sábado, 30 de mayo de 2009

Hay hombres


Hay hombres

que deberían tener montañas

para eternizar sus nombres.


Las lápidas no son lo bastante altas

ni verdes,

y los hijos se van

para perder el puño

que la mano de sus padres parecerá siempre.


Yo tuve un amigo:

vivió y murió en absoluto silencio

y con dignidad,

no dejó libro, ni hijo, ni una amante que le llorase.


Tampoco es esto una canción de duelo

tan sólo el nombramiento

de esta montaña por la que ando,

fragrante, oscura, y delicadamente blanca

bajo la palidez de la niebla.

A esta montaña le pongo su nombre.


LEONARD COHEN, de "The Spice-box of Earth" (1961)

lunes, 25 de mayo de 2009

El tiro del final (*)

En Timote, flamante novela del escritor y filósofo argentino José Pablo Feinmann, se cuenta el secuestro y la muerte del general Pedro Eugenio Aramburu, uno de los episodios más oscuros de la historia reciente de Argentina que, además de constituirse en el primer acto ejecutado por la organización revolucionaria Montoneros, oficia como punto de partida de la compleja lucha política que atravesará toda la década del setenta y cuyos coletazos aún se hacen notar.

José Pablo Feinmann es un intelectual extraño, al menos para los parámetros con los que cultural y tradicionalmente se ha fijado ese rol en la sociedad. Desde sus irrupciones televisivas –particularmente en los dos programas que conduce, Filosofía aquí & ahora y Cine contexto-, su defensa cerrada de los gobiernos de la dupla/sociedad/pareja kirchnerista, sus textos de ficción (Últimos días de la víctima, Ni el tiro del final), su amplia labor como guionista de cine (El amor y el espanto, Ay, Juancito), su impresionante historia del peronismo (que viene desgranando fascículo a fascículo en el diario Página 12) y sus clases de filosofía que congregan a miles de alumnos ávidos por oír de cerca su voz, Feinmann logra hacerse sentir en el medio político y cultural despertando, de paso, adherencias y enemigos por igual. Por eso no es de extrañar que en Timote, novela que acaba de desembarcar en las librerías montevideanas, se atreva a adentrarse en uno de los episodios más complejos y polémicos en la historia argentina de las últimas décadas.
Para contar los últimos días de vida del general Pedro Eugenio Aramburu -presidente de facto de la Argentina entre 1955 y 1958 y fundador del partido Unión del Pueblo Argentino (UDELPA)-, concretamente su secuestro y muerte a manos del comando montonero integrado por Mario Firmenich, Carlos Ramus y Fernando Abal Medina, Feinmann recurre a elementos propios de la novela negra (que desarrollara magistralmente en Últimos días de la víctima, publicada en 1979 y llevada al cine por Adolfo Aristarain, en 1982). En un gran capítulo inicial, Feinmann narra el final de Fernando Abal Medina quien, en la práctica, fue el asesino de Aramburu, haciendo gala de un despliegue técnico que remite a las mejores secuencias de América de James Ellroy pero también a las crock stories de William Rilley Burnett y a la mejor adaptación cinematográfica del autor, la soberbia High Sierra (Raoul Walsh, 1941)
Al iniciar el relato por el final, esto es: contando la muerte del matador de Aramburu, Feinmann invierte el orden tradicional en la presentación de los protagonistas y convierte el resto de la novela en un extenso diálogo entre el general secuestrado y sus captores. El tercer interlocutor es el propio Feinmann que irrumpe en el relato lineal de los hechos (tres días) con digresiones y comentarios sobre el momento histórico pero nunca en plan académico, al contrario, erigiéndose en una suerte de voz popular que muchas veces parece ignorar algunos datos o intencionalmente escamotearlos. De esa forma, la narración de un cómico episodio durante un partido de futbol jugado por Estudiantes de la Plata, sirve como disparador de una reflexión sobre el concepto de seguridad, unión familiar y custodia del estado y sus instituciones. En esa voz intrusa del narrador rompiendo con la monotonía del relato casi clínico de los hechos, se encuentra uno de los puntos más altos de Timote. Además, aplicando técnicas de montaje cinematográfico, Feinmann va intercalando monólogos interiores con la evocación y referencia a elementos propios de la cultura popular de los años setenta. Asi, la referencia a un comercial casi erótico de la caña Carlos Gardel se mezcla con la inminencia del Mundial de México del que Argentina quedó fuera y al que deben conformarse en seguir por la televisión.
Por debajo de la trama, aunque la atraviesa continuamente y es, en definitiva, el motor que hace obrar a todos sus personajes, la figura de Juan Domingo Perón es continuamente evocada y referenciada, llevando a tejer, en las opiniones encontradas de los personajes, una enmarañada red de juicios políticos. La imagen de Evita, y sobretodo la ausencia de su cadáver, episodio del que fue responsable el mismísimo general Aramburu, es el otro fantasma convocado en la subtrama de la historia. Cuando los jóvenes montoneros, en el apurado juicio revolucionario a que lo someten, le preguntan sobre ella, Aramburu la evoca a la luz de los episodios que la volvieron un personaje tan importante como el propio Perón: “¿Qué podía decirles de Evita? ¿Podrían ellos, mocosos entre 20 y 23 años, entender algo de lo que él les explicara? ¿Ustedes creen conocerla? Yo la vi de cerca, la vi caminar, la vi sentarse, pararse, estreché su mano incontables veces, vi sus vestidos carísimos, sus zapatos, la escuché hablar, la vi sonreír, nunca la vi llorar. Después vi su rodete, ese traje sastre que se puso como un uniforme, como un soldado en la batalla. La vi empezar a morir y poco faltó para que la viera muerta. La vi volverse pálida. La vi perder la redondez, la salud espléndida, bella, de su cara”.
En la oposición entre el general Pedro Eugenio Aramburu y su asesino, el montonero Fernando Abal Medina, Feinmann construye un mapa de las tensiones políticas del poder con la remota, y al mismo tiempo cercana, figura de Perón en el centro. Para darle aún más complejidad, Feinmann destaca el carácter católico de los dos protagonistas y registra las dudas, los debates y las certezas que una dogmática fe religiosa va tallando en las horas finales de Aramburu como ser de carne y hueso y de Abal Medina como católico “puro”, no contaminado por la ruptura del precepto “No mataras”. Cuando Abal Medina apreta el gatillo, tiene delante de él a un militar torturador y acomodaticio pero también, en definitiva, a un viejo indefenso al que han mantenido atado durante tres días y al que no han torturado porque “la Organización no tortura”.
Como pulso de esta sólida novela política (género no necesariamente reconocido por la crítica y que permite textos que van desde el simple panfleto a la más lograda ficción), Timote ofrece la mejor prosa de Feinmann, la que ya aparece expuesta en sus primeras novelas y que se vuelve marca característica en sus artículos filosóficos y notas escritas para medios de prensa; una prosa mordaz en ocasiones, dura y cortante en otras y siempre certera como cuando escribe: “Las estatuas se levantan para que las caguen las palomas. Pero si las palomas no cagan a los muertos es porque están bajo tierra, olvidados para toda la eternidad. El tipo al que le levantan una estatua, siempre está de cara al sol. La lluvia lo moja. El calor lo hace arder. Cada aniversario alguien lee algo sobre él. Otro lo contradice. Hasta puede suceder que se agarren a las trompadas. Que se puteen fieramente. ¡Fue un canalla! ¡Fue un patriota! ¡Un hombre honesto! ¡Un asesino! ¡Un demócrata! ¡Un hijo de puta! Está vivo. El bronce lo hace eterno. Todos buscamos el poder, buscamos la gloria para eso. Se vive para ser inmortal".
Ni Aramburu ni Abal Medina alcanzaron el bronce y demostraron, con sus muertes violentas, su inefable mortalidad. José Pablo Feinmann los ha rescatado de la Historia y los ha hecho vivir entre las páginas de un libro que es, en definitiva, una forma precisa de desafiar al tiempo y al olvido.
.

(*) - Publicado originalmente en LA ONDA Digital (Nº 439, 25/05/2009)

martes, 19 de mayo de 2009

El último amanecer de B. Traven


“¿Qué es el mundo? ¿Qué es la tierra donde solemos vivir? Ha desaparecido… ¿A dónde se ha ido la humanidad? Estoy solo aquí, no existe un paraíso encima de mí, sólo hay oscuridad. Estoy en otro planeta, del cual nunca más regresaré para ver a mi gente. Me temo que nunca más veré de nuevo los prados verdes, nunca de nuevo la ondulación de los trigales, nunca de nuevo, me temo, vagaré a través de los bosques y los derredores de los lagos de Wisconsin, nunca más, me temo, recorreré las planicies de Texas y respiraré el aire de los desolados ranchos de cabras, no puedo regresar a la tierra, mi verdadera madre, y nunca más, me temo, veré un amanecer. Estoy junto a criaturas que desconozco, que no hablan mi lengua, y cuyas mentes y almas nunca podré comprender" - B. TRAVEN
.
.
Adhesión de ASUNTO LITERARIO al "Año Internacional Traven"

viernes, 8 de mayo de 2009

El escritor más oculto (*)

PRIMERO
De todos los misterios que rodean a la Literatura, un capítulo especial (por su complejidad y su riqueza) merece la Literatura Mexicana. Y especialmente, la que conforman aquellos autores extranjeros que escribieron sobre México, que adoptaron su suelo y sus misterios como propios o que se mimetizaron de tal forma con su pasado y sus costumbres que leerlos no provoca el temor al cliché o el lugar común; escritores extranjeros que escribieron sobre México con respeto y conocimiento, no con la mirada puesta en la guía Michelin o las bondades del paquete turístico. Graham Greene, D. H. Lawrence y Malcom Lowry son tres ejemplos reconocidos por el alcance de su obra y los sitiales (opuestos sin enfrentarse) que ocupan dentro de la Literatura.Con El Poder y la Gloria, Graham Greene construye un personaje tan poderoso que amenaza con tragarse la propia trama del libro; su sacerdote perseguido en el infierno de las selvas mexicanas es un bosquejo ante ese magnífico estudio político, cultural y demográfico llamado Caminos sin ley. En ese libro fundamental, a medio camino entre el diario de viaje y la crónica periodística, Greene observa a México y termina constatando una imponente realidad: la imposibilidad de entenderlo.En La serpiente emplumada, D. H. Lawrence dispone de todos los elementos para convertir su libro en una aberración pseudofolklórica: las amplias haciendas, los toros, el machote mexicano, los sombreros charros, etc. Pero es la potencia de la pluma de Lawrence lo que evita hundir a sus personajes en el color local y el pintoresquismo para ofrecer un México salvaje, un resabio anterior a la llegada de Hernán Cortés que se palpita a lo largo de todo el libro. La historia, claro está, transcurre en el siglo XX.En Bajo el volcán, Malcom Lowry escribe la novela sobre el infierno mexicano y da un paso más en la senda de los textos de Graham Greene. En su libro, Lowry ve a México a partir del Día de los Muertos; un viaje al corazón de los temores religiosos y a los demonios del alcohol a través de uno de los personajes más contundentes de la novelística del pasado siglo: el Cónsul Geoffrey Firmin. En definitiva, grandes escritores escribiendo bajo el influjo de un país misterioso, tan ecléctico política, social y culturalmente como, seguramente, son todos los países del mundo. Pero a la hora de leer a México desde los ojos de un foráneo, ninguna pluma iguala a la de Bruno Traven.

SEGUNDO
Bruno Traven, alias Hermann Albert Otto Max Feige, alias Traven Torsvan, alias Ret Marut , alias Hal Croves. Alias the man who wasn't there. Un misterio blindado en el corazón del suelo mexicano, un secreto tan bien guardado que cientos de investigadores golpean sus cabezas contra las paredes de sus estudios sin poder apresarlo, sin poder sujetar sus datos biográficos con la equivalente existencia de un ser de carne y hueso. Exceptuando su primera novela – El barco de la muerte – todas las obras de Traven se desarrollan en México. Sus protagonistas pueden ser codiciosos buscadores de oro atravesando la selva a lomo de mula (El Tesoro de la Sierra Madre), viejos indios en conflicto con magnates petroleros (La Rosa Blanca) o gringos que viven entre indios mexicanos como antropólogos que olvidaron su cometido (Puente en la selva). Todas las biografías que lo refieren hablan de un sujeto nacido en Alemania en 1882 y muerto en México en 1969. Desde las reseñas que circulan por Internet hasta el libro que le dedicó Gerd Heideman (quien ocupó parte de su vida en estudiar a Traven), el autor enamorado de México se diluye en una maraña de imprecisiones, ausencia de datos o, al revés, superabundancia de los mismos que, en muchos casos, confunden fechas, lugares y datos históricos volviendo al propio biografiado en un ente mucho más fantasmal. (Heideman supuestamente lo entrevistó, entró a su casa y lo grabó durante horas pero su testimonio tiende a volverse dudoso cuando uno se entera que, muchos años después, el mismo Heideman le vendió a la importante revista alemana Stern, unos diarios de Hitler queresultaronserfalsos)La única forma de leer a Traven en español es a través de la vieja Compañía General de Ediciones S. A., concretamente, dentro de su colección ‘Ideas, Letras y Vida’. Esa magnífica colección de libros con soberbias tapas de color marrón y texto negro, supo publicar (a principios de la década del cincuenta) la casi totalidad de la obra novelística de Traven. Obviamente, la forma de localizar éstos ejemplares es a través de un trabajo arqueológico en librerías de viejo y con el añadido de una serie de factores: la ignorancia del librero, la piedad del polvo y la humedad, la paciencia del comprador para, posteriormente, entregarse a un trabajo de rearmado del ejemplar que incluya el uso de plumero, pegamento y una cubierta de nylon (esta última se puede comprar o improvisar de forma casera). Una vez cumplida esa parte del proceso, el lector está en condiciones de abrir el tomo y cautivarse con la contundencia de un párrafo como éste:“Los harapos eran regalados a quienes los mendigaban. En este mundo no hay pantalón, camisa o par de zapatos lo bastante viejos para que no exista algún ser humano que al verlos exclame: “Démelos; mire usted como ando. ¡Muchas gracias, señor!” La existencia de un hombre pobre va acompañada siempre de la de uno más pobre aún.”La posibilidad de leer a Traven en español (el escritor utilizó su lengua materna, el alemán, para desarrollar toda su obra) se le debe a la gestión y dedicación de una única persona. Una mujer. Esperanza López Mateos.

TERCERO
Esperanza López Mateos fue hermana del presidente mexicano Adolfo López Mateos y prima del director cinematográfico Gabriel Figueroa. Mujer de increíble cultura, Esperanza López Mateos fue una de las primeras personas en interesarse en la obra de Traven. Algunas crónicas sitúan su primer encuentro en 1941, en un pueblo de Michoacán. Esperanza López Mateos tradujo, por su cuenta y sin conocimiento de Traven, su novela Puente en la selva. Aparentemente, el escritor se maravilló con su trabajo y, desde ese momento, Esperanza López Mateos se convirtió en una suerte de secretaria a distancia, traductora oficial de toda su obra y su representante (la cara visible de Traven para negociar sus regalías, atender a los periodistas y defender sus derechos de autor en las peligrosas junglas del mundo editorial). También habría sido ella la responsable de presentarle a John Huston (quien se encontraba en México rodando su adaptación de la novela de Traven El tesoro de la Sierra Madre) a un tal Hal Corves, una especie de asesor en asuntos mexicanos. El enigmático Corves habría acompañado a Huston y su equipo durante todo el rodaje no siendo otro que el mismísimo Traven. Como sea, fue gracias a Esperanza López Mateos que Bruno Traven fue volcado al español donde cosechó a su mayor franja de adeptos; lectores tan dispares como responsables de publicaciones de alta cultura hasta indios semianalfabetos de Centroamérica. Ahora bien, en octubre de 1951 Esperanza López Mateos se suicidó. Su muerte fue llorada y su nombre homenajeado por toda la nación mexicana y el propio Traven se volvió más ilocalizable al desaparecer de la tierra la persona que oficiaba como nexo con su público. La teoría más disparatada - aunque tratándose de Traven y su casi fantasmagórica biografía, se constituye en una de las lecturas más evidentes – es la que sostiene que nunca existió un escritor alemán que, un buen día, decidió emigrar a México y adoptar al país como su patria definitiva. No hubo viaje en barco, ni pasaporte, ni casa construida entre las sierras, ni obra escrita en alemán para luego ser traducida al español. Según ésta teoría, Bruno Traven no sería otro que Esperanza López Mateos, la eficaz y erudita traductora a quien se le debe, entre otras cosas, esas bonitas ediciones de la Compañía General de Ediciones S. A que, al levantarlas del estante, parecen querer desintegrarse entre los dedos como los filamentos en el ala de una mariposa.Ahora que todos los protagonistas de esta historia están muertos y enterrados entre toneladas de papel impreso, fragmentos de recuerdos traicioneros y el impasible y triunfante paso de los años, sólo le queda a la Literatura develar éstos misterios. O enterrarlos como esos tesoros – o fantasmas de tesoros – escondidos en las entrañas del dormido monstruo del Tiempo.

________

(*)- Publicado en La Onda Digital (Nº 433), el 14/04/2009 y reproducido, con autorización, en Hoy Canelones (07/05/2009)

martes, 28 de abril de 2009

Obituario: J.G. Ballard (*)



El pasado domingo 19 falleció, a los 78 años, víctima de un cáncer de próstata, el escritor inglés James G. Ballard. Autor de culto y, al mismo tiempo, masivamente leído, Ballard edificó una sólida obra que se presenta fundamental para entender ciertas claves de nuestro presente y del inalcanzable y cercano futuro.

Su nombre sonó varias veces para el Premio Nobel de Literatura pero en Estocolmo hicieron oídos sordos u ojos ciegos a su prosa magistral y a su visión apocalíptica del tiempo en que le tocó vivir.

Influyó a innumerable cantidad de artistas, no solamente a escritores. Su estela puede detectarse en las páginas de Chuck Palahniuk y Martin Amis, en las imágenes de David Cronenberg y Steven Spielberg y en las construcciones sonoras de Brian Eno y John Cale, entre otros.

Provocó otro diluvio – el definitivo – con El mundo sumergido (1963), una novela donde uno de los cuatro elementos se convierte en regla para medir la condición humana y en detonador de lo mejor y lo peor de sus personajes. También hizo desaparecer a los Estados Unidos en Hola América (1981), obligando a un puñado de exploradores a recorrer los estados contenidos entre el océano Atlántico y el Pacífico asistendo a los estragos de nuestro actual modo de vida. Describió una nueva variante sexual – Crash (1973) - y patinó de lo lindo al edificar un argumento donde la perversión le gana a la creación. Contó su infancia en la conflictiva Shangai de los años treinta en la soberbia novela autobiográfica El imperio del sol (1984) y su compleja y, entrañable en ocasiones y problemáticas en otras, relación con el sexo femenino en La bondad de las mujeres (1991), quizas su texto más logrado. Escribió su peor novela, Fuga al paraíso (1996) como reflejo de la ascendente problemática ecológica a nivel mundial y comenzó, a partir de esta obra, una espiral descendente donde la fuerza de sus libros anteriores se fue perdiendo entre los misterios que pueblan una sofisticada urbanización para nuevos ricos (Super-Cannes), el mesianismo y el culto a la violencia de Milenio Negro (2003) y los estragos de la última fase del consumismo de Bienvenidos a Metro-Centre (2006). Pero, justo es decirlo, en el 2001 ordenó su antología de cuentos,uno de los libros fiundamentales de la ficción breve de las décadas pasadas donde, entre una acumulación de grandes textos, pueden leerse (o releerse) gemas como “Las voces del tiempo”, “El hombre del piso 99” o “Pasaporte a la eternidad”.

Pateó el tablero de la ciencia ficción establecida y también de la variante avan- garde, al deslindarse del núcleo duro del género (El huracán cósmico, su primera novela de 1962, es la que más se acerca) y de la versión “más filosófica”, al definir a sus historias como “hechos que no tienen lugar en el futuro sino en una especie de presente visionario”.

Habitó, por décadas, el mismo chalet desvencijado en los suburbios de Shepperton, rodeado de plantas y de libros, sin dignarse a pasar la aspiradora “desde 1960”. Allí, en su, suponemos, espaciosa biblioteca, redactó sus ficciones a mano, sin sombra de computadora y hablando pestes de internet.

En Hola América, Wayne, el protagonista, recorre una Nueva York desolada, donde los edificios se alzan vacíos entre las montañas y donde la Estatua de la Libertad yace en las aguas del Atlántico como un símbolo de la muerte definitiva de los sueños de toda la sociedad. La Nueva York que ve Wayne, la ciudad por la que camina sin rastros de presencia humana, está poblada por reptiles, como una inversión o representación actualizada de lo que debió ser la alborada del mundo, antes de la irrupción del homo habilis. Los reptiles que ahora habitan al tierra, entre los restos edilicios de una ciudad abandonada, han adoptado – en la visión ballardiana – las características de los hombres: “En todas partes había vida desértica, secreta pero abundante. Los escorpiones se retorcían como ejecutivos nerviosos en las ventanas de las antiguas agencias de publicidad. Una serpiente que tomaba el sol en la puerta de una editorial se detuvo a observar a Wayne y luego se desenroscó en la sombra, esperando pacientemente entre los escritorios como un editor implacable. Había serpientes en las agencias de actores, sacudiendo los cótalos como si censuraran a Wayne por una prueba de actuación insuficiente”.

Nadie como J.G. Ballard registró nuestro inquietante presente con una pluma a medio camino entre el documental exhaustivo y el Aocalipsis de San Juan, nadie como J.G. Ballard, en definitiva, para detectar nuestra lenta e inexorable mutación de seres humanos en reptiles.
_________
(*) - Publicado originalmente en La Onda Digital (Nº 435), el 28 de abril de 2009.

domingo, 12 de abril de 2009

Lejos del bronce


Cuando muere un poeta, otros poetas se dedican a exaltar el nombre y la obra del difunto, generalmente con palabras llenas de pomposidad, que pretenden el bronce y la aparente eternidad del Parnaso. Los adjetivos se reptiten y también las frases como "Vivirá en el alma del pueblo", "Sus versos seguirán alumbrando el porvenir", etc. La escena se reproduce ante la tumba, en notas de prensa y, obviamente, en otros poemas. Cuando el escritor canario Javier de Viana falleció en 1926, su paisano Braulio Césaro escribió el poema "El Charrúa", donde, para homenajear a quien acababa de partir, se vale de un recurso lejano al bronce y la pomposidad. Césaro presenta el luto instalado en el campo por la muerte de Viana y evoca su figura a través de una pequeña historia campesina. Ante la imposibilidad de encontrar el texto original, recurrimos a la siguiente transcripción realizada por Lauro Bentancor.

EL CHARRÚA

Callaron los federales,
se entristeció el canelón,
se queja el sauce llorón,
se inundan los pajonales.
Los grandes tembladerales
también se han embravecido,
un sabiá dejó su nido
porque un zorzal de mañana
gritó que a Javier de Viana
la Parca lo había vencido.

El chingolo ni el hornero,
la calandria ni la urraca,
ya ninguno se destaca
como en mañanas de enero.
Ya no anida el carpintero
en palos del telefón
porque ha caído el campeón
de nuestra selva frondosa
y hoy sólo vive en las prosas
del campesino fogón.

Ya no cruza los rastrojos
en su flete y con orgullo,
el autor del libro 'Yuyos',
de 'Gaucha', 'Gurí' y 'Abrojos'.
Sólo quedaron despojos
de la vieja tradición;
como sería la impresión
que le causó al paisanaje
que cuentan que hay un paraje
que siempre ven su visión.

Trsite está la paisanada
y suele contar la gente
que hay noches en que se siente
aullar tuita la perrada.
Dicen que una madrugada,
al desuñir los carreros
largaron los delanteros
para verdiar un ratito
cuando sintieron el grito:
"Cuidao con los pertigueros".

Uno de ellos, sin recelo,
cuando ese grito sintió
al punto se persignó,
dijo "Dios lo lleve ela cielo".
De la bombacha un pañuelo
el más anciano sacó,
las lágrimas se secó
y al empinar la carreta
dijo "Ese grito es de un poeta
sus libros he leído yo".
.
Después de haber amarguiado
arrimaron la boyada,
para emprender la jornada
el viejo un cuento ha empezado
de un libro que había estudiado
hecho por un gran talento
y en ese mismo momento
sintió un peso en la picana,
y era la visión de Viana
que venía a escuchar el cuento.

viernes, 10 de abril de 2009

Releyendo a Nabokov (1): Sebastian Knight


Todas las grandezas y miserias de la creación literaria están reunidas -ensambladas- en esta novela que el gran maestro ruso publicara en 1941. El personaje narrador, V, quiere reconstruir la vida de su difunto hermanastro a traves de la obra de éste y, para ello, bucea en una existencia signada por factores como el amor enfermizo a una mujer, el dolor intenso del compromiso literario y la presencia inevitable de la muerte. Lo que escribe -lo que leemos- no es una biografía a secas sino la visión que de un muerto escribe un ser querido y que va perdiendo, conforme pasan las páginas, su propio centro en el relato, en la obra y en la vida del biografiado. El inicio del libro revela la clave latente en casi toda la prosa nabokoviana, esto es, el juego o el falso carácter lúdico, desafiante para con el lector, con que el Ruso Mayor se valía para presentar sus ficciones. A continuación, el parrafo inicial de La verdadera vida de Sebastián Knight, en traducción de Enrique Pezzoni:


"Sebastián Knight nació el 31 de diciembre de 1899 en la antigua capital de mi patria. Una vieja dama rusa me mostró una vez, en París -suplicándome, por algún misterioso motivo, que no divulgara su nombre-, un diario que había llevado en el pasado.Tan ocres (en apariencia) habían sido esos años, que los detalles recogidos día tras día (¡pobre método de alcanzar la perduración!) apenas iban más allá de un sucinto informe sobre las condiciones climatológicas. En ese sentido, es curioso observar que los diarios personales de los reyes -por más conmociones que sacudan sus reinos- tienen ese motivo como preocupación escencial. Así es la suerte: en esa ocasión se me ofreció algo cuyas huellas nunca hubiera seguido, de haber tenido que planear yo mismo la cacería. Estoy, pues, en condiciones de afirmar que la mañana en que nació Sebastian Knight no soplaba viento, la temperatura era de doce grados (Réaumur) bajo cero... y esto es cuanto la buena dama juzgó digno rememorar. A decir verdad, no encuentro ninguna razón valedera para mantener su anonimato. Me parece harto improbable que lea alguna vez este libro. Su nombre era y es Olga Olegovna Orlova: ¿no habría sido una pena omitir esa aliteración ovoide?"...