martes 21 de febrero de 2012

El primer libro de mi biblioteca


El primer volumen de mi biblioteca, el título inicial que inauguró el puñado de libros que conforman mi único bien material digno de mención, no fue un Alejandro Dumas, ni un Julio Verne, ni un Victor Hugo; no fue ninguno de los títulos de cubierta amarilla de la colección ‘Robin Hood’ (que, discontinuados, llegarían con el correr de los años, como tesoros fosforescentes en épocas de pobreza), ni algunas de esas versiones resumidas –en tapa dura y doradas letras adelante- de Tom Sawyer en el extranjero o La cabaña del Tío Tom.
El primer volumen de mi biblioteca es una novela del Oeste (“novelita del Oeste”, según el librero de la feria de los domingos de Las Piedras que, algunos años después del encuentro con el libro que acá comento, se convertiría en una suerte de Virgilio en mi descenso luminoso al mundo de las novelas –“novelitas”- de ciencia ficción, espionaje, suspenso y terror), llamada Un triste vaquero, escrita por Raf Segrram y editada por la editorial Bruguera de Barcelona, en su colección Bisonte, en enero de 1952.
En la cubierta, donde vemos a un niño cercado por un lobo mientras un vaquero (“el triste vaquero”) se acerca por detrás con un revolver en la mano, destaca un amarillo intenso; color que ha soportado imperturbable el paso de los años, la precariedad de algunas viviendas que me tocó habitar, el corrosivo ácido de las cajas donde varias veces fue guardado y el traqueteo de algunos camiones de mudanza y que evidencia, como ningún otro documento libresco, los buenos materiales que empleaban algunas imprentas españolas en pleno franquismo.
Así empieza Un triste vaquero: “Sudoroso, hambriento, estropeada y sucia la ropa, Jackie avanzaba con lentitud por el camino que bordeaba Cocoraqu Butte. En su cara de pilluelo guapo, brillaban tristonas sus grises pupilas sombreadas por largas pestañas oscuras…”. En aquel tiempo yo leía y no cuestionaba demasiado el aspecto más técnico, sintáctico y estilístico de la lectura; solo me interesaban las historias, el viaje por la aventura del personaje central, el amasijo argumental. Por eso, no me pregunté hasta muchos años después quién era Raf Seggram (un particular nombre anglosajón) ni por qué no se consignaba el dato del traductor ni, mucho menos, por qué razón en el primer párrafo de la novela aparecían diez adjetivos. Supe, hace relativamente poco, que Raf Seggram era, en realidad, Rafael Segovia Ramos, uno de los tantos autores españoles de “novelas de a duro” que, a diferencia del violento Marcial Lafuente Estefanía, se refugió en un alias literario que incluía, en parte, su propio nombre.
El pasado 16 de febrero se cumplieron veinte años de la llegada a mi poder de Un triste vaquero y de la inauguración de mi biblioteca. Tengo muy presente la fecha porque figura en la tapa del libro: yo mismo la escribí con tinta azul, ahora deslucida, como una forma de perpetuar el mágico momento del arribo del volumen número uno; la fecha se continúa en la primera página interna con la aclaración “Regalo de Abuela Hilda”. Y es acá, señores, donde aparece en escena la auténtica protagonista de esta evocación.
Solo a mi abuela Hilda le debo el amor a los libros y, por extensión, a la palabra impresa. Quedarme algunos días en casa de mis abuelos significaba un extraño viaje temporal: hacia el futuro (a diferencia de mi casa, mis abuelos tenían luz eléctrica) y hacia el pasado (por el sabor de las historias que los dos viejos traían al presente, con ese modo de narrar campesino, ya casi perdido, donde el que cuenta paladea las enumeraciones, los detalles –muchas veces sórdidos-, los silencios).
El 16 de febrero de 1992, mi abuela, al verme garabatear una historia –mi antigua obsesión con el destino de Juan Díaz de Solís, seguramente- en un puñado de hojas que el abuelo traía de la caseta de vigilancia del frigorífico, buscó entre los cajones de un viejo mueble hasta dar con Un triste vaquero. Y me lo obsequió. Y, sin saberlo, inauguró la sucesión de volúmenes que, veinte años después, cobijados en madera y dispuestos a mis espaldas, contemplan, imperturbables, cómo escribo estas líneas.
El volumen supo ser de mi padre, allá por su infancia, y le fue obsequiado por una maestra especialmente adepta a la lectura y que quería, a toda costa, sembrar el amor por los libros en aquel puñado de hijos de campesinos que le había tocado por alumnado. Esta ejemplar maestra, le entregaba todos los viernes un libro a cada alumno con la consigna de que el lunes, los lectores debían resumir la historia que habían leído durante el fin de semana. Según abuela Hilda, mi padre, poco inclinado a leer aunque en sus últimos años se convertiría en un lector entusiasta de todos mis trabajos y en visitante asiduo de mi biblioteca, le pedía a ella que leyera el libro asignado por la maestra y le comentara el argumento para, llegado el lunes, recitarlo ante la noble educadora. Como sea, mi padre escribió su nombre en la página cinco del libro, con una cuidada caligrafía que resalta las mayúsculas y, especialmente, la inicial de su segundo nombre, seguida por el punto.
Aunque mi ejemplar de Un triste vaquero consigna que Raf Segrram escribió casi sesenta libros para la Colección Bisonte, nunca pude hacerme con otro título de este autor. Por años, en mis incursiones en las librerías de viejo de Las Piedras, Colón y Paso Molino, así como en los puestos de “novelitas” de varias ferias, busqué en vano otro Segrram. Después desistí porque entendí que teniendo este libro en mi poder, atesorándolo en un sitial destacado de mi biblioteca, cuidándolo de lo avances de la humedad, los insectos y los visitantes curiosos, los tengo a todos: todos los Segrram, todos los vaqueros tristes y harto adjetivados, todas las vivencias de mi padre, todas las historias de mis abuelos, todas las altas y bajas literaturas, todos los recuerdos de infancia, en definitiva, todos los libros. 

domingo 29 de enero de 2012

El viejo Viscacha: picardía y sabiduría campera

A la memoria de mi Padre.

Uno de los mejores momentos de La vuelta de Martín Fierro, la secuela de El gaucho Martín Fierro, que José Hernández escribió en 1879, está marcado por la presencia del Viejo Viscacha (tal la denominación que le da el autor y no “Vizcacha”, como se empeñan en denominarlo muchos docentes, críticos y reseñistas).

El Viejo Viscacha personifica al gaucho bandido y ladino que aprovecha cualquier circunstancia para obtener una ventaja y que no duda en practicar el robo o el engaño para salirse con la suya. A este viejo sinvergüenza le otorgan el cuidado, en calidad de tutor, de uno de los hijos de Martín Fierro y es en el relato de éste cuando aparece resumida la vida y la obra de Viscacha. Dividido en cinco cantos – “El Viejo Viscacha”, “Consejos del Viejo Viscacha”, “Muerte del Viejo Viscacha”, “El inventario de sus bienes” y “El entierro”- los sucesos referidos sobre este personaje constituyen un auténtico libro dentro del texto mayor que los presenta.

El inicio:

“Me llevó consigo un viejo

que pronto mostró la hilacha:

dejaba ver por la facha

que era medio cimarrón;

muy renegao, muy ladrón,

y le llamaban Viscacha”,

ya presenta al personaje en cuerpo y alma y deja entrever que nada bueno puede salir de tamaña criatura. Aún así, Hernández se las ingenia para mostrar el mejor costado del Viejo Viscacha a través de lo que, hoy en día, es uno de los momentos más recordados de La vuelta de Martín Fierro: los consejos que al hijo del protagonista le da el Viejo.

“Siempre andaba retobao

con ninguno solía hablar;

se divertía en escarbar

y hacer marcas con el dedo;

y cuando se ponía en pedo

me empezaba a aconsejar”.

Los consejos del Viejo Viscacha son un muestrario de la sabiduría del hombre de campo y revelan su poderosa capacidad de observación, traduciéndola en una suerte de refranes o moralejas que arrojan, como no, muchas verdades. Cada una de las estrofas se cierra con una sentencia, muchas de las cuales se han convertido en dichos populares en Argentina y Uruguay. Algunos ejemplos:

“Jamás llegués a parar

a donde veas perros flacos”


“El diablo sabe por diablo

pero más sabe por viejo”


“Hasta la hacienda baguala

cai al jagüel con la seca.”


“Vaca que cambia querencia

se atrasa en la parición”.


“La vaca que más rumea

es la que da mejor leche”


“Cada lechón en su teta

es el modo de mamar”


“A mi me gusta mojarme

por afuera y por adentro”


“No dejés que hombre ninguno

te gane el lao del cuchillo”


“Hacete amigo del juez

no le des con que quejarse.”

Los consejos del Viejo Viscacha son la única herencia que este particular tutor le dejará al hijo de Fierro ya que, como nos cuenta en algún momento, era tan malvado y cabortero que, en más de una oportunidad, lo echó del rancho para hacerlo dormir a la intemperie, bajo la más cruda de las heladas. La imagen con la que el hijo de Fierro cierra el relato de los consejos, es patética en la semblanza de un sabio decadente pero tiene, también, algo de enternecedora:

“Con estos consejos y otros

que yo en mi memoria encierro

y que aquí no desentierro,

educándome seguía,

hasta que al fin se dormía

mesturao con los perros.”

Sigue al relato de los consejos del Viejo, la relación de su prolongada agonía y posterior deceso. A través de varias noches, el hijo de Fierro asiste a la muerte lenta de Viscacha: el moribundo se sabe condenado pero su propia dureza y las rispideces de una vida entregada a las felonías y el bandidaje, parecen no dejarlo morir, como si en la maldad el viejo hubiera encontrado una cobertura natural que lo hace más fuerte. Dice el hijo de Fierro:

“Allá pasamos los dos

noches terribles de invierno;

él maldecía al padre Eterno

como a los santos benditos,

pidiéndole al diablo a gritos

que lo llevara al infierno.”


“Debe ser grande la culpa

que a tal punto mortifica;

cuando veía una reliquia

se ponía como azogado

como si a un endemoniado

le echaran agua bendita.”

Muerto Viscacha, su estela se deja sentir en las acciones que emprenden los vivos –el Alcalde y un puñado de vecinos- que, ante la mirada de simple testigo del hijo de Fierro, proceden a revisar y repartirse las pertenencias del viejo. Este canto, “El inventario de sus bienes”, enseña, entre otras cosas, que el carácter oportunista y ventajero no sólo es propiedad del viejo bandido sino, también, de los supuestos hombres de bien. A lo largo de su prolongada vida de raterías, el Viejo Viscacha había acumulado de todo en su guarida, de tal forma que ésta se había convertido en una suerte de cueva de Alí Babá.

“Había tarros de sardina,

unos cueros de venao,

unos ponchos aujeriaos,

y en tan tremendo entrevero

apareció hasta un tintero

que se perdió en el juzgao”.

Mientras el alcalde y los vecinos encuentran y se reparten las cosas robadas por Viscacha, van deslizando detalles de su biografía, sucesos que definen al viejo y que no lo dejan, precisamente, bien parado.

“Dios lo ampare al pobresito,

dijo en seguida un tercero,

siempre robaba carneros,

en eso tenía destreza:

enterraba las cabezas,

y después vendía los cueros.”


“Si ensartaba algún asao,

¡pobre! ¡como si lo viese!

poco antes de que estubiese

primero lo maldecía,

luego después lo escupía

para que naides comiese”.

La seguidilla de vituperios y anécdotas negativas que aquellos hombres comienzan a dejar salir ante el cadáver del viejo, terminan indignando al hijo de Fierro que reflexiona:

“Esto hablaban los presentes;

y yo que estaba a su lao,

al oír lo que he relatao,

aunque él era un perdulario,

dije entre mí: ‘¡qué rosario

le están resando al finao!’”

El último canto dedicado al Viejo Viscacha refiere algunos pormenores de su muerte. Acá Hernández, por boca del hijo de Martín Fierro, echa mano a algunos recursos tétricos y caros a un buen relato de terror:

“Supe después que esa tarde

vino un pion y lo enterró,

ninguno lo acompañó

ni lo velaron siquiera;

y al otro día amaneció

con una mano dejuera.”


“Y me ha contao además

el gaucho que hizo el entierro

(al recordarlo me aterro

me da pavor este asunto)

que la mano del dijunto

se la había comido un perro.”

A través de la sabiduría de su dichos y de la picaresca de su existencia, el Viejo Viscacha se constituye en uno de los mejores personajes creados por José Hernández, llegando casi a la altura existencial del propio Martin Fierro. Los “consejos” de Viscacha, además, han servido de clara inspiración para una corriente dentro de la poesía rural que se basa en la traducción de vivencias del hombre de campo en forma de versos, desde Wenceslao Varela y su Al hombre bueno hasta el Cuzco rabón de Tabaré Etcheverry, pasando por Santos Garrido (Guillermo Cuadri) y José Larralde, entre otros.


martes 24 de enero de 2012

Sobre Manigua, de Carlos Ríos

Manigua es la historia de un viaje pero también de la reconstrucción de ese viaje que, muchos años después, realiza el viajero para un único oyente. Manigua es una conversación entre dos hermanos –el mayor que habla y hace fluir el relato con saltos en el tiempo y en la memoria, el menor que agoniza y escucha- cargada de ambientes oníricos que se vuelven palpables y de sitios concretos que se difuminan en el recuerdo, la pesadilla y el silencio. "Manigua" es, entre las varias acepciones que del término ofrece el Diccionario de la Real Academia Española, citado por el autor al inicio, la “abundancia desordenada de algo, confusión, cuestión intrincada”.

Ambientada en una perdida región de África, donde ocurren prodigios como una cabeza de fósil obstaculizando el pasaje de un ómnibus o un puerto confeccionado con plástico y cartón que comunica al país con el mar, Manigua es una suerte de road movie caliginosa y alucinada.

La primera novela de Carlos Ríos, nacido en Santa Teresita, Argentina, en 1967, delata el oficio de poeta del autor (un poema suyo puede leerse dos post más abajo), oficio que se hace evidente en el ritmo de la prosa, en la descripción de los entornos que atraviesa el protagonista y en la cadencia que sostiene la trama, eje sobre el que se basa el gran poder de este pequeño –por sus páginas, se entiende- libro.

“En la mano de su hermano, en las diabéticas recensiones dactilares, en cada hueso a punto de traspasar la piel, Apolón sintió cómo el proyecto de una comunidad retrocedía, se hacía polvo, se iba irremediablemente a la mierda, un retroceso semejante al del mar frente a la ciudad en donde habían nacido. Así lo contó Apolón. Tomé la mano de mi hermano y la besé y en ella acaricié con mi lengua el reflujo de la historia, no un pasado en común o una textura, lo que sorbí en el cuero de mi hermano fue la piel que dejaría de envolverme en mis próximos años de sobreviviente.”

Manigua, de Carlos Ríos. Editorial Entropía, Buenos Aires, 2009.

domingo 27 de noviembre de 2011

Pequeña antología de Néstor Groppa

Al fallecer, el pasado 4 de mayo en San Salvador de Jujuy, el poeta Néstor Groppa dejó tras de sí una obra extensa y variada; una obra que sigue esperando mayor difusión editorial y un contacto más amplio con la crítica especializada y con la Academia. Groppa fue, además de poeta, un educador de vocación, que no dudó, en 1952, en desplazarse desde la centralista Buenos Aires a Jujuy, para hacerse cargo de la escuela Sarmiento de Tilcara. Con otros amigos poetas y pintores, fundó la impresionante revista Tarja, la primera revista dedicada al arte que se publicó en el interior de Argentina y que alcanzó difusión nacional. El propio Groppa definió el manifiesto que alentó a aquella mítica publicación y que, por extensión, alcanza a su propia obra como poeta: “Siempre pensé que a nuestros poetas habría que obligarlos a tomar una pala, proveerlos de una lonja de tierra y que cultiven. Trabajar la tierra enseña mucho; lo que nace gracias a nuestras manos, purifica y es una gran sensación de utilidad regar con acequia, dar de comer a la semilla en el surco, hecho que nos pule de ripios interiores y por tanto de ripios poéticos. Yo no sé qué pasaría en Literatura el día en que los campesinos llegaran como creadores, como llegaron Jules Renard y Miguel Hernández. Toda la ciencia natural está en ellos. Todo el misterio y gozo de la vida y también los conocimientos de la muerte”.

A continuación, ASUNTO LITERARIO, ofrece una pequeña muestra de la poesía de Néstor Groppa como una humilde forma de homenajear su memoria.


La conexión eléctrica

Llovía.
Los obreros estaban con sus caparazones de plástico negro
y vivos anaranjados y azules y amarillos
subidos a un púlpito
casi al final de la escalera de la lluvia.
Manipulaban viboritas eléctricas
adormecidas en el interior de los cables;
separaban los voltios reacios; apartaban las chispas y sus almas
tratando de endilgar la procesión de la luz
hasta un fornido pacará
frente a la demolición de la casa vieja.

Tijereteaban savias magnéticas, potencias, tallos y voltios
en ese espinoso jardín de amperes
con flores mortales
acechando en la noche que conforma
el techo de las luces.
Desde aquel alto bajaban agua y neblina.
Fuerzas de seguridad provinciales
vigilaban la poda eléctrica, empalme e injertos en las alturas
entre todos los pájaros siempre con el amanecer encendido
en los ojos.

Ninguno advirtió que la maquinaria sosteniendo al púlpito
sería un caballo de Troya cargado de jardineros
electricistas
colgados del cielo por la cintura; pegados a los postes
con derrames de agua.
Y de pronto el grito y le aumentaron aplausos
por la hazaña de haber renovado la cadencia de la luz
sin despertar a las víboras del voltaje de su sueño continuado,
sin apagar los espejos de Emmanuel
que seguía cortando cabezas a la navaja en su peluquería
reciclada,
abajo -estilista él-
entre aerosoles, cortinitas, cremas y cumbias de la radio.


* * *

Puente de Galería

Me asomé a la vida
y estoy cruzando un puente largo, largo
para llegar a la noche de otros mundos.
Ahí alguien me espera
a los años
de andar ese puente de galería.

Aquí hermosuras, bellezas devenidas miserias
llamadas mundo
y domingos tristes
que llaman tiempo.

Donde me esperas
al final del puente
también están los feriados del mundo
desde antes de él.

Recuerdo casas, pensiones, alquileres,
familias, sanatorios, pueblitos.
Todos hacen una parte tristona
del llamado mundo,
pasantías en cáscara del tiempo.

De todo queda poco y nada – ¡Curioso?!

Cada uno cruza su puente galería
y lleva a las espaldas sus domingos
como bártulos el mochilero.
De cada cuál se recuerda algo
una sonrisa, la palabra, la sola inicial.
Los recuerdos anidan en el mundo,
en las cortezas de su tiempo.

Al final del puente
en celestes montañas de domingos enteros
habrá una melancolía florcita prendida en la fragilidad.


* * *

Esa mañana

Como un bien fregado piso de pinotea
huele la mañana
luego de la lluvia de anoche.
El cielo anegado, el paisaje sosegado
henchido de aromas
a barro, a aguas crecidas
botando su lecho.

Tal vez el mismo aroma haya tenido el aire
en aquel silencio
de luz,
anterior al mundo.

Lejos de aquel comienzo
paradas en el aljibe de la mediamañana
tersas, alegres
las pirinchas se interrogan
sobre los nidos de gorriones
en los altos del tipal.

* * *


Poeta se ofrece (con referencias)

Hace versos sencillos.
Arregla versos desechos, o corridos
y camperas (poesías).
También coloca adjetivos vidriados (con garantía).
Indica precisos y modestos sustantivos de uso natural.

Poeta se ofrece cama afuera
o mediodía, sin comida.
Siempre a domicilio en lecciones personalizadas.
-prosistas sin ángeles ni vuel0, abstenerse-
Poeta sin master.

No confundir con otro Dr. en Literatura, ni licenciado,
ni filólogo, ni lingüistica. Respeta la tecnocracia literaria
y la ornitológica (terrena o celestial),
además de la tensión semasiológica, la espacialidad
y el alma de la palabra (libro de Mallén Garzón).

Poeta solamente licenciado en “gramática de los sentimientos”.
No enseña a leer, pero está en contacto con “la empresa Takara
que interpreta las emociones de los perritos
usando un megáfono en el can y una pantalla
para perros japoneses”.

Se respetan todas las creencias literarias.
Se respetan la ciencia literaria
y demás profundos saberes.


* * *


El ómnibus que va al cielo

sale de plataforma once
en la terminal de San Salvador de Jujuy
poco antes del mediodía, apenas un antes de que el mediodía
deslumbre al Trópico de Capricornio.
todos los miércoles y domingos anunciados
por almanaque
y orientados hacia el palomar de Susques
suspendido aún del alambre invisible del
trópico
a tres y metros de altura
a los que se llega en las primera horas de la noche ya en el cielo.
Allí pernocta su chapeada,
rojiza carrocería al sereno y al viento
calador de San Antonio de los Cobres
el ómnibus que va por el cielo.

Una vez lo vimos volviendo en día siguiente
aventando salinas, tartajeando sus luces,
saltando oro para lavar a la intemperie y pastos chicos
del departamento.
Se lanza desde el redondelito de Susques
que está sobre el tensor
de Capricornio o Huacalera
hasta una plataforma asignada
( otras veces la 14 ) en la terminal de San Salvador
de Jujuy.

Dos veces a la semana todas las semanas
en bonanza o calvario
lleva cartas y pasajeros por el cielo
sacudiéndose en el barquinazo al cruzar la sombra
finita del trópico
el ómnibus letrado Purmamarca
que de regreso planea con carga parecida
y aposenta sus intervalos y descansos en algunas de las calles
del barrio donde está mi casa.

Siempre que lo encontramos, fue entre Yala y León
( pueblitos con parada )
parecía una calavera quejosa de polvo del
Andes
volviendo para alimentarse.


* * *


Aquí en mi patria

existen más de 500 años de historia contada;
más de 200 mil lunas y sol a plomo,
y mucha bondad, ignorancia, bestialidad,
sabiduría, conciencia, traición,
frivolidad, hambre y riqueza.
Doscientas mil lunas en que mi patria
también fue la infancia del mundo.
Pasó de la toldería, el chiripá y la motoneta
a la aventura, el robo, el último modelo.
Doscientas mil lunas con un simple destino de cardo
y otras tanto progresando diariamente.
Pero esta mariposa celestial y terrena
este canto que vuela y maravilla de hombre en hombre,
inaudible y mudo y polvo,
tiene sus doctores, sus financistas, sus funcionarios,
sus viboreros y sus teólogos,
sus funestos, en fin, que la arreglan y presentan,
y declaman y gobiernan embalsamada
y tiene un corona lejana en el lucero del alba
adonde va y regresa, incesantemente,
y también un halo en cielo azul nocturno
y un sueño de acero en flor.
Porque la historia es incluso lo que no quieren que sea;
lo que el hombre ha dicho con la música también es historia.
Hasta en el futuro está la historia.

* * *


Nos deben seguridad, respeto y demás dignidades
las bonificaciones que nos adeudan por escribir,
por tal honoraria devoción;
de una vida entregada a la poesía,
sin ausencias ni tardanzas;
el básico, más antigüedad, la jerarquización
y el seguro obligatorio por haber muerto tantas veces
en pos de las imágenes,
nos están debiendo
El once por ciento aportado por la inspiración
y la dedicación exclusiva...

________

- La introducción y selección de los poemas pertenecen a Martín Bentancor.

lunes 24 de octubre de 2011

El ‘once’ inicial. Breve antología de poetas uruguayos y argentinos.

Una breve muestra de poetas uruguayos y argentinos, de lectura, descubrimiento y redescubrimiento reciente para ASUNTO LITERARIO. La selección de estas once poesías es arbitraria, como suele ser la de cualquier antología por más que se niegue tal factor. La totalidad de los textos ha sido extraída de Internet.
A los autores: gracias por estos versos poderosos.


Ignacio Di Tullio
(Villa Adelina, Argentina, 1982)


Mi padre elige frutas...

Mi padre elige frutas en el mercado.
Detuvo su coche camino al trabajo
para bajar a tocarlas.
Desoye las recomendaciones del vendedor:
sus manos sabias bien educadas
prescinden de consejos
saben que se someten a una cuestión moral.
Presiona con sus yemas la piel de un durazno,
verifica la blandura de su carne.
Después pesa una pera en el hueco de su palma.
Con la otra mano envuelve una ciruela
y se adueña del mundo.
También su padre elegía las frutas camino al trabajo.
Entraba con mi padre y sin decir palabra
sujetaba una fruta en cada mano, las pesaba
y lo educaba en el ejercicio de la duda.
Era una escolástica muda y presencial.
Las frutas maduras siempre son las más dulces:
Ahora es mi padre quien deja caer el proverbio.
No me mira al hablar. Piensa en voz alta
y espera que me agache a recogerlo
y lo elija, si quiero.



______

Mario Arteca
(La Plata, Argentina, 1960)


32
Un resplandor blanqueó de repente las sombras
en uno de los extremos de la galería. Había
claridad, y pronto me vi comparecer.
Traía en la mano una de aquellas lámparas
romanas, suspendida en la punta de una cadena
de oro. Su mirada era viva, antojadiza, aunque
toda la persona era un compuesto de dejadez.
Pero ya no tenía luz y me paseaba semidormido
en medio de la oscuridad. De pronto se levantó,
tomó la lámpara, desapareció. “Aquí está lo que
quise decirte. Adiós”. La imaginación,
y su cualidad de fluido, mientras cada vida
sea un centro de interés. Y pienso, con eso,
en las personas como yo: no somos herencia.
De nuevo enrevesado.
Porque no me fue posible conseguir de ella
otra respuesta, quiso insistir, pero en vano,
para que accediese a un sistema de ruegos.
Firme siempre en su proyecto, me tomó
por el brazo. “Allí hay un pozo abundante.
Vos sos joven; por favor, sacá agua, porque
todas mis legumbres están mustias”. Teme
que los días no pasen con suficiente
precipitación. Reserva sus canas para su hija.
Ella necesitará de sus consejos; se siente
como quien echa a un animal de una pradera
donde estaba pastando, para separarlo
de la becerra que sacrificará, ¿a los númenes?
¿Qué lenguaje, o actos de lenguaje, es ése?
En el exterior, un rumor confuso, semejante
al de la caída de un torrente. El mugido
de los vientos, la ignición de unos pinares.



______

Ignacio Fernández de Palleja
(Montevideo, Uruguay, 1978)


Quiero recordar a un poeta

Quiero recordar a un poeta
uruguayo, actual y vivo,
que me recuerde un trancazo limpio al borde del área,
o a una salida en contragolpe rítmico,
versos como tajos, ojos como miras,
palabras dichas por los cuádriceps
y no por los intestinos estreñidos,
yermos, insípidos.

Quiero recordar a un poeta
uruguayo, actual y vivo,
que en verso, en prosa o caligrama
me recuerde a la cara de la gente
vista del lado de adentro o igual de afuera,
tanto da, pero que tenga el color verde
del campo del cual brota,
o del marrón de la plata, pero con el brillo
del agua en los ojos, o del cielo.

Quiero recordar a un poeta
uruguayo, actual y vivo,
que tenga técnica y sude la camiseta,
que le pase la pelota a la tribuna
y que no se la pase simulando dolor
ni haga poses en el rincón más oscuro
del vestuario alcoholizado.

Quiero recordar a un poeta
uruguayo, actual y vivo
que entrene todas las noches
y las mañanas,
que sea pródigo, prolífico, profético,
que viva de escribir todos los días,
que haga algo tan difícil
como el ejercicio inteligente de las flores
y se entienda,
y se entienda.
Nota: Tengo un nombre.



______

Horacio Cavallo
(Montevideo, Uruguay, 1977)


Alberto

El padre de mi padre está sentado
en un sillón de mimbre. Un mediodía,
inmerso entre la luz que da el pasado,
bajo una claraboya que llovía.

Mira la nada, bebe adormilado,
hojea el diario, tose en su manía
de descifrar las letras. Cualquier lado
donde olvidar los lentes le servía.

Abre un álbum y busca entre las fotos
a su madre muriendo calcinada
—un primus que revienta, ya no hay modo—

o al hijo, a las mujeres, nada, todo
lo que recuerda-olvida, en la gastada
mesa del bar con sus compinches rotos.



______

Ana Porrúa

(Comodoro Rivadavia, Argentina, 1962)


(5)
acá no hay aguas profundas sino extensas. kilómetros de agua. millonésimas de litros a lo largo. del otro lado, decíamos, china, los chinos, el sonido metálico de un habla, el suave golpe de los palillos contra el cuenco a la hora del almuerzo, los grillos rozando las patas en jaulas livianas de madera balsa. de este lado, el viento que eriza el lomo del agua cuando lame o clava la lengua, nosotros, sentados en la playa, en la jaula del chenque, con los ojos calando la distancia.



______

Néstor Groppa
(Laborde, Argentina, 1928 – San Salvador de Jujuy, Argentina, 2011)


La conexión eléctrica

Llovía.
Los obreros estaban con sus caparazones de plástico negro
y vivos anaranjados y azules y amarillos
subidos a un púlpito
casi al final de la escalera de la lluvia.
Manipulaban viboritas eléctricas
adormecidas en el interior de los cables;
separaban los voltios reacios; apartaban las chispas y sus almas
tratando de endilgar la procesión de la luz
hasta un fornido pacará
frente a la demolición de la casa vieja.

Tijereteaban savias magnéticas, potencias, tallos y voltios
en ese espinoso jardín de amperes
con flores mortales
acechando en la noche que conforma
el techo de las luces.
Desde aquel alto bajaban agua y neblina.
Fuerzas de seguridad provinciales
vigilaban la poda eléctrica, empalme e injertos en las alturas
entre todos los pájaros siempre con el amanecer encendido
en los ojos.

Ninguno advirtió que la maquinaria sosteniendo al púlpito
sería un caballo de Troya cargado de jardineros
electricistas
colgados del cielo por la cintura; pegados a los postes
con derrames de agua.
Y de pronto el grito y le aumentaron aplausos
por la hazaña de haber renovado la cadencia de la luz
sin despertar a las víboras del voltaje de su sueño continuado,
sin apagar los espejos de Emmanuel
que seguía cortando cabezas a la navaja en su peluquería
reciclada,
abajo -estilista él-
entre aerosoles, cortinitas, cremas y cumbias de la radio.



______

Mónica Cazón
(Tucumán, Argentina, 1968)


La santa

Soy una mancha de aceite
pero no de oliva
el límite perdido de una calle
el otro lado del mostrador
y la rigidez de las velas en el reclinatorio.
Una santa arrepentida
cuando Dios se apodera de mi,
pero en las noches o en las siestas
los duendes me persiguen
y la mano abandonada en el aire
perdida en el debajo de la falda
se pasea por el patio y el jardín de invierno.
¡Ah estos dedos!
que despistan los templos
los muy útiles y sagrados
sí que son capaces de amar de verdad,
sin verbos conjugados
y en el más absoluto estreno.
La boca seca, el final de la farsa.



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Ramiro Sanchiz
(Montevideo, Uruguay, 1978)


M.L.

quise decir lo que dice el silencio
para armar una forma vacante
quise ser lo que soy más allá de mí

(o más acá o donde no llego o donde
no hay ni palabras)

quise y fallé
la nada descansará indecible
el vacio aborrece la forma
y no hay más allá de mí

(o más acá o donde no llego o donde
no hay sino vacío
y palabras)

ahora lo sé
siempre habrá palabras
como un cáncer o como buitres

cuando muera dejaré un castillo
hermoso como la espuma.



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Fernando Callero
(Concordia, Argentina, 1971)


Yo aprendí a escribir poesía para no hacerme tanto la paja y no aprendí

Yo aprendí a escribir poemas
Para no hacerme tantas pajas
Pero no aprendí

A los 14 había leído todos los libros
Que la biblioteca de la escuela destinaba
a los alumnos, muchos bodrios
De corte católico, Ediciones Paulinas
Igual me los devoraba porque aunque sabía
Bastante bien lo que me gustaba, le daba duro
A todo lo que tuviera dos tapas y hojas escritas
En el medio. La mujer que atendía, la bibliotecaria
Se llamaba Marina, tenía cáncer y fumaba en su escritorio
Como una chimenea. Todos los alumnos la odiaban.
Porque era mala y encima se iba a morir.
A mi no me caía mal, y creo que ella me tenía cierto cariño,
Y una manifestación me la dio un día en que me dejó
Revisar la biblioteca prohibida, la que sólo podían usar
Los adultos que de noche cursaban el profesorado.
Y este punto es especial, no tanto porque se me abría
Un mundo para mí infinito de nuevas lecturas
Sino por la particular estructura de ese mueble inmenso
Y, en cierta manera, monstruoso. Se trataba, de una pieza
Enorme de chapa dividida en módulos corredizos
Cada parte se desplazaba hacia un costado y abría
Una galería con ambos lados colmados de libros:
Científicos, gramáticas y de la doctrina cristiana.

Yo quería ser feliz
Y ese no es un buen comienzo
Para nada que vaya a durar

A mi me cebaba el afán de ser hermoso
Me tenía a mi mismo por un pobre paria
En esa escuela careta donde mis compañeros traían
De las vacaciones las marcas del sol de la costa.
La lectura me llevaba a pasear gratis, lejos de la sed
De Concordia consumida
En su propia churrasquera de piedra

Empecé creo que como todos
Los pendejos de mi época
A escribir poesía leyendo novelas
O sea, nada que ver
Porque (salvo Benedetti, que me lo devoré,
Inventario! y otros hermosos libros suyos
De poesía que después desestimé
Más por seguir la corriente pankeke de los 80
Que por haber aprendido algo,
Los 20 poemas de amor, las Odas
Elementales (ese libro me voló) de Pablo,
Neruda, El Romancero Gitano y uno de J.L.B.
Los conjurados, que nunca lo volvía a leer)
No había en mi ciudad y creo que en general
En la circulación masiva, más que novelas,
Del boom, casi todas buenas entonces para mí,
Y los best sellers mediocres, traducidos para el orto,
Por ejemplo Cuando comen los leones,
De un pajero que firmaba Wilbur Smith
Y estaban mis favoritas, primer puesto: Papillon,
A mí me parecía genial ese tal Henri Charriere
Y las de droga (la gloria!) Flash, y la increíble
Los caminos a Katmandú, de René Barjabel
Que la debo haber leído por lo menos 15 veces,
Esas mierdas editaba en ese entonces Emecé

Empecé a ensayar historias
La cosa se complicó
No es lo mismo falsear poesía
Que inventar unas personas
Con mundo y todo



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Leonardo De León
(Minas, Uruguay, 1983)


La abuela en el cajón

La abuela en el cajón
nos decía adiós
después del adiós definitivo,
y alguien dijo que a los muertos
les gusta despedirse eternamente.

Mi padre velaba una madre
y al hijo de sí mismo.

Mi madre lloraba la muerte de una nuera.

Yo andaba con un nieto
destrozado entre los brazos.

Había muerto una familia.



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Carlos Ríos
(Santa Teresita, Argentina, 1967)


En Port Savoonga

¿Hay algo más bello que perseguir el oso blanco en el océano blanco? *


Sí. El aceite
de un bostezo, en el
pelo de la sombra:
su rastro de criatura
que al amuleto
de la foca escarpa
su silueta, si el viento
de día no la borra;
aquel hombre
excitado que busca
colocarla (en su
trampa primeriza).

Nada hacia dónde
emigrar, agotadas
las trampas, las estrellas
y la tierra del caribú;
lo que se oculta
en el ojo de la muerte,
en el cebo que ofrecí.

Al oso blanco
lo he dejado de ver:
él, que ha prometido
arrastrar mis vísceras
hasta la vara mortal;
pero no tiemblo, y
no me ahuyenta
que sangre el corazón,
si el mar se ausenta.

En la nieve la
palmada del hombre
sobre la vejiga;
asta de la criatura
frotándose sobre
su especie de lamento.

Unos a otros,
hombres y perros
dándonos el corazón
hacia ninguna parte;

cuesta abajo en la
ladera, en la colina
y la pisada de la
la presa, allí donde
se muestra la lámpara
del sueño; colgar
el espíritu a la sombra,

el ojo de la foca
en la blancura.

* Alaska, de Horacio Castillo. Tierra Firme, 1993.


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NOTAS:
- La imagen que ilustra esta antología es un fragmento de un grabado de Georg Braun y Frans Hogenberg (siglo XVI).
- La selección de poemas pertenece a Martín Bentancor.