martes, 19 de mayo de 2009

El último amanecer de B. Traven


“¿Qué es el mundo? ¿Qué es la tierra donde solemos vivir? Ha desaparecido… ¿A dónde se ha ido la humanidad? Estoy solo aquí, no existe un paraíso encima de mí, sólo hay oscuridad. Estoy en otro planeta, del cual nunca más regresaré para ver a mi gente. Me temo que nunca más veré de nuevo los prados verdes, nunca de nuevo la ondulación de los trigales, nunca de nuevo, me temo, vagaré a través de los bosques y los derredores de los lagos de Wisconsin, nunca más, me temo, recorreré las planicies de Texas y respiraré el aire de los desolados ranchos de cabras, no puedo regresar a la tierra, mi verdadera madre, y nunca más, me temo, veré un amanecer. Estoy junto a criaturas que desconozco, que no hablan mi lengua, y cuyas mentes y almas nunca podré comprender" - B. TRAVEN
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Adhesión de ASUNTO LITERARIO al "Año Internacional Traven"

viernes, 8 de mayo de 2009

El escritor más oculto (*)

PRIMERO
De todos los misterios que rodean a la Literatura, un capítulo especial (por su complejidad y su riqueza) merece la Literatura Mexicana. Y especialmente, la que conforman aquellos autores extranjeros que escribieron sobre México, que adoptaron su suelo y sus misterios como propios o que se mimetizaron de tal forma con su pasado y sus costumbres que leerlos no provoca el temor al cliché o el lugar común; escritores extranjeros que escribieron sobre México con respeto y conocimiento, no con la mirada puesta en la guía Michelin o las bondades del paquete turístico. Graham Greene, D. H. Lawrence y Malcom Lowry son tres ejemplos reconocidos por el alcance de su obra y los sitiales (opuestos sin enfrentarse) que ocupan dentro de la Literatura.Con El Poder y la Gloria, Graham Greene construye un personaje tan poderoso que amenaza con tragarse la propia trama del libro; su sacerdote perseguido en el infierno de las selvas mexicanas es un bosquejo ante ese magnífico estudio político, cultural y demográfico llamado Caminos sin ley. En ese libro fundamental, a medio camino entre el diario de viaje y la crónica periodística, Greene observa a México y termina constatando una imponente realidad: la imposibilidad de entenderlo.En La serpiente emplumada, D. H. Lawrence dispone de todos los elementos para convertir su libro en una aberración pseudofolklórica: las amplias haciendas, los toros, el machote mexicano, los sombreros charros, etc. Pero es la potencia de la pluma de Lawrence lo que evita hundir a sus personajes en el color local y el pintoresquismo para ofrecer un México salvaje, un resabio anterior a la llegada de Hernán Cortés que se palpita a lo largo de todo el libro. La historia, claro está, transcurre en el siglo XX.En Bajo el volcán, Malcom Lowry escribe la novela sobre el infierno mexicano y da un paso más en la senda de los textos de Graham Greene. En su libro, Lowry ve a México a partir del Día de los Muertos; un viaje al corazón de los temores religiosos y a los demonios del alcohol a través de uno de los personajes más contundentes de la novelística del pasado siglo: el Cónsul Geoffrey Firmin. En definitiva, grandes escritores escribiendo bajo el influjo de un país misterioso, tan ecléctico política, social y culturalmente como, seguramente, son todos los países del mundo. Pero a la hora de leer a México desde los ojos de un foráneo, ninguna pluma iguala a la de Bruno Traven.

SEGUNDO
Bruno Traven, alias Hermann Albert Otto Max Feige, alias Traven Torsvan, alias Ret Marut , alias Hal Croves. Alias the man who wasn't there. Un misterio blindado en el corazón del suelo mexicano, un secreto tan bien guardado que cientos de investigadores golpean sus cabezas contra las paredes de sus estudios sin poder apresarlo, sin poder sujetar sus datos biográficos con la equivalente existencia de un ser de carne y hueso. Exceptuando su primera novela – El barco de la muerte – todas las obras de Traven se desarrollan en México. Sus protagonistas pueden ser codiciosos buscadores de oro atravesando la selva a lomo de mula (El Tesoro de la Sierra Madre), viejos indios en conflicto con magnates petroleros (La Rosa Blanca) o gringos que viven entre indios mexicanos como antropólogos que olvidaron su cometido (Puente en la selva). Todas las biografías que lo refieren hablan de un sujeto nacido en Alemania en 1882 y muerto en México en 1969. Desde las reseñas que circulan por Internet hasta el libro que le dedicó Gerd Heideman (quien ocupó parte de su vida en estudiar a Traven), el autor enamorado de México se diluye en una maraña de imprecisiones, ausencia de datos o, al revés, superabundancia de los mismos que, en muchos casos, confunden fechas, lugares y datos históricos volviendo al propio biografiado en un ente mucho más fantasmal. (Heideman supuestamente lo entrevistó, entró a su casa y lo grabó durante horas pero su testimonio tiende a volverse dudoso cuando uno se entera que, muchos años después, el mismo Heideman le vendió a la importante revista alemana Stern, unos diarios de Hitler queresultaronserfalsos)La única forma de leer a Traven en español es a través de la vieja Compañía General de Ediciones S. A., concretamente, dentro de su colección ‘Ideas, Letras y Vida’. Esa magnífica colección de libros con soberbias tapas de color marrón y texto negro, supo publicar (a principios de la década del cincuenta) la casi totalidad de la obra novelística de Traven. Obviamente, la forma de localizar éstos ejemplares es a través de un trabajo arqueológico en librerías de viejo y con el añadido de una serie de factores: la ignorancia del librero, la piedad del polvo y la humedad, la paciencia del comprador para, posteriormente, entregarse a un trabajo de rearmado del ejemplar que incluya el uso de plumero, pegamento y una cubierta de nylon (esta última se puede comprar o improvisar de forma casera). Una vez cumplida esa parte del proceso, el lector está en condiciones de abrir el tomo y cautivarse con la contundencia de un párrafo como éste:“Los harapos eran regalados a quienes los mendigaban. En este mundo no hay pantalón, camisa o par de zapatos lo bastante viejos para que no exista algún ser humano que al verlos exclame: “Démelos; mire usted como ando. ¡Muchas gracias, señor!” La existencia de un hombre pobre va acompañada siempre de la de uno más pobre aún.”La posibilidad de leer a Traven en español (el escritor utilizó su lengua materna, el alemán, para desarrollar toda su obra) se le debe a la gestión y dedicación de una única persona. Una mujer. Esperanza López Mateos.

TERCERO
Esperanza López Mateos fue hermana del presidente mexicano Adolfo López Mateos y prima del director cinematográfico Gabriel Figueroa. Mujer de increíble cultura, Esperanza López Mateos fue una de las primeras personas en interesarse en la obra de Traven. Algunas crónicas sitúan su primer encuentro en 1941, en un pueblo de Michoacán. Esperanza López Mateos tradujo, por su cuenta y sin conocimiento de Traven, su novela Puente en la selva. Aparentemente, el escritor se maravilló con su trabajo y, desde ese momento, Esperanza López Mateos se convirtió en una suerte de secretaria a distancia, traductora oficial de toda su obra y su representante (la cara visible de Traven para negociar sus regalías, atender a los periodistas y defender sus derechos de autor en las peligrosas junglas del mundo editorial). También habría sido ella la responsable de presentarle a John Huston (quien se encontraba en México rodando su adaptación de la novela de Traven El tesoro de la Sierra Madre) a un tal Hal Corves, una especie de asesor en asuntos mexicanos. El enigmático Corves habría acompañado a Huston y su equipo durante todo el rodaje no siendo otro que el mismísimo Traven. Como sea, fue gracias a Esperanza López Mateos que Bruno Traven fue volcado al español donde cosechó a su mayor franja de adeptos; lectores tan dispares como responsables de publicaciones de alta cultura hasta indios semianalfabetos de Centroamérica. Ahora bien, en octubre de 1951 Esperanza López Mateos se suicidó. Su muerte fue llorada y su nombre homenajeado por toda la nación mexicana y el propio Traven se volvió más ilocalizable al desaparecer de la tierra la persona que oficiaba como nexo con su público. La teoría más disparatada - aunque tratándose de Traven y su casi fantasmagórica biografía, se constituye en una de las lecturas más evidentes – es la que sostiene que nunca existió un escritor alemán que, un buen día, decidió emigrar a México y adoptar al país como su patria definitiva. No hubo viaje en barco, ni pasaporte, ni casa construida entre las sierras, ni obra escrita en alemán para luego ser traducida al español. Según ésta teoría, Bruno Traven no sería otro que Esperanza López Mateos, la eficaz y erudita traductora a quien se le debe, entre otras cosas, esas bonitas ediciones de la Compañía General de Ediciones S. A que, al levantarlas del estante, parecen querer desintegrarse entre los dedos como los filamentos en el ala de una mariposa.Ahora que todos los protagonistas de esta historia están muertos y enterrados entre toneladas de papel impreso, fragmentos de recuerdos traicioneros y el impasible y triunfante paso de los años, sólo le queda a la Literatura develar éstos misterios. O enterrarlos como esos tesoros – o fantasmas de tesoros – escondidos en las entrañas del dormido monstruo del Tiempo.

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(*)- Publicado en La Onda Digital (Nº 433), el 14/04/2009 y reproducido, con autorización, en Hoy Canelones (07/05/2009)

martes, 28 de abril de 2009

Obituario: J.G. Ballard (*)



El pasado domingo 19 falleció, a los 78 años, víctima de un cáncer de próstata, el escritor inglés James G. Ballard. Autor de culto y, al mismo tiempo, masivamente leído, Ballard edificó una sólida obra que se presenta fundamental para entender ciertas claves de nuestro presente y del inalcanzable y cercano futuro.

Su nombre sonó varias veces para el Premio Nobel de Literatura pero en Estocolmo hicieron oídos sordos u ojos ciegos a su prosa magistral y a su visión apocalíptica del tiempo en que le tocó vivir.

Influyó a innumerable cantidad de artistas, no solamente a escritores. Su estela puede detectarse en las páginas de Chuck Palahniuk y Martin Amis, en las imágenes de David Cronenberg y Steven Spielberg y en las construcciones sonoras de Brian Eno y John Cale, entre otros.

Provocó otro diluvio – el definitivo – con El mundo sumergido (1963), una novela donde uno de los cuatro elementos se convierte en regla para medir la condición humana y en detonador de lo mejor y lo peor de sus personajes. También hizo desaparecer a los Estados Unidos en Hola América (1981), obligando a un puñado de exploradores a recorrer los estados contenidos entre el océano Atlántico y el Pacífico asistendo a los estragos de nuestro actual modo de vida. Describió una nueva variante sexual – Crash (1973) - y patinó de lo lindo al edificar un argumento donde la perversión le gana a la creación. Contó su infancia en la conflictiva Shangai de los años treinta en la soberbia novela autobiográfica El imperio del sol (1984) y su compleja y, entrañable en ocasiones y problemáticas en otras, relación con el sexo femenino en La bondad de las mujeres (1991), quizas su texto más logrado. Escribió su peor novela, Fuga al paraíso (1996) como reflejo de la ascendente problemática ecológica a nivel mundial y comenzó, a partir de esta obra, una espiral descendente donde la fuerza de sus libros anteriores se fue perdiendo entre los misterios que pueblan una sofisticada urbanización para nuevos ricos (Super-Cannes), el mesianismo y el culto a la violencia de Milenio Negro (2003) y los estragos de la última fase del consumismo de Bienvenidos a Metro-Centre (2006). Pero, justo es decirlo, en el 2001 ordenó su antología de cuentos,uno de los libros fiundamentales de la ficción breve de las décadas pasadas donde, entre una acumulación de grandes textos, pueden leerse (o releerse) gemas como “Las voces del tiempo”, “El hombre del piso 99” o “Pasaporte a la eternidad”.

Pateó el tablero de la ciencia ficción establecida y también de la variante avan- garde, al deslindarse del núcleo duro del género (El huracán cósmico, su primera novela de 1962, es la que más se acerca) y de la versión “más filosófica”, al definir a sus historias como “hechos que no tienen lugar en el futuro sino en una especie de presente visionario”.

Habitó, por décadas, el mismo chalet desvencijado en los suburbios de Shepperton, rodeado de plantas y de libros, sin dignarse a pasar la aspiradora “desde 1960”. Allí, en su, suponemos, espaciosa biblioteca, redactó sus ficciones a mano, sin sombra de computadora y hablando pestes de internet.

En Hola América, Wayne, el protagonista, recorre una Nueva York desolada, donde los edificios se alzan vacíos entre las montañas y donde la Estatua de la Libertad yace en las aguas del Atlántico como un símbolo de la muerte definitiva de los sueños de toda la sociedad. La Nueva York que ve Wayne, la ciudad por la que camina sin rastros de presencia humana, está poblada por reptiles, como una inversión o representación actualizada de lo que debió ser la alborada del mundo, antes de la irrupción del homo habilis. Los reptiles que ahora habitan al tierra, entre los restos edilicios de una ciudad abandonada, han adoptado – en la visión ballardiana – las características de los hombres: “En todas partes había vida desértica, secreta pero abundante. Los escorpiones se retorcían como ejecutivos nerviosos en las ventanas de las antiguas agencias de publicidad. Una serpiente que tomaba el sol en la puerta de una editorial se detuvo a observar a Wayne y luego se desenroscó en la sombra, esperando pacientemente entre los escritorios como un editor implacable. Había serpientes en las agencias de actores, sacudiendo los cótalos como si censuraran a Wayne por una prueba de actuación insuficiente”.

Nadie como J.G. Ballard registró nuestro inquietante presente con una pluma a medio camino entre el documental exhaustivo y el Aocalipsis de San Juan, nadie como J.G. Ballard, en definitiva, para detectar nuestra lenta e inexorable mutación de seres humanos en reptiles.
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(*) - Publicado originalmente en La Onda Digital (Nº 435), el 28 de abril de 2009.

domingo, 12 de abril de 2009

Lejos del bronce


Cuando muere un poeta, otros poetas se dedican a exaltar el nombre y la obra del difunto, generalmente con palabras llenas de pomposidad, que pretenden el bronce y la aparente eternidad del Parnaso. Los adjetivos se reptiten y también las frases como "Vivirá en el alma del pueblo", "Sus versos seguirán alumbrando el porvenir", etc. La escena se reproduce ante la tumba, en notas de prensa y, obviamente, en otros poemas. Cuando el escritor canario Javier de Viana falleció en 1926, su paisano Braulio Césaro escribió el poema "El Charrúa", donde, para homenajear a quien acababa de partir, se vale de un recurso lejano al bronce y la pomposidad. Césaro presenta el luto instalado en el campo por la muerte de Viana y evoca su figura a través de una pequeña historia campesina. Ante la imposibilidad de encontrar el texto original, recurrimos a la siguiente transcripción realizada por Lauro Bentancor.

EL CHARRÚA

Callaron los federales,
se entristeció el canelón,
se queja el sauce llorón,
se inundan los pajonales.
Los grandes tembladerales
también se han embravecido,
un sabiá dejó su nido
porque un zorzal de mañana
gritó que a Javier de Viana
la Parca lo había vencido.

El chingolo ni el hornero,
la calandria ni la urraca,
ya ninguno se destaca
como en mañanas de enero.
Ya no anida el carpintero
en palos del telefón
porque ha caído el campeón
de nuestra selva frondosa
y hoy sólo vive en las prosas
del campesino fogón.

Ya no cruza los rastrojos
en su flete y con orgullo,
el autor del libro 'Yuyos',
de 'Gaucha', 'Gurí' y 'Abrojos'.
Sólo quedaron despojos
de la vieja tradición;
como sería la impresión
que le causó al paisanaje
que cuentan que hay un paraje
que siempre ven su visión.

Trsite está la paisanada
y suele contar la gente
que hay noches en que se siente
aullar tuita la perrada.
Dicen que una madrugada,
al desuñir los carreros
largaron los delanteros
para verdiar un ratito
cuando sintieron el grito:
"Cuidao con los pertigueros".

Uno de ellos, sin recelo,
cuando ese grito sintió
al punto se persignó,
dijo "Dios lo lleve ela cielo".
De la bombacha un pañuelo
el más anciano sacó,
las lágrimas se secó
y al empinar la carreta
dijo "Ese grito es de un poeta
sus libros he leído yo".
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Después de haber amarguiado
arrimaron la boyada,
para emprender la jornada
el viejo un cuento ha empezado
de un libro que había estudiado
hecho por un gran talento
y en ese mismo momento
sintió un peso en la picana,
y era la visión de Viana
que venía a escuchar el cuento.

viernes, 10 de abril de 2009

Releyendo a Nabokov (1): Sebastian Knight


Todas las grandezas y miserias de la creación literaria están reunidas -ensambladas- en esta novela que el gran maestro ruso publicara en 1941. El personaje narrador, V, quiere reconstruir la vida de su difunto hermanastro a traves de la obra de éste y, para ello, bucea en una existencia signada por factores como el amor enfermizo a una mujer, el dolor intenso del compromiso literario y la presencia inevitable de la muerte. Lo que escribe -lo que leemos- no es una biografía a secas sino la visión que de un muerto escribe un ser querido y que va perdiendo, conforme pasan las páginas, su propio centro en el relato, en la obra y en la vida del biografiado. El inicio del libro revela la clave latente en casi toda la prosa nabokoviana, esto es, el juego o el falso carácter lúdico, desafiante para con el lector, con que el Ruso Mayor se valía para presentar sus ficciones. A continuación, el parrafo inicial de La verdadera vida de Sebastián Knight, en traducción de Enrique Pezzoni:


"Sebastián Knight nació el 31 de diciembre de 1899 en la antigua capital de mi patria. Una vieja dama rusa me mostró una vez, en París -suplicándome, por algún misterioso motivo, que no divulgara su nombre-, un diario que había llevado en el pasado.Tan ocres (en apariencia) habían sido esos años, que los detalles recogidos día tras día (¡pobre método de alcanzar la perduración!) apenas iban más allá de un sucinto informe sobre las condiciones climatológicas. En ese sentido, es curioso observar que los diarios personales de los reyes -por más conmociones que sacudan sus reinos- tienen ese motivo como preocupación escencial. Así es la suerte: en esa ocasión se me ofreció algo cuyas huellas nunca hubiera seguido, de haber tenido que planear yo mismo la cacería. Estoy, pues, en condiciones de afirmar que la mañana en que nació Sebastian Knight no soplaba viento, la temperatura era de doce grados (Réaumur) bajo cero... y esto es cuanto la buena dama juzgó digno rememorar. A decir verdad, no encuentro ninguna razón valedera para mantener su anonimato. Me parece harto improbable que lea alguna vez este libro. Su nombre era y es Olga Olegovna Orlova: ¿no habría sido una pena omitir esa aliteración ovoide?"...

sábado, 21 de marzo de 2009

Poeta entre lápidas


En 1914, un mediocre abogado de Chicago publicó un libro llamado Spoon River Anthology. Precedía a aquel texto una carrera literaria despareja, poblada de imitaciones y grandilocuencias, las mismas marcas que sobrevolararían su obra posterior a la publicación del texto que nos ocupa. Aún así, Edgar Lee Masters no necesitó más que aquel libro para entrar por la puerta grande de la Poesía Moderna y convertirse en una suerte de extraño clásico de las letras norteamericanas, un clásico de difícil colocación dentro del canon, un clásico cimentado en una innovadora concepción de la obra poética como totalidad individual pero, al mismo tiempo, con profundas raices en los epigramas griegos y la tradición de las elegías.

La Antología de Spoon River es una colección de epitafios que el bardo lee y recrea al pasar por el cementerio de la localidad del título, una pequeña comunidad rural del Medio Oeste. No hay una voz poética unificada en el conjunto de poemas sino que cada uno funciona como unidad de tiempo y lugar, fijando los versos de cada obra al nombre mismo del poema (o sea, el nombre de quien descansa bajo la lápida). Por la antología, desfilan jueces, médicos, borrachos, idiotas, prostitutas y una diversidad de tipos humanos. Más de doscientos personajes, entre los autores de los epitafios y otros que estos mencionan, cruzan por el libro y varias historias y subtramas se van leyendo, de foma discontinua, a través de diversos textos a modo de una novela coral. El registro de los epitafios-poemas abre con el único texto que no lleva un nombre propio como título - The hill - y que oficia como prólogo o advertencia al lector. He aquí un fragmento del original y, a continuación, la traducción de Alberto Girri:

THE HILL
Where are Elmer, Herman, Bert, Tom and Charley,
the weak of will, the strong of arm, the clown, the boozer, the fighter?
All, all are sleeping on the hill.

One passed in a fever,
one was burned in a mine,
one was killed in a brawl,
one died in a jail
one fell from a bridge toiling for children and wife.
All, all are sleeping, sleeping, sleeping on the hill...

LA COLINA
¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley,
el abúlico, el forzado, el bufón, el borracho, el peleador?
Todos, todos están durmiendo en la colina.
Uno se fue por una fiebre,
uno se quemó en una mina,
uno fue muerto en una pendencia,
uno murió en la cárcel,
uno se cayó del puente donde trabajaba para sus hijos y su mujer;
todos, todos están durmiendo en la colina (...)
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Poseedor de un sentido del ritmo poético y una cuidada administración de los recursos formales a la hora de escribir los epitafios, Edgar Lee Masters florece en sus poemas como un fino observadore del mundo que lo rodea. Quien fuera su esposa, Ellen Coyne Masters, escribió: "Un cincuenta por ciento, bien medido, de los epitafios de Spoon River se refiere a personajes compuestos, para los cuales el autor no pensó en ningún individuo determinado. (...) Buena cantidad se basa en las experiencias del autor y en las que con él se relacionaron; proceden de los diversos lugares en que vivió."

A continuación, uno de los poemas-epitafios én traducción de Alberto Girri:


JUDGE SOMERS
How does it happen, tell me,
that I who was most erudite of lawyers,
who knew Blackstone and Coke
almost by heart, who made the greatest speech
The court-house ever heard, and wrote
a brief that won the praise of Justice Bresse.
How does it happen, tell me,
that I lie here unmarked, forgotten,
while Chase Henry, the town drunkard,
has a marble block, topped by an urn,
wherein Nature, in a mood ironical,
has sown a flowering weed?

EL JUEZ SOMERS
¿Cómo ocurrió, decidme,
que yo, el más erudito de los abogados
que conocía a Blackstone y a Coke
casi de memoria, que pronuncié el más notable discurso
que el tribunal hubiera oído nunca y escribí
un alegato merecedor del elogio del buen Breese?,
¿Cómo ocurrió decidme?
que ahora yazgo aquí, olvidado, ignorado,
mientras Chasey Henry, el borracho de la ciudad,
tiene un pedestal de mármol, rematado por una urna
en la cual la Naturaleza, por irónico capricho,
ha sembrado césped en flor?

martes, 10 de marzo de 2009

Guitarra


Como instrumento musical, la guitarra es una de las musas más ricas a la que se han acercado los poetas - por su cadencia rítmica, su femenina silueta, su necesaria cercanía a aquel que la pulsa -. En Uruguay, muchos poetas le han escrito con la intención de fijar en el papel ese sentimiento inaprensible que significa escuchar una melodia surgiendo de entre sus cuerdas. El olvidado poeta y payador maragato Florentino Callejas escribió lo que, sin dudas, es una de las mejores composiciones que reflejan el sentimiento que despierta una guitarra. En A mi guitarra, Callejas parece olvidar la madera, el metal y las cuerdas que la forman y le habla a un ser de carne y hueso; un destinatario que palpita y sufre, sonríe y llora. A continuación, A mi guitarra:


Hermosa guitarra mía
que nunca te me negaste
la que conmigo cantaste
al dolor y a la alegría
quiero recordar los días
que te pulsé con amor
y ahuyentarás mi dolor
al escuchar tu gemido
ven si es que me has conocido
que soy tu viejo cantor.

Cuántas veces sin tener
quien me brindara un consuleo
mirando muy triste el suelo
lloré como una mujer
ya no esperaba volver
a escuchar más tu sonido
y al verme solo y herido
en campos de la derrota
ya de tu caja las notas
habían desaparecido.

Hoy que sangrando una herida
quiero contarte mis penas
vos que fuiste la más buena
compañera de mi vida
si ayer sonaste sentida
hoy de nuevo sonarás
y conmigo vencerás
nuestra desgraciada suerte
porque ni la misma muerte
podrá separarnos más.

Si me ayuda la cadencia
de tus cuerdas vibradoras
habrá llegado la hora
de cumplir nuestra sentencia
porque sos en mi existencia
dueña de mi amor más fuerte
y cuando mi cuerpo inerte
baje a la última morada
irás conmigo abrazada
a la región de la muerte.


NOTA: A mi guitarra ha sido interpretada por infinidad de artistas a lo largo y ancho del país. Asunto Literario recomienda muy especialmente la versión grabada (con acompañamiento de una guitarra, claró está, y en estilo) de Alberto Moreno (Benjamín Garategui).