jueves, 18 de marzo de 2010

Barthes (I)

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"Un individuo, por revolucionario que se pretenda, si no se plantea la cuestión del lugar de donde habla, es un revolucionario postizo" (El grano de la voz)
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"Entiendo por literatura no un cuerpo o una serie de obras, ni siquiera un sector de comercio o enseñanza, sino la grafía compleja de las marcas de una práctica, la práctica de escribir". (Barthes en Barthes de Jonathan Culler).

"Vivir en un país del que se desconoce la lengua, vivir ampliamente en él, fuera de los acontecimientos turísticos, es la más peligrosa de las aventuras (en el sentido ingenuo que esta expresión puede tener en las novelas para los jóvenes); es más riesgoso (para el 'sujeto') que enfrentar la jungla, porque hay que exceder la lengua, mantenerse en su margen suplementario, es decir, en su infinito sin profundidad" (El grano de la voz)

sábado, 20 de febrero de 2010

Profesor Nabokov

Todo el que ha emprendido la compleja labor de la enseñanza, ha sentido, con el paso de los años, el cansancio y el hastío del sistema, de los edificios donde se congrega la educación y de los propios educandos. Vladimir Nabokov padeció ese cansancio en sus prolongadas temporadas al frente de diversos cursos en varias universidades. En 1964, en una entrevista que concedió para Playboy, escribe:

“… Me gustaba enseñar, me gustaba Cornell, me gustaba componer y pronunciar mis conferencias sobre escritores rusos y sobre los grandes libros de Europa. Pero alrededor de los sesenta años, especialmente en invierno, empieza uno a sentir que se hace duro el acto físico de enseñar, el levantarse a hora fija todas las mañanas, la lucha con la nieve en el camino de entrada, la marcha a través de largos corredores hasta el aula, el esfuerzo de trazar en la pizarra un mapa de Dublín de James Joyce o la distribución de un coche con literas del expreso entre San Petersburgo y Moscú en la década de 1870… sin el conocimiento de lo cual, ni Ulysses ni Anna Karenina, respectivamente, tienen sentido. Por alguna razón, mis recuerdos más vívidos se relacionan con los exámenes. El gran anfiteatro de Goldwin Smith. Exámenes de las 8 a las 10.30 de la mañana. Unos 150 estudiantes… muchachos sucios, sin afeitar, y muchachas razonablemente bien arregladas. Sensación general de tedio y desastre. Ocho y media. Tosecitas, gargantas nerviosas que se aclaran, montones de ruidos que entran, crujir de páginas. Algunos de los mártires sumidos en meditación, con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Me encuentro con una mirada obtusa dirigida a mí, que con esperanza y con odio ve en mí la fuente del saber oculto. Chica de gafas que se acerca a mi escritorio para preguntar: ‘Profesor Kafka, ¿quiere que digamos que…? ¿O quiere que contestemos sólo la primera parte de la pregunta?’ La gran fraternidad de los mediocres, espina dorsal de la nación, escribiendo rápida y firmemente. Un crujido que suena simultáneamente, la mayoría que vuelve una página de sus notas, buen trabajo de equipo. Una muñeca con calambre que se sacude, la tinta que se acaba, el desodorante que no resiste. Cuando descubro miradas puestas en mí, inmediatamente se levantan al cielorraso en piadosa meditación. Los vidrios de las ventanas que se empañan. Muchachos que se quitan los suéters. Chicas que mastican goma en acelerada cadencia. Diez minutos, cinco, tres, la hora”.

Y tres años después, en una entrevista en The Paris Review escribe/responde:

“Mi método de enseñanza impedía un verdadero contacto con mis alumnos. En el mejor de los casos, regurgitaban algunos pedazos de mi cerebro durante los exámenes. Cada clase que dictaba había sido cuidadosamente, amorosamente escrita y copiada a máquina, y la leía yo pausadamente, deteniéndome a veces para volver a escribir una frase y a veces repitiendo un párrafo… un estímulo mnemotécnico que, sin embargo, pocas veces provocaba un cambio de ritmo en las muñecas que tomaban los apuntes. Veía con alegría a los pocos expertos en taquigrafía que había en el auditorio, con la esperanza de que habrían de comunicar la información que acumulaban a sus camaradas menos afortunados. Traté en vano de remplazar mi aparición en la cátedra por cintas grabadas para pasar por la radio de la universidad. Por otra parte, gozaba profundamente con las risitas de aprecio suscitadas en tal o cual sector expresivo del aula por uno u otro punto de mi conferencia. Mi mayor recompensa proviene de aquellos ex alumnos que diez o quince años después me escriben para decirme que ahora comprenden qué pretendía de ellos cuando les enseñaba a visualizar el peinado mal traducido de Emma Bovary o la distribución de las habitaciones en casa de los Samsa o a los dos homosexuales de Ana Karenina. No sé si aprendí algo enseñando, pero sé que amasé una cantidad incalculable de información estimulante al analizar para mis alumnos una docena de novelas. Mi sueldo, como bien lo sabe usted, no era precisamente principesco”.

viernes, 12 de febrero de 2010

Poeta en desgracia

Bajo plena dictadura de Stalin escribió un poema donde lo insultaba abiertamente. No le mandaba a decir nada sino que se lo decía de frente. Resultado: cinco años de trabajos forzados en los Urales, humillación y nada de pluma y papel para escribir. Encerrado, intenta emplear la misma valentía de la que se valió para insultar al tirano en suicidarse pero no le alcanza. Lo rehabilitan, vuelve a escribir y lo vuelven a encerrar. Con cuarenta y siete años, laceradas las carnes por el frío y los golpes de los guardias del campo de concentración, muere. Se llamó Osip Mandelshtam y si es cierto que un único poema vale para salvar del olvido y el anonimato a un poeta, ASUNTO LITERARIO vota por el que acá se transcribe:

Yo he regresado a mi ciudad, que conozco...

Yo he regresado a mi ciudad, que conozco
hasta las lágrimas.
Hasta las venas,
hasta las inflamadas glándulas
de los niños.

Tu regresaste también,
así que bébete
aprisa
el aceite de los faros fluviales
de Leningrado.

Reconoce pronto el pequeño día decembrino,
cuando la yema se mezcla a la brea
funesta.

Petersburgo,
todavía no quiero morir.
Tú tienes mis números telefónicos.

Petersburgo,
yo aún tengo las direcciones
en las que podré hallar las voces de los muertos.

Vivo en la escalera falsa
y en la sien
me golpea profunda una campanilla agitada.
Y toda la noche,

sin descanso,
espero la visita anhelada
moviendo los grilletes de las puertas.

sábado, 30 de enero de 2010

J.D. Salinger (1919-2010)

Le bastaron cuatro libros y una serie de silencios y de ausencias para convertirse en un ícono de la literatura norteamericana del siglo XX. Al lado de colegas tan mediáticos y propensos a opinar de todo – desde Philip Roth a Norman Mailer, desde Saúl Bellow a John Updike – Salinger cultivó una suerte de mediático y crónico anonimato. Sus libros breves, autoreferenciales, cargados de historias a medio camino entre lo anodino y lo trascendente, cosecharon millones de lectores a lo largo del mundo. El guardián en el centeno – su obra más famosa – se convirtió en un best seller más por razones mediáticas y publicitarias que por sus auténticas virtudes literarias. Su verdadera gran obra es la nouvelle de 1955 Raise High the Roof Beam, Carpenters (“Levantad, carpinteros, la viga del tejado”, tal su título en español), donde Salinger cuenta los preparativos de una boda bajo un agobiante calor neoyorkino. De ese libro proviene el siguiente fragmento:

“Por primera vez en varios minutos, eché una mirada al minúsculo viejecito que tenía el cigarro sin encender. El retraso no parecía afectarlo. Su manera de estar sentado en el asiento trasero de un coche, coche en movimiento, coche estacionado e incluso, era inevitable imaginarlo, coche saltando de un puente al río, parecía una norma establecida. Era maravillosamente sencillo. Simplemente, había que sentarse muy derecho, manteniendo una distancia de diez o doce centímetros entre la copa del sombrero y el techo, y mirar ferozmente hacia delante, el parabrisas. Si la Muerte – que estaba allí afuera todo el tiempo, posiblemente sentada en el capó -, si la Muerte atravesaba misteriosamente el espejo y entraba en busca de uno, bastaba con ponerse de pie e irse con ella, feroz pero tranquilamente. Era posible llevarse el cigarro, si se trataba de un habano auténtico.”

jueves, 28 de enero de 2010

Borges, el valiente

La anécdota la cuenta Edwin Williamson en su Borges una vida (completa biografía literaria editada en español por Seix Barral en una edición que no le hace justicia y que bombardea al lector con erratas de todo tipo), tomándola de Borges Buenos Aires de Ulyses Petit de Murat. Se acaba la década del veinte y un Borges que ronda la treintena de años, recorre los suburbios de Buenos Aires para embriagarse del espíritu del arrabal. Protagonizan el episodio tres escritores y algunos extras:

“En una ocasión escapó por poco al daño corporal grave mientras caminaba con Ulyses Petit de Murat y Sixto Pondal Ríos en el Bajo Belgrano, una zona desagradable de criaderos y establos de caballos, refugio notorio de criminales. Borges, con su mala visión, llevaba un bastón, que usaba para tantear su camino en la oscuridad a lo largo de una cerca metálica, y el golpeteo llamó la atención de un grupo de rufianes, que empezaron a lanzar insultos a los tres amigos. Cuando los hombres se acercaban, Ulyses y Pondal Ríos decidieron salir corriendo, pero Borges se quedó en su lugar y, para horror de sus amigos, empezó a enfurecer a los rufianes impugnando su hombría: ‘A sus terrible insultos les contestaba, irónicamente: ‘¿Qué decís, Rosita? ¡No te oigo, Pelagia!’. Al fin, Ulyses y Pondal tuvieron que sacarlo a la rastra hasta una estación de ferrocarril cercana y empujarlo por encima del molinete, para correr después hasta la seguridad relativa de la zona céntrica de Belgrano.”

Sí, es verdad: la anécdota es poco creíble; si los rufianes eran tan bravos, Borges no debería haber llegado a pronunciar una segunda frase. Su destino habría sido la golpiza, la vejación o la muerte. Toda la historia tiene algo de desmesura literaria casi mitológica, un intento de Ulyses Petit de Murat de construir un valiente con un material no apto para esos fines. Suena infinitamente más creíble la escena de los tres tipos a trajes corriendo entre vías y atisbando las bocacalles mientras se palpan los corazones, exultantes.

miércoles, 20 de enero de 2010

Último Bulgákov

Al igual que unos años antes lo hiciera Anton Chejov, Mijail Afanáasievich Bulgákov se dedicó a recorrer ignotos caminos de la campaña rusa, acudiendo al llamado de algún moribundo o de alguna parturienta, administrando sedantes o inyectando sueros, curando heridas o dándole paso al sacerdote más cercano. Autor de esa monumental novela llamada El Maestro y Margarita – título por el que ya se gana con creces su lugar en la primera fila de la Literatura Rusa -, Bulgákov fue también un hombre de teatro. Durante los años más crudos del gobierno de Stalin y sin adherir al régimen, se las ingenió para escribir sobre las crueldades del tirano y sus secuaces burlando a la censura y escapándole a un boleto sin regreso a Siberia o a un aposento tres metros bajo tierra.
En Novela teatral, su última e inconclusa novela, habla sobre el extraño mundo de los actores y las escenografías, la delgada línea que separa a la realidad de la representación y, sobretodo, acerca del valor del arte en un mundo regido por inoperantes o por idiotas. El protagonista ha escrito una novela de la que todo el mundo se mofa en sus propias narices y, cuando por una serie de circunstancias, un funcionario del Teatro Independiente le propone convertir el libro en una obra teatral, emprenderá un prolongado viaje repleto de incertidumbres y decepciones. Ese viaje está destinado a mostrarle las peores bajezas del mundo del Arte y, al mismo tiempo, a revelarle su completa insignificancia como creador.
Esta novela quedó trunca a la muerte de Bulgákov, el 10 de marzo de 1940. El profundo pesimismo que, página tras página, se va apoderando del personaje central actúa como un motor siniestro de aprendizaje y maduración. Esto es el arte, parece decir Bulgákov. Una función extraña donde nada parece tener lógica y donde las leyes más elementales, como en los regimenes totalitarios, están subvertidas, alteradas. No se conoce el final que Bulgákov había planeado para su obra pero se intuye contundente y visceral, tan contundente y visceral como las obras de todos los artistas que se enfrentan con los ojos abiertos a la Creación.

miércoles, 13 de enero de 2010

La guerra según Hasek

El buen soldado Svejk es la obra más conocida del periodista y novelista checo Jarslav Hasek, el libro por el que con justicia se lo recuerda y el título más importante de los que escribiera en su corta vida. Josef Svejk es un veterano soldado que ha sido dado de baja por imbécil y que dedica su vida a atrapar perros vagabundos que, tras acondicionar y pintar, vende como mascotas de altísima clase. Por una serie de circunstancias, Svejk se verá nuevamente movilizado en los albores de la Primera Guerra Mundial y El buen soldado… no es otra cosa que la narración de sus aventuras en un mundo envuelto por el conflicto bélico, un mundo carente de grandeza y humanidad, un mundo que Svejk recorre con su imbecilidad a cuestas dándole cuerpo no sólo a uno de los más contundentes relatos antibelicistas del siglo XX sino también a una de las mejores novelas cómicas jamás escritas.
El humor en Svejk nace de la personalísima visión del mundo que tiene el buen soldado y que se refleja en una perorata constante – la novela se compone de grandes pasajes dialogados – en la que el protagonista va mezclando sus vivencias personales con las de sus amigos, sus superiores y sus propios compañeros confinados en cuarteles malolientes, tabernas abarrotadas y en largas caminatas a campo traviesa.
El principio de la novela es una suerte de resumen de cuál será el tono en las cuatrocientas páginas siguientes y tiene como punto de partida el asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria:

“-Han asesinado a Fernando –dijo la administradora de la pensión al señor Svejk, hombre ya retirado del ejército, porque una comisión médica lo declaró débil mental crónico, a causa de haber llevado una vida de vendedor de perros, mestizos monstruosos y revulsivos, que hacía pasar por pura sangre. Aparte de esta ocupación, sufría también de reumatismo y estaba, precisamente ahora, frotándose las rodillas con embrocación.
-¿Cuál Fernando, señora Müller? –preguntó Svejk, continuando el masaje en sus rodillas. –Conozco dos Fernandos: Uno de ellos trabaja para Pruska, el químico. Cierto día se bebió, por equivocación, una botella de tónico para el cabello. El otro es Fernando Kokosha, que anda por ahí recogiendo basura. Ninguno de los dos sería una gran pérdida.”


El relato de las aventuras de Svejk – su detención, su reclutamiento en el Ejército, su trabajo como asistente de un capellán, su labor como ordenanza de un teniente, sus incursiones en las trincheras – están narradas desde la perspectiva de alguien que no tiene nada que perder por lo que acepta, cansinamente, los hechos que van ocurriendo. A diferencia de, por ejemplo, La marcha Radetzky, la gran novela bélica de Joseph Roth donde el autor y su protagonista asisten con nostalgia al desmoronamiento del Imperio Astro-Húngaro, en El buen soldado Svejk no hay un ápice de grandeza ni de dolor por el mundo perdido. Los soldados sólo se preocupan por las formas de evadir las salidas al frente de batalla o por el grosor de las raciones de salame que reciben de la cocina. El mundo bélico que pinta Jaroslav Hasek está desprovisto de heroísmo y lleno de excremento y del peor alcohol que se le puede dar de beber a un ser humano. El propio Dios se convierte en un Mariscal de Guerra y dirige las tácticas. Cuando el regimiento que integra Svejk llega a una ciudad que aún no ha sido abandonada, recibe la visita de dos damas de la Liga de Bienvenida a los Héroes. Las mujeres, además de obsequiarle pastillas a los soldados, les entregan unas plegarias escritas por el arzobispo de Budapest, Géza Szatmur Budafal. En ellas, la presencia de Dios es imperiosa:

“Que Dios bendiga nuestras bayonetas para que puedan penetrar profundamente en las entrañas de nuestros enemigos. Que el Todopoderoso, en su Rectitud, dirija el fuego de nuestra artillería sobre las cabezas de los jefes enemigos. Dios Misericordioso, concédenos que todos nuestros enemigos sean ahogados en la propia sangre de las heridas que nosotros les inflijamos.”

Pero ni Dios se salva con Hasek y cuando la llegada al frente de batalla es inminente, el Ser Superior acabará ahogado en la tierra excrementicia que pisan los hombres que van a morir con sus bayonetas:

“Mientras los cuatro soldados partían a cumplir su comisión, el cura de la parroquia comenzó a distribuir entre las tropas una hojita que contenía un himno en las diversas lenguas del ejército. Se las había dejado un alto dignatario de la Iglesia, que andaba haciendo un viaje en automóvil a través de la Galitzia devastada, en la agradable compañía de varias hermosas jovencitas.
Había muchas letrinas en Turowa-Wolska, y no pasó mucho rato para que todas estuvieran repletas de hojitas.”


El rechazo de Hasek hacia la guerra es tan visceral que, lejos de dejarse llevar por manifiestos antibelicistas – una tradición que supo acompañar a todos los conflictos armados en todas las épocas – apela a una suerte de absurdo que extrae del ser humano sus cualidades más grotescas. Permitirles a sus lectores ver el mundo de su obra a través de los ojos de un imbécil es, quizá, el principal hallazgo de la novela. Desde el momento que Svejk es detenido y llevado al ejército hasta la última escena del capítulo final, el ritmo de la obra adopta un in crescendo particularmente notable. El viaje hacia las trincheras del soldado Josef Svejk está poblado de conversaciones, anécdotas, leyendas, bromas macabras, discusiones de borrachos, peleas por las cosas más insólitas y, sobretodo, un ataque frontal al estamento militar:

“El coronel Kraus era un idiota estimable. Su nombre tenía un apéndice y era Von Zillergut, y su persona era oriunda de una aldea cercana a Salzburgo, que sus antepasados habían poseído en el siglo XVIII. Cuando daba cuenta de algo, se refería a detalles secretos y se paraba a cada rato para preguntar a sus oyentes si habían comprendido sus términos más elementales, como ‘Así como les iba diciendo, caballeros, había una ventana. Ustedes saben lo que es una ventana. ¿No es así?’ O: ‘Un camino con zanjas a ambos lados de una carretera. Sí, caballeros. ¿Saben ustedes lo que es una zanja? Una zanja es una especie de cavidad hecha por un grupo de trabajadores. Es un canalón profundo. Sí, eso es. Y lo hacen con palas. ¿Saben ustedes lo que es una pala?’
Lo notable era que este imbécil había ascendido relativamente de una manera rápida. Durante las maniobras hacía milagros con su regimiento. Nunca llegaba a tiempo, dejaba el regimiento formado en columnas, a merced del fuego de las ametralladoras, y en una ocasión, en años anteriores, durante las maniobras imperiales del sur de Bohemia, se perdió con regimiento y todo. Aparecieron en Moravia, donde marcharon varios días, después que las maniobras habían terminado.”


El buen soldado Svejk es una novela satírica que, lejos de agotar los variados elementos de la sátira, se las ingenia para redefinirse a cada página. Cuando el mecanismo parece llegar al paroxismo, Hasek aminora la marcha y nos da de narices contra la humanidad – sin mayúsculas – para que no nos olvidemos que los que están en las páginas son seres de carne y hueso, tan grandiosos y tan ruines como cualquiera de nosotros.