grita “No se si en su hirviente frente, etc…”.
¿Qué decir del Monólogo segundo de Segismundo? Que arranca como un Dylan folk de frontera. Que los arreglos de las décimas, casi con gestos de cifra, son perfectos. Que si este mundo delirante tuviera algún sentido de la justicia, sería un hit radial que haría que Palacio Gamboa se llenara de guita, se vendiera al sistema y lo explotara desde dentro. Allí está Corsini, además. ¡Escuchen, escuchen!
Otra décima: Milonga del amor impar. Solo diré algo: alguien que arranca la canción con este díptico, tiene mi veneración: “Aunque se muestre fierita / y lunfardee a lo Rivero…”. El tipo es crá. Me dicen que el tal Rivero fue un destacado cantor de tangos, de prominente nariz.

Y siguiendo con el hatajo de segundones a los que Palacio Gamboa recurre para confeccionar estas gemas sonoras, Límites fue escrita por el baladista Jorge Luis Borges. Personalmente, es la canción que menos me gusta porque, creo, es en la que menos arriesga el bardo oriental. ¿Qué quisiste hacer, Palacio Gamboa? ¿Es una fucking joke? Además, es muy larga y, lo que es más terrible, suena a… Nito Mestre!!!
Pero por fortuna, en séptimo lugar, ya en la recta final, el trovador nos hace olvidar el mal trago con esa joya sublime que es Amigo Baudelaire. Miren esto: “Amigo Baudelaire, / recuerda que no hay un bar / donde el abismo se amonede / por un poco de clonazepam”. En esta canción se conjugan todos los vicios, las pasiones y los fantasmas de Palacio Gamboa aunque, claro está, para verlas y aprehenderlas, hay que leer y escuchar entre líneas o entre acordes. Verdadero punto alto de Declaración conjunta.
A mi estatua de barro, penúltima canción, es una sonorización de unos versos de Hugo Emilio Pedemonte que Palacio Gamboa canta. Solo diré esto, parafraseando a Bobby Dylan en Soñé que vi a San Agustín: “I put my fingers against the glass / and bowed my head and cried”. ¿La cazaste?
Y ahora, unas palabras sobre el apoteótico final del discazo del bardo melenudo: Gatamanga. En esta canción sutil y perfecta, como cualquiera de las que compuso Nick Drake, Palacio Gamboa habla del paso del tiempo y de los rituales cotidianos, de la intimidad y el olvido y también acerca del difícil arte de conocerse. 

lunes, 21 de octubre de 2013

Cuarta escala de YA TE CONTÉ



CUARTA ESCALA 2013

VIERNES 25 DE OCTUBRE
Centro Cultural de España | Rincón 629
Montevideo, Uruguay


18 hs.
Feria del libro callejera. Editoriales uruguayas y argentinas


19 hs.
Garo Arakelian toca temas de su disco Un mundo sin gloria


19:30 hs.
Leen:
Lucía Puenzo (Arg.), Ignacio Alcuri (Uru.) y Fernanda García Lao (Arg.)


20 hs.
No te olvides del pago
Videoconferencia con escritores que viven en el exterior.

Lalo Barrubia (Uru.)

Modera: Alicia Torres (Uru.)


20:45 hs.
El escritor comido
Alejandro Ferreiro (Uru.) entrevista a Sergio Bizzio (Arg.)


21:30 hs.
Me río de la plata
Mesa redonda: El humor en nuestra literatura


Modera: Martín Bentancor (Uru.)


22:15 hs.

domingo, 15 de septiembre de 2013

La voz de Ruben García

Un actor puede ser un personaje, un gesto, una pantomima, una caída, una salida, un chiste, una metáfora, un silbido, un golpe, una palabra, un bochorno; en fin, mil cosas. Un actor puede pasar a la posteridad por un único papel. Orson Welles diciendo ‘Rosebud, Rosebud’; Peter Sellers detonando la bomba; Isabel Sarli recostándose en la cámara del camión frigorífico, un ignoto actor callejero componiendo el más efímero personaje.
Para mí, Ruben García, el veterano actor al que todos asociamos con el personaje del “bolichero” de Decalegrón, fallecido el pasado viernes en Montevideo, fue y será por siempre una voz.
Seguramente hay consenso para determinar que Ruben García no fue un gran actor y el mote comediante, que él jamás alzó, le quedaba grande. Era el perfecto secundario en todo los sketchs, aquel en el que casi nadie repara y que aparece de golpe, al final de un chiste, a veces rematándolo, a veces como mero decorado. Su personaje de bolichero en uno de los más recordados segmentos de Decalegrón, lo define: la mayor parte del tiempo era un simple acompañante de la acción que se desarrollaba en el diálogo de la dupla Julio Frade -Ricardo Espalter. Hasta Eduardo Freda, un mecánico con mameluco que siempre aparecía tomando mate, tenía más peso en la historia; hasta Andrés Redondo, que componía a un borracho (hasta que murió y con él el personaje), tenía más peso en la trama; y hasta el viejito Pedro Novi, con la papada temblándole y la canasta llena de huevos, remataba de mejor forma su salida. (Ahora que los enumero en esta breve semblanza, descubro que exceptuando al maestro Julio Frade, están todos muertos).
El bolichero al que le daba vida Ruben García era colorado y de Peñarol, y estaba dispuesto a defender sus convicciones ante la pedantería del personaje de Frade o los embates populistas -y frentistas- del mecánico Freda. Y eso sería todo. Pero no.
Antes de Decalegrón -y en un tiempo simultáneamente- Ruben García supo integrar el cuerpo estable del Radio Teatro del Sodre. Generalmente bajo la dirección de Júver Salcedo, aquel cuerpo de actores de la voz y del éter, le daban vida a todo tipo de textos literarios. En sus voces recuerdo haber escuchado adaptaciones de Espínola, Rulfo, Shepard, Millar, Morosoli, etc., etc.
En mi recuerdo, como dije, el ahora difunto Ruben García será siempre una voz. La voz de Sir Percival, el compinche del malvado conde Fosco en la genial adaptación radiofónica de La dama de blanco, una de las mejores novelas del inglés Wilkie Collins. Día tras día, de lunes a viernes, entre las 14 y las 14:25, escuchaba yo, joven estudiante liceal en desolada zona de campaña, las peripecias de aquellos malévolos personajes. La voz cavernosa de Folco (Salcedo) y la aflautada y extraña proliferación de palabras en boca de Percival/García.
Cuando algunos años después supe que aquella voz de la radio era la misma que la de aquel bolichero bigotudo y sonriente que remataba el sketch con Espalter, ya no tuve dudas: Rubén García no iba a grabar su nombre en la estela plateada que lleva al estrellato pero no importaba porque, en definitiva, cuántos grandes artistas nunca lo logran. Ni lo pretenden.
Martín Bentancor
Publicado en HOY CANELONES (11-09-2013)

viernes, 6 de septiembre de 2013

Ciudadano Osho


Durante varias mañanas, el lugareño que recorría un tramo importante de la playa Mansa en compañía de su terrier y portando un termo y un mate de considerables proporciones, se sorprendió deteniéndose en el mismo lugar, a escasos metros del mar embravecido y a una veintena de pasos de una enorme casa rodeada de eucaliptus. Su mirada se posaba, sistemáticamente, en aquel sujeto de larga barba entrecana que, sentado en el suelo en modo meditación, permanecía imperturbable bajo los árboles, con los ojos cerrados y las doradas manos descansando sobre las rodillas. Al lugareño lo maravillaba aquella inmovilidad, aquel estar por fuera del mundo, ajeno al ruido de las gaviotas, de los motores en la cercana avenida y al devenir constante, imperceptible, de la propia Tierra girando en su aceitado eje. Parece una maceta o un enano de jardín, le dijo un día a su esposa. Si hasta te dan ganas de arrimarte y cincharle las barbas para ver si son de verdad o son de yeso.
Una mañana, mientras el lugareño lo contemplaba con detenimiento desde la playa, Osho abrió los ojos y encontró la mirada del otro que, confundido, simuló llamar a su perro. Osho levantó la mano derecha y saludó al vecino, quien le devolvió la atención con un gesto aparatoso que le hizo volcar un poco de yerba del mate ya lavado. Luego, indiferente a la mundanal irrupción de los asuntos de los hombres, Osho volvió a hundirse en la paz que se gestaba debajo de aquellos eucaliptos de Punta del Este.


El 23 de octubre de 1985, un Jurado Federal de Estados Unidos emitió la friolera de treinta y cinco cargos por evasión de leyes de inmigración contra el místico indio Bhagwan Shri Rajnísh, que había nacido con el nombre de Chandra Mohan Jain, que por un tiempo se había llamado Acharia Rajnísh y que perpetuaría su fama, sus enseñanzas y su prédica bajo el más conciso y práctico nombre de Osho.
Cuando los abogados de Osho supieron de la gravedad de los cargos, el líder espiritual se encontraba en el rancho Rajnishpuram, en Oregón, rodeado por centenares de integrantes de su comunidad. Fueron horas confusas y extremas las que se vivieron aquel día. Un abogado sugirió que Osho se entregara pacíficamente a las autoridades policiales de Portland para evitar la orden de arresto, la debacle mediática y para negociar algún tipo de salida que evitara la reclusión. Las autoridades respondieron por la negativa mientras un comando de voluntarios de la Guardia Nacional se aprontaba para ingresar a Rajnishpuram. Algo los detuvo, sin embargo: unas grabaciones obtenidas en el despacho de Sheela Silverman, la secretaria de Osho, señalaban que se estaba preparando una respuesta a la posible incursión de las fuerzas de la Ley en la comunidad. Niños y mujeres sanniasins (discípulos) conformarían un escudo humano para evitar la llegada hasta Osho, mientras que integrantes del círculo cercano del místico lo defenderían a puro balazo.
Cinco días después, en una pequeña pista de aterrizaje de Carolina del Norte, a varios kilómetros de Rajnishpuram, unos funcionarios federales que realizaban controles de rutina en las inmediaciones, se encontraron con un pequeño avión Learjet alquilado que estaba a punto de despegar hacia Bermudas. En el interior, los funcionarios hallaron gran cantidad de relojes y brazaletes con incrustaciones, además de una maleta con sesenta mil dólares. Ubicados en los asientos, ya con los cinturones dispuestos en plan despegue, los federales hallaron a varios sanniasins y, al final, en el último lugar, al mismísimo Osho. Hay varias versiones sobre lo que ocurrió en aquel momento pero la más fidedigna, la que más ha soportado el pasaje de un emisor a otro, sea por vía oral, escrita o gestual, es la que dice que Osho no se inmutó ante la presencia de los federales, pensando que la presencia de aquellos hombres trajeados y de lentes oscuros en el interior del avión era un trámite rutinario. La versión también dice que Osho se mostró asombrado cuando le hablaron de una serie de cargos y un arresto contra él, añadiendo, además, que nunca se le había informado el destino que llevaba aquella pequeña aeronave.


El dependiente de la provisión Sol del Este pulsó el timbre en la enorme mansión de madera y piedra, compuesta por dos casas señoriales fusionadas tiempo atrás, que unos días antes había vuelto a ser habitada. Esperó con la pesada caja entre las manos hasta que escuchó pasos del otro lado y, a continuación, la puerta se abrió. La mujer que lo invitó a pasar, contaría luego el dependiente, estaba descalza y llevaba una larga túnica de seda, blanca y holgada, sin nada debajo.
El dependiente siguió a la mujer por el living hasta la cocina, una enorme habitación aséptica y fría, muy parecida a lo que él creía que debía ser una morgue, que contactaba con un patio de un intenso verde, con dos o tres eucaliptus frondosos que marcaban el límite hacia la playa cercana. Te animás a poner todo acá arriba, le dijo la mujer con indiferencia, mientras buscaba en una alacena un pequeño atado de billetes. El dependiente colocó la caja sobre la mesada y procedió a retirar los artículos: diez rollos de papel higiénico, tres frascos de protector solar, doce latas de arvejas, pan de centeno, vainilla, esencia de calamar, dos potes de repelente para mosquitos, polvo de arándano, catorce velas aromáticas, tres docenas de cucharas de plástico, medio kilo de pasas de uva, bicarbonato de sodio y dos botellas de Jack Daniels etiqueta negra.
Sin consultar la factura, la mujer le tendió los billetes, incluyendo una generosa propina, y comenzó el camino de regreso hacia la puerta. Fue al cruzar de nuevo el living cuando el dependiente miró hacia arriba, siguiendo el derrotero de la enorme escalera de mármol, y descubrió al viejo. A pesar del calor, llevaba un gorrito de lana muy ajustado, contaría luego en el mostrador de la provisión para los ocasionales clientes diarios que quisieran escucharlo. Estaba recostado sobre la baranda, con las barbas desflecadas colgándole, mirando para abajo, informó. Parecía  más viejo, mucho más viejo, que la culpa.
Sosteniéndose apenas del borde de la escalera, con la espalda perforada por pequeños pinchazos que le hacían llorar de dolor, Osho estaba esperando que su asistente despidiera cuanto antes al mozo de los mandados. En unos segundos, subiría las escaleras y lo conduciría a la habitación donde, con lentitud pero con precisión, sometería a su destrozada hernia discal a una nueva sesión de curación.


Los documentos desplegados por los concienzudos registros del Tío Sam eran claros y concluyentes en aquel punto, no dejando espacio para la duda o la arbitrariedad: Bhagwan Shri Rajnísh había llegado a Estados Unidos el 1 de junio de 1981, proveniente de la India, con una visa de turista. La declaración de motivos de viaje señalaba que venía a tratarse su hernia discal en una clínica de Nueva Jersey. Cómo, cuatro años después, aquel ciudadano indio se había convertido en el líder de una comunidad mística, con la sede encastrada en el estado de Oregón, con millones de seguidores que peregrinaban a diario para acceder a sus doctrinas, es un  misterio que se pierde en la noche más cerrada de la burocracia federal.
Los investigadores pudieron determinar que, desde su entrada a Estados Unidos hasta el 30 de octubre de 1984, Osho había permanecido en silencio público, comunicándose solamente a través de su secretaria Sheela Silverman. Había sido su esposo, de hecho, Marc Harris Silverman, quien compró, el 13 de junio de 1981, el rancho de doscientos sesenta kilómetros cuadrados que se convertiría en Rajnishpuram, el núcleo de la comunidad de Osho.
Los documentos referían varios enfrentamientos legales entre propietarios de establecimientos rurales cercanos a Rajnishpuram y la dirigencia de la comunidad de Osho, encabezada por Sheela Silverman. Discusiones, con y sin abogados mediante, entre representantes de los dos bandos, habían dado lugar  a enfrentamientos a golpe de puño, empujones y diversas afrentas de las que el propio Osho parecía ser ignorante, sumido como estaba en su voto de silencio. Además, como una suerte de deidad ajena al mundanal ruido, el líder vivía en la parte más alejada del rancho, en una lujosa casa móvil con piscina, donde había hecho construir un amplio garaje para albergar su única debilidad material: una colección de noventa y tres Rolls-Royces.
El 16 de setiembre de 1985, treinta y siete días antes de que un Jurado Federal lo acusara de evadir leyes de inmigración, Osho, aprovechando que su secretaria y el resto de la directiva de Rajnishpuram estaban en Europa, realizó una suerte de conferencia de prensa en la que deslindó cualquier responsabilidad del accionar de Sheela Silverman, revelando, de paso, que en los años inmediatamente anteriores, ella había incurrido en diversos delitos, desde escuchas telefónicas y grabaciones clandestinas hasta un ataque bioterrorista con salmonella contra los habitantes de la pequeña ciudad de The Dalles, en el condado de Wasco.
Cuando finalmente fue detenido, Osho se sumergió en un proceso judicial que mantuvo en vilo a su equipo de abogados, a la prensa y a los propios investigadores del caso que, a medida que avanzaban en las pesquisas, encontraban nuevos elementos que, lejos de sumar evidencias concretas, los desconcertaban. Luego de estar una semana detenido en una prisión de Charlotte, las autoridades les comunicaron a los abogados de Osho que sería trasladado a Portland para iniciarse el juicio. Sin embargo, en vez de ser subido al avión que lo llevaría de nuevo al condado de Oregón, el místico fue llevado de manera clandestina hacia Oklahoma.
Lo que ocurrió en Oklahoma es confuso y, sobre estos hechos, el metódico y riguroso Tío Sam parece haber extraviado una carpeta. El propio Osho contaría años después que, encontrándose en la penitenciaría federal de El Reno, se lo intentó forzar a registrarse bajo el nombre de David Washington. Al negarse, entendiendo que al asumir un nuevo nombre se borrarían los registros de su ingreso a prisión, el caso se dilató, dando tiempo a sus abogados para que lo encontraran y lograran, finalmente, su traslado a Portland para ser juzgado, en noviembre de 1985.




Una vez a la semana, vistiendo un tapado desvencijado y marchito, que acusaba como todo en ella el inefable paso del tiempo, la mujer entraba al salón de belleza para hacerse las manos. Las chicas se reían por lo bajo, y mientras ella se desprendía del tapado y el sombrero, se hacían señas sobre quien la atendería aquella vez. Muchas de ellas, al pasear con sus novios por la Avenida Gorlero, se la habían encontrado más de una vez, caminando perdida por las cuidadas aceras, deteniéndose bruscamente ante una vidriera o tomando un solitario café en el restaurant más caro del balneario.
Aquella tarde de poco trabajo, una vez ubicada en su sillón habitual, le contó a todas su experiencia de la noche anterior. Una velada, dijo, de las que no se olvidan. Al parecer, junto a unas amigas, que las chicas del salón de belleza suponían tanto o más viejas que ella, habían asistido a una charla que daba un maestro internacional en la sala de conferencias de uno de los hoteles cinco estrellas. La sala estaba repleta, contó, y mientras duró la disertación no había dejado de entrar gente, acomodándose en el pasillo, junto a las escaleras y delante de los primeros asientos de la tribuna, en el piso. El Maestro entró caminando con dificultad, vistiendo una larga túnica blanca y acompañado por una joven asistente que ofició de traductora. Yo estaba un poco lejos del escenario, niñas, y la traductora hablaba muy bajo, pese al micrófono, les contó la veterana a las chicas del salón de belleza. Eso sí: entendí algunas cosas que me parecieron muy sabias y que a mí, lamentablemente, me llegan un poco tarde pero que a ustedes, estoy segura, les pueden servir.
“El hombre es muy débil en lo concerniente a la sexualidad; sólo puede tener un orgasmo. La mujer es infinitamente superior; puede tener orgasmos múltiples. El orgasmo del hombre es local, confinado a los genitales. El orgasmo de la mujer es total, no está confinado a los genitales. Todo su cuerpo es sexual, y puede tener una bella experiencia orgásmica mil veces mayor, más profunda, más enriquecedora, más nutritiva que la que puede tener un hombre”, dijo Osho a través de la intérprete. Y también: “En lo que respecta al crecimiento espiritual, el orgasmo es necesario. En mi opinión, es la experiencia orgásmica del gozo lo que ha dado a la humanidad en los primeros días la idea de la meditación, de buscar algo mejor, más intenso, más vital. El orgasmo es la indicación de la naturaleza de que tienes dentro de ti una cantidad tremenda de gozo. Sencillamente te deja que lo pruebes, luego puedes iniciar tu búsqueda”.
Y así siguió la mujer, por un buen rato, desgranando ante las maravilladas chicas del salón de belleza, las enseñanzas que aquel gurú pequeño y barbudo, que caminaba con dificultad y hablaba con voz lenta y pausada, como si estuviera a punto de quedarse dormido, arropado por sus propias palabras.


La imagen de Bhagwan Shri Rajnísh esposado, rodeado por varios agentes federales y con el rostro en calma, como si estuviera sumido en el auténtico nirvana, recorrió el mundo en pocas horas. Voces de alarma y de crítica, provenientes de sus seguidores en diversas partes del globo, le hicieron ver a sus acusadores que se encontraban ante un caso que amenazaba con desbordarlos. Además, en cada sesión, careo y comparecencia ante el juez, Osho se mantenía imperturbable declarándose inocente.
Finalmente, el equipo de abogados del gurú y las autoridades judiciales llegaron a un acuerdo: Osho saldría bajo fianza tras firmar la llamada ‘declaración Alford’ (en la que el acusado no admite ser culpable pero reconoce que la evidencia en su contra excede la duda razonable), declarándose culpable de haber mentido al solicitar el visado en 1981 y de propiciar casamientos falsos entre algunos de sus discípulos para adquirir la residencia en Estados Unidos.
El resultado del proceso judicial significó un triunfo para el equipo de abogados de Osho, logrando que zafara de otros treinta y tres cargos con una multa de cuatrocientos mil dólares y cinco años de libertad condicional, además de la prohibición de volver a Estados Unidos por al menos un lustro. En medio de la celebración por haber evitado la cárcel, los abogados prepararon la salida de Osho del país, ignorantes por completo de la larga travesía interoceánica que esperaba a su callado cliente.
Bhagwan Shri Rajnísh y el núcleo duro de Rajnishpuram llegaron a Delhi el 17 de noviembre de 1985. De allí se trasladaron a Katmandú, donde una serie de problemas con las visas de varios de los integrantes de la delegación determinó que Osho decidiera viajar a Grecia. Con una visa de turista extendida por un mes, Osho llegó a Creta para definir su futuro plan de acción. Sin embargo, en un episodio que incluyó la presión de las autoridades eclesiásticas locales, cuando llevaba tres semanas en la isla, Osho fue detenido y obligado a abandonar Creta.
A partir de ese momento y, salvando las distancias, a Osho y a su grupo le ocurrió algo parecido a lo que le sucediera al transatlántico alemán St. Louis en 1939, cuando tras dejar Hamburgo con novecientos refugiados judíos germanos a bordo, intentando escapar de la inminencia el holocausto nazi, recorrió diversos puertos sin lograr ser aceptado, debiendo, finalmente, regresar a Alemania. A partir de su salida de Creta, el avión de Osho sobrevoló como un fantasma por diversos espacios aéreos, negándosele la entrada a Suiza, Suecia, Canadá, Irlanda, España y Francia, entre otros países. En algunos casos, como ocurrió en Limerick, se le permitió al avión detenerse a recargar combustible y a Osho y a su grupo pernoctar en un hotel pero sin la posibilidad de salir a la ciudad.
Hasta que una tarde, mientras la nave atravesaba un cerrado manto de nubes sobre el océano Atlántico, uno de los abogados de Osho se comunicó por radio con la tripulación. Buenas noticias, dijo el leguleyo. La Oficina de Migraciones de Uruguay había aceptado la solicitud de residencia en carácter de turista y Osho podría permanecer en aquel país sudamericano durante tres meses con posibilidad a una estadía más prolongada.




El avión que trasladaba a Osho y a su mermada comitiva aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Carrasco en la noche el miércoles 19 de marzo de 1986. Los funcionarios de Migraciones corroboraron el papeleo y determinaron que todo estaba en orden. La visa de turista extendida a Bhagwan Shri Rajnísh lo habilitaba a permanecer en el país por noventa días.
Los contactos locales del gurú habían dispuesto una mansión en Punta del Este para que el Maestro descansara en la mejor forma y preparara una serie de conferencias que pensaba dictar en diversos puntos del país. Sin embargo, un recuadro en la portada de la edición del diario El País del sábado 22 de marzo anunciaba que Osho y su séquito habían abandonado Uruguay de forma ilegal, en el mismo avión privado en que llegaron. “Se desconoce el rumbo que tomó el avión del sexopático (sic) guía espiritual, y si en el mismo, huyó el propio líder del movimiento que blasona las más amplias libertades sexuales, de todo orden, como sistema de vida en sociedad”. El mismo diario, al día siguiente, también en portada, afirmaba que Bhagwan Shri Rajnísh se encontraba en Uruguay, delicado de salud y en la solitaria mansión esteña. Esa tarde, la redacción del semanario Mundocolor recibió una misteriosa llamada telefónica de una voz femenina. La mujer dijo formar parte del grupo cercano del gurú y que podía ofrecer todos los detalles de su viaje y sus intenciones si recibía una determinada cantidad en metálico a cambio. El editor de Mundocolor rechazó la oferta y la mujer no volvió a insistir.
A partir de aquel día, la presencia de Osho en Uruguay se convirtió en una curiosidad periodística, condimentada por el silencio que lo rodeaba y las voces distorsionadas que pretendían conocerlo. Al mismo tiempo, en Punta del Este, Montevideo, Colonia y otras ciudades uruguayas, empezaron a aparecer pequeñas ediciones artesanales, que no consignaban pie de imprenta ni demás datos técnicos, compendiando parte de la obra de Osho. “No permitan que nada se interponga a sus deseos, no se repriman ante el deseo, no vayan contra la voluntad sexual, el sexo es libre y libre hay que practicarlo”, decía un pasaje de uno de los opúsculos en cuestión. “Este es el más profundo mensaje de la canción de Mahamudra: no busques; permanece como eres, no vayas a ninguna parte. Nunca nadie encuentra a Dios. Nadie puede, pues no se conoce la dirección”, podía leerse en otro.
Por esos días, las conjeturas y los trascendidos sobrevolaban las salas de redacción de la prensa montevideana: Osho estaría considerando convertirse en ciudadano uruguayo; Osho habría viajado al departamento de San José para evaluar la compra de una suerte de estancia en la que pensaba refundar su Rajnishpuram de Oregón; Osho había sido visto surfeando en una poco frecuentada playa de Punta del Este. Nadie lograba aprehender la verdad sobre el pintoresco personaje ni, mucho menos, develar sus intenciones en el futuro inmediato. Hasta que el 25 de mayo, en el suplemento dominical del diario El País, la fortaleza fue alcanzada: a doble página, el matutino montevideano publicó una entrevista realizada por el periodista Miguel Carbajal a Bhagwan Shri Rajnísh, luego conocido como Osho.
Aunque en la nota aparece una foto de Osho, con una larga barba blanca y con un gorro tipo rasta, sonriéndole a un trajeado Carbajal en un clima de aparente camaradería, como dos viejos amigos charlando a calzón quitado, la entrevista es una acumulación de frases que le fueron comunicadas por el propio Maestro a sus discípulos. En el ‘diálogo’, Osho, en la voz de sus seguidores, se muestra por momentos beligerante y por momentos paranoico, adquiriendo de a ratos un decidido tinte mesiánico. Cuando Carbajal le pregunta sobre la negativa de diversos países a dejarlo aterrizar, el gurú habla de una persecución en su contra y empieza a repartir. Apunta a los ‘Nuevamente nacidos de Cristo’, un grupo de fanáticos que coordina acciones con la Casa Blanca y que ejercería un enorme ascendiente sobre el entonces presidente Ronald Reagan. También acusa de sus males a los fundamentalistas de origen bautista y carga especialmente las tintas sobre el senador republicano por el estado de Carolina del Norte, Jessy Helms, una suerte de personificación del mismísimo Demonio. “El hindú de barba de viejo y cutis de joven que tiene unos ojos de extraordinaria viveza, es seguido por gente de verdadera fortuna”, escribe Carbajal en aquel perdido ejemplar de El País de los Domingos. “Tal es el caso de Vicky Overoy, de la cadena de hoteles Overoy de cinco estrellas, que estaría dispuesta a venirse a Punta del Este para instalar una sucursal si el Gurú se queda por estas tierras. O los que pondrían dinero para armar una editorial en el Uruguay, donde se publicarían los 200 títulos del Maestro para distribuir a los rincones de un planeta al que visita en estos momentos una nube radiactiva a la que no pueden echar ni cerrar las puertas”. Con esto último, Carbajal se refería al reciente accidente nuclear, ocurrido el 26 de abril de 1986, en la central Vladimir Ilich Lenin de Chernóbil.
La entrevista ofrecida por Osho a la prensa coincidió con el inicio de la difusión de varios de sus opúsculos en Punta del Este y Montevideo, así como con algunas conferencias ofrecidas en anfiteatros privados, plateas de instituciones deportivas y salas de actos de clubes sociales.
A medida que se acercaba el 19 de junio de 1986, fecha en que se cumplía el vencimiento de la visa turística, comenzaron a circular algunos rumores sobre el destino inmediato de Osho. Teniendo en cuenta el rechazo que había recibido por parte de varios gobiernos, era de suponer que una vez que despegara el avión del Aeropuerto Internacional de Carrasco, el gurú y su grupo emprenderían el periplo aéreo a bordo de la nave apestada. Unos días antes de la partida, se supo que el nuevo destino del místico indio sería la soleada Jamaica.
En varios sitios web, entre ellos la página oficial de la Fundación Osho en Uruguay, al momento de reconstruir el pasaje del gurú por el territorio nacional, se afirma que el entonces presidente Julio María Sanguinetti habría anunciado una conferencia de prensa para el 14 de mayo, en la que aclararía el tema de la permanencia de Bhagwan Shri Rajnísh en Uruguay, anunciando la intención de su Gobierno de que el visitante se convirtiera en ciudadano del país. Sin embargo, algo lo habría hecho desistir: en una llamada telefónica proveniente de la Casa Blanca, ordenada por el mismísimo Ronald Reagan, se le habría comunicado a Sanguinetti que, en caso de que Uruguay alojara al gurú, el país debería saldar de inmediato la deuda mantenida con el Tío Sam. (Consultado por este cronista sobre la veracidad del suceso en cuestión, el ex presidente Julio María Sanguinetti profirió una sonora carcajada, definiendo al hecho como “una locura fantástica”).
Finalmente, en la tarde del jueves 19 de junio de 1986, el avión particular de Osho partió desde el aeropuerto El Jagüel de Punta del Este. Luego de permanecer doce horas en el aeropuerto de Kingston, Jamaica, rodeado por una partida de la policía militar, el avión retomó vuelo, descendiendo para abastecerse de combustible en la isla canadiense Terranova y, tras una breve parada madrileña, aterrizó definitivamente en Bombay.


El lugareño había adelantado sus caminatas mañaneras junto al terrier debido a la costumbre de ciertos turistas de caer muy temprano por la playa Mansa. Aquel día, además, tenía que llegar hasta el puestito de pescadores donde habitualmente compraba su esposa para levantar unos mejillones. Mientras se cebaba un mate esperando que lo atendieran, el lugareño reparó en la doble hoja de un diario tirada en el piso, junto al cesto donde iban a parar, impulsadas por los filosos cuchillos fileteadores, escamas, tentáculos, aletas y tráqueas.
El titular hablaba de una personalidad internacional recientemente fallecida. En el primer párrafo se señalaban algunos asuntos delictivos y difusos asociados al muerto y se hacía referencia a su breve estadía en Uruguay, cuatro años atrás. El lugareño se concentró entonces en la enorme foto a color que acompañaba la nota, deteriorada por el contacto con un montículo de arena, las pisadas de varias chancletas y pequeñas manchas de sangre. El viejo de barba blanca y gorro de lana, con el rostro repleto de arrugas y los ojos cerrados, parecía dormido o congelado. Yo a este lo conozco, se dijo el lugareño. Y entonces lo llamaron del mostrador.
Martín Bentancor



-Publicado en la revista LENTO, abril 2014. Numero 13.

jueves, 11 de julio de 2013

Guillermo Cuadri y Evaristo Barrios recetan medicaciones por décimas

En El agregao, su libro más conocido, el escritor minuano Guillermo Cuadri (1884-1953), bajo la voz de su alter ego, el gaucho Santos Garrido, escribe una extensa carta donde sienta las bases del arte y la técnica del curandero. El texto es un ataque frontal a la Medicina en general y a la labor de cada médico en particular y, por extensión, una actualizada crítica a las carencias del Sistema de Salud y a los tejemanejes de las sociedades médicas. Santos Garrido encuentra entre las plantas y yuyos que rodean a su rancho todo lo necesario para curar cualquier enfermedad. Además, se permite dar cátedra de su ciencia con lujo de detalles a la manera del más rústico de los diccionarios médicos.

Via darles unos consejos
y que me atiendan les pido:
saben que soy conocido
como curandero viejo.
Y me da rabia… ¡canejo!
ver que a través de los años,
toavía creen en los engaños
que tiene la melecina…
Si es que ajuera cualquier china
sabe curar hasta daños.

¡Hay que dejarse e´ bobiar ,
pa creer en la realidad…
Si naides en la ciudad,
puede saber pa’ enseñar.
Si la cencia de curar
no se apriende a dos tirones
y aunque nieguen los naciones
esta machaza verdad:
pa’ cualquier enfermedad
bastan yuyos y oraciones.

Pa´ que vean que soy macho,
sin mañas ni malas tretas,
via darles unas recetas
y abran el ojo… ¡caracho!
Para curar un empacho
un dotor no sabe nada;
yo con pezuña quemada,
yerba, el pollo y santiguao
dejo el empacho curao
sin tener una fallada.

No hay nada más apropiao
pa’ curar del padrejón
que el hinojo o el cedrón
con algun manipulao.
El sauco: para el resfriao;
pa sabañones, la ortiga;
marcela, pa’ la barriga
y mejor remedio no hallo:
que arazá y cola e caballo
pa’ riñones y vejigas.

Al pasmo real don Garrido
lo cura, presto y sin yerros,
con bosta blanca de perro
y abrojo grande, cocido.
Pa la histiricia es sabido
un remedio muy mentao
pues yo siempre la he curao
por mas bellaca que sea:
colgando en la chimenea,
un trapo e lana mojao.

Si el asma da un sofocón
se pita un cigarro chico
hecho con flor de chamico
o con las del floripón.
Pa curarse un sabañón:
se deja en el fuego un rato
un poco e tuna en un plato,
después lo refriega fuerte;
Y pal orzuelo es la muerte:
la cruz con la cola el gato.

Pa partos: vahos de artemisa;
pa la fiebre: suzuayá,
y raiz de mburucuyá
a la vejiga suaviza.
Al intestino lo alisa
la oreja e tigre en pomada.
Pa coyontura sacada,
la leche del higuerón;
y el güen apio cimarrón ,
pa’ tuita herida infestada.

Pa’ la mala enfermedá
ya sea de nueva o de vieja:
el Quelpe,yerba ‘e la oveja ,
la miona, o el zucará.
Un remedio de verdad
pa curar la risipela:
es friyendo con canela
diez hojas de moralito,
otras tantas de eucalito
y un poco de sebo e vela.

Vayan con Dios mis paisanos,
yo con la Virgen me quedo…
Por hoy salgo de este enriedo
y doy descanso a mi mano.
Deseando que estén hermanos,
contentos de haber nacido,
reciban como despido,
con tuita sinceridá:
un guascazo de amistad
del viejo Santos Garrido.



Diferente es el caso que protagoniza el narrador de El gaucho enfermo, composición en décimas de Evaristo Barrios (1889-1959), payador argentino nacionalizado uruguayo que supo enfrentarse en varias ocasiones a Juan Pedro López, y que fue un precursor del derroche humorístico de Abel Soria. La situación que presenta Evaristo Barrios parte de la oposición de la obra de Guillermo Cuadri antes referida: para evitar las recetas del curandero, “el gaucho enfermo” decide consultar a un médico de ciudad.
En esta obra, como en varias de Evaristo Barrios, se presenta el enfrentamiento entre el campo y la ciudad (como ocurre en la impresionante En el Banco de Bostón), abriendo el juego, en este caso, a dos visiones contrapuestas y complementarias del progreso y de la ciencia.

Cuerpiandole al curandero
y acobardao por sus curas,
enfermo de las achuras,
juí a ver un dotor pueblero.
Y le dije al hombre: «Quiero
me haga una revisación
y me ponga en curación
que pá eso del campo vengo…
¡Parece que adentro tengo,
como una revolución!…

El corazón fatigao
da a veces sus aletazos,
arisqueando, en otros casos,
parece cambiar de láo.
-¡Ha de estar enamorao!
-el doctor me respondió-.
-Abra la boca- ordenó,
pa ver si su mal encuentro…
Dispués de mirar pa adentro
de esta manera me habló:

-Bueno, amigo, no hay que hacer,
a usted lo voy a curar,
pero tiene que pasar
varios días sin comer.
Porque asigún pude ver
su estómago se ha cargao,
el hígado ha amontonao,
así como un pedregal,
y pa salvarlo del mal,
tendrá que ser operao.

-Están duros sus tendones
y usted anda como embarao,
eso es porque se han cansao
de trabajar los riñones.
Con sellos, con inyecciones,
volverán a funcionar,
pero tiene que aguantar
con pasencia la carrera:
¡Su cuerpo es una tapera,
que se empieza a derrumbar!…

La noticia mortifica
al hombre mejor templao,
por eso es que acobardao,
juí marchito a la botica
con el papel ande explica
la melesina el dotor
y pa aliviar mi dolor
y pa aflojar mis tendones…
¡Me dieron unos botones,
como pa mi tirador!…

Me voy pa siempre del pago,
dije pa mí decidido,
yo pa avestruz no he nacido
y esos botones no trago…
La muerte me hizo un amago,
pero de mí se ha olvidao,
áura tranquilo he quedao,
el dolor pasó de largo.
Me ha curao el mate amargo,
la ginebra y el asao…

Las obras están presentadas; ahora es decisión suya, estimado lector, decidir por uno u otro especialista.

____
Publicado originalmente en el "Especial de los sábados" del diario Hoy Canelones (29-VI-2013).

jueves, 14 de marzo de 2013

La casa encantada (Juan Pedro López)




Sola, triste, abandonada,
mismo en la cumbre de un cerro,
hecha de piedra y de hierro
está la casa encantada.
No hay quien pise esa morada
sin que pierda los sentidos;
muchos hombres atrevidos
por el valor que mostraron
fueron pero regresaron
idiotas o enloquecidos.

Y cuenta la tradición
leyendas desconcertantes,
crímenes horripilantes
que entorpecen la razón.
Cierto mozo una ocasión
después de una gran porfía
jugó que una noche iría
solo, sin armas ni luz,
para dejar una cruz
en esa casa sombría.

Llegó por fin el momento
de la terrible jugada;
la noche estaba estrellada
como en la noche de un cuento.
Se fue sin otro armamento
que una cruz que iba a dejar
clavada en algún lugar
de aquella casa maldita
y con audacia infinita
fue la prueba a realizar. 

Aquella noche pasó,
pasó un día y otro día,
el valiente no volvía
y el temor se redobló.
Entonces se resolvió
ir en busca del valiente
y reunida mucha gente
en estoica caravana
partieron una mañana 
bajo un sol resplandeciente.

Pasado ya el mediodía,
después de esfuerzos grandiosos,
por mil caminos tortuosos
rodean la casa sombría.
Señal de vida no había
en todo su alrededor,
aquello daba pavor 
por lo triste del paisaje;
todo era negro, salvaje,
tremendo, conmovedor. 

-¿Quién se anima a levantar-
dijo uno- aquel aldabón?
-Yo voy- dijo un mocetón-
a ver, déjenme pasar.
Más cuando iba a realizar
con valor su atrevimiento
no pudo porque al momento
gritos terribles se oyeron
y sus mil puertas se abrieron
como por encantamiento. 




Muchos huyen por el ruido
pero él, con intrepidez,
vuelve a avanzar otra vez
como león enfurecido.
-Alto, joven atrevido-
dijo una voz misteriosa,
tan triste, tan dolorosa
que parecía de ultratumba
mientras la casa retumba
de una manera espantosa. 

-¡Si dais un paso adelante-
volvió a repetir la voz-
no te salvará ni Dios
si Dios se pone mediante.
No comprendes, ignorante,
que esta casa está encantada,
retira tu planta osada
que por tu bien te lo pido,
sino, joven atrevido,
tu vida está en tu jugada. 

-Se que afuera hay mucha gente
ávida de tu regreso,
no te he de matar por eso,
te condeno solamente.
Cuando vuelvas nuevamente
donde ese pueblo te espera
llevarás tu cabellera
blanca igual como la nieve,
después si alguno se atreve,
mi palabra será "Muera"...

Y con terrible sorpresa
vio el joven despavorido
su cabello renegrido
como nieve en su cabeza.
Así pagó la torpeza
de descubrir insondables
misterios tan respetables
como la vida y la muerte,
dos cosas que están por suerte
para el hombre, impenetrables.

Juan Pedro López
(1885-1945)

lunes, 11 de marzo de 2013

El adiós a Santos Inzaurralde(*)


Pese a su labor política en filas del Partido Nacional, su actuación como edil departamental, su cargo en la Dirección de Cultura y sus tiempos de secretario de la Intendencia de Lavalleja, Santos Inzaurralde será recordado, esencialmente, como poeta. Es que ante una labor desplegada con una percepción única para describir y cantar a sus paisajes queridos –Minas y sus alrededores, Lavalleja todo, el Uruguay profundo, en definitiva- las tareas mundanas de Santos Inzaurralde son meros trámites de hombre público, formalismos del diario vivir, condiciones de la política.
Donde quedará encendida la poderosa llama surgida de la pluma de Santos Inzaurralde es en el puñado de canciones que, en su mayoría en voz de su gran amigo Carlos Paravís (Santiago Chalar), fallecido a los 56 años en 1994, integran el repertorio de la canción uruguaya, trascendiendo incluso el aspecto patriótico y nacionalista (palabras que pesan como el mármol y como el mármol, también, entierran al creador en pos del monumento) para establecer su reinado por sobre los asuntos del hombre común.




Aunque el encantamiento, que lo acompañó durante toda la vida, de Santos Inzaurralde con Minas –la ciudad y sus alrededores, las sierras y el trazado urbano, sus personajes y sus leyendas- ha quedado registrado en dos de sus máximas obras, Minas y abril y Vengo de Minas, quiero destacar acá, en esta necrológica que no es tal, a Atadito, la más hermosa de sus composiciones. En ella, Santos Inzaurralde relata el desplazamiento de Atadito, “minuano y calagualero”, cortando hierbas por las sierras de Minas. El poema es un canto a la vida vegetal -en la descripción de la variada flora minuana se evidencia, además, un profundo conocimiento e interés del autor por el tema-, que puede leerse, además, como una avanzada ecológica (“No te corto de raíz, / no te quiero desangrar, / por eso la corto así / con el cuero de empalmar;  / muchos cortan porque si / yo voy sembrando al cortar…”) y como una declaración de respeto de la actitud del hombre para con el medio que lo rodea. La descripción de la relación de Atadito con la sierra que habita y recorre tiende una línea con la relación primitiva del hombre con el suelo que pisa, así como un gesto de agradecimiento (“la sierra que hay en mí / nunca me dejó sin pan…”).
En la oratoria fúnebre, manchada siempre por la retórica de las instituciones, los pedestales y la culpa de los homenajes tardíos, siempre se destacan, o al menos se equiparan, las acciones de los poetas por sobre sus propias creaciones. Muchos han hablado de los cargos públicos de Santos, de su rol de creador del Festival Minas y Abril, de su condición de Ciudadano Ilustre de Lavalleja, de su Disco de Oro con Santiago Chalar. Para alguien que escribió Atadito, ganándose por sí solo la entrada al bastión de los grandes, todo lo demás es complemento, mera información curricular nomás.
Martín Bentancor

(*)- Publicado en diario HOY CANELONES el 05/03/2013

Cristo se detuvo en Atlántida(*)


Las comunidades campesinas suelen regirse por un principio de igualdad. En una gran extensión de campo, habitada por personas que se dedican a las mismas sacrificadas tareas (siembra, pastoreo, ordeñe, etc.), prima una relación directa entre pares, una preocupación genuina por las actividades y la suerte de los otros y un conocimiento directo de la realidad del vecino, propiciado por la escasa cantidad de habitantes en la zona y por la propia geografía. Aunque en los tiempos modernos, la globalización, el consumismo y el desarrollo tecnológico han hecho brotar satélites, antenas, paneles y diferentes dispositivos en las más recónditas zonas de la campaña, propiciando el aislamiento y un marcado desinterés por las peripecias de los otros habitantes de la comunidad, en una fecha no tan lejana como la década del 50 del pasado siglo, la zona rural de Atlántida reflejaba con claridad esa sociedad mancomunada de la que hablé antes.

Cristo Obrero
Cuando Eladio Dieste comenzó a pensar en la iglesia que erigiría en Atlántida, tuvo presente, en primer término, el carácter y el espíritu sobrio, sencillo, de los eventuales feligreses. La apuesta no se quedó en la mera construcción de una iglesia en una zona campesina sino en la traslación de esa vida igualitaria a la disposición espacial y arquitectónica del edificio. La igualdad, entendía Dieste, debía generarse en la propia construcción interna, acercando al sacerdote y a los creyentes en una suerte de espacio común y desterrando el orden jerárquico del púlpito por sobre el resto de la nave. El mismo Dieste definió con particular concreción su propósito guía: “La Iglesia fue pensada de modo que todos se sintieran comunitariamente actores de la liturgia: la fuerza del espacio único, al que cualifican la estructura, los muros del presbiterio y el uso de la luz, expresa esa unidad comunitaria”.
En el Concilio Vaticano II, anunciado por el Papa  el 25 de enero de 1959 y finalizado el 8 de diciembre de 1965, la Iglesia Católica apostó por la búsqueda de un acercamiento más intenso entre el sacerdote y los feligreses. Ese proceso de aggiornamiento procuró ser una actualización de la institución con el mundo moderno y una revisión de las formas en que el mensaje se establecía y era transmitido. Curiosamente, o no tanto, Eladio Dieste se adelantó en seis años al Concilio al pensar y poner sobre la tierra una iglesia que materializaba la renovada búsqueda de la Santa Sede. Pese a ser construida en 1952, la iglesia fue definida por Dieste, en años posteriores, como “posconciliar”.




La igualdad
¿Y cómo se refleja la igualdad entre creyentes y sacerdote, entre el orden de los feligreses y el de las autoridades de la Iglesia, en la emblemática obra sita en Atlántida? A la izquierda de la entrada principal de la Iglesia del Cristo Obrero, Dieste dispuso una estructura de ladrillo con una escalera que conduce directamente a un baptisterio por debajo del nivel del piso. Quien descienda la escalera, se encontrará entonces con esa pequeña sala –rematada por una espectacular claraboya de ónix- que, al ser atravesada, conduce a un pasillo que, a su vez, traslada al visitante a una salida dispuesta por debajo de la propia entrada de la iglesia. Así se llega a la estancia principal, con el santuario y la nave en una relación de equilibrio espacial, sin ningún tipo de predominio jerárquico. Según Dieste, debió argumentar mucho para convencer a todos de las ventajas de la eliminación del comulgatorio: “La participación del pueblo en la ceremonia, la deliberada ausencia de todo sacralismo basado en la separación resultan no sólo del espacio único como cualificado, de la buscada y matizada unión entre nave y presbiterio, sino del hecho de que el pueblo, al comulgar, entre en el presbiterio mismo, sus muros los reciben visualmente al entrar en la iglesia y lo rodean en el momento principal de la misa”.
La construcción de la Iglesia del Cristo Obrero significó para Eladio Dieste la puesta en escena de un conjunto de problemas que enfrentó como un verdadero (y entonces joven) profesional, comprometido con una personal concepción de la forma y la estructura y dotado de un sentir humanista, esencialmente cristiano. Si la Atlántida que, en 1952, el arquitecto veía ante sí –una suerte de aldea alejada de las industrias y el ajetreo de las grandes ciudades, “un pueblo de obreros y campesinos que surten al balneario de lechugas, de albañiles y de muchachas de servicio”-, reflejaba la desigualdad entre dos estratos de la sociedad, entre los que vivían de la tierra y los que usufructuaban el trabajo de los que de la tierra vivían, no puede resultar extraño que la iglesia que edificó en la zona, por entero dedicada a los moradores del lugar, se rigiera por un principio de igualdad.
Preservar el principio guía de igualdad en todo el interior del edificio fue el principal quiebre conceptual introducido por Dieste en la Iglesia del Cristo Obrero. Eso no le impidió, igualmente, valerse de una serie de innovaciones estéticas y espaciales que convierten a la Iglesia en una obra única, ya no solo en la carrera del arquitecto artiguense, sino en la larga historia de las iglesias a lo largo de los siglos. Dieste volvió la cargada ornamentación de las iglesias católicas –que en la mayoría de los casos parece ser más un caprichoso derroche de poder material y exhibicionismo de formas antes que la Casa donde Dios recibe a sus seguidores- en un personal trabajo con la forma y con las cualidades de los materiales empleados. El uso de la cerámica, por ejemplo, le permitió dotar de mayor luminosidad a la nave, generando una asombrosa fuente de luz natural que acompaña al feligrés durante su permanencia en el lugar. Evitando los recargados vitrales católicos, con su despliegue de figuras de santos y de mártires y con su disposición tutelar sobre las cabezas de los asistentes, Dieste optó por ventanas y por su innovadora bóveda de doble curvatura. Esta bóveda, que permite que las curvas de la pared, al ascender, se fusionen con las curvas del techo de forma armónica es, además de un verdadero prodigio espacial desarrollado por Dieste, un elemento más en su búsqueda de la igualdad: el techo se alza de forma “natural” sobre las cabezas de los visitantes y no con la carga opresiva, cerrada, de las iglesias decimonónicas.

Diálogo
La búsqueda de la igualdad en la Iglesia del Cristo Obrero se convirtió, además de una obra emblemática de Eladio Dieste, en una especial forma de diálogo entre el mundo terrenal de los creyentes y el mundo superior, etéreo, de la divinidad. Al poco tiempo de erigir la iglesia, Dieste dejó más que claro la razón de su accionar, principio guía que más de medio siglo después, se mantiene enhiesto y necesario: “Puedo decir que procuré que este proyecto respondiera a un estilo serio, a la vez severo y amable de piedad, con una gran confianza en el espíritu cristiano de los humildes que han de usarla; que la iglesia como arquitectura no fuera un obstáculo para una piedad verdadera, sino su manifestación primera”. 
Martín Bentancor

(*) - Publicado en el "Especial de los sábados" de diario HOY CANELONES (09/03/2013).

domingo, 6 de enero de 2013

Noche de reyes (Wenceslao Varela)


Era noche de Reyes, serenatas;
del rastrojo brotaba calor de fuego.
“Si usted me da permiso, patrón, mas luego
Voy a dejar afuera las alpargatas”.

Y al abrirse la aurora del día siguiente
el niño que en la noche soñara tanto,
enjugando en sus ojos tímido llanto,
las levantó vacías, tímidamente,

Y habló el torvo labriego sin ilusiones,
que había arado una vida sin camellones
“Andá, muchacho bobo, traime los gueyes,

que aquí cain comisarios por mas galones
y estancieros que buscan pionas y piones
pero no he visto nunca los santos Reyes”

-Wenceslao Varela (1908-1997)-