viernes, 9 de diciembre de 2016

Las Brujas, junio de 1979


Al atravesar el patio que lo lleva desde la casa al galpón, siente el crudo viento de invierno que viene desde el suroeste. Llega desde las hondonadas de Las Brujas, desde la arenosa costa del Río Santa Lucía, más allá de los campos dormidos en la oscuridad de la noche, dejando atrás a un cielo sin estrellas y al ganado inquieto en los potreros.
El hombre atraviesa el portón guiándose por la débil llama del farol, de continuo atacada por los golpes de viento que se filtran entre las chapas. Allá, en el fondo, su padre ordeña la última vaca. La posición del cuerpo sobre el banco de madera y el movimiento de las manos alrededor del balde revelan el dominio absoluto de la labor. El hombre avanza hacia su padre y lo ayuda con el tarro de leche.
¿Cómo está?, pregunta el más viejo.
Ahora se durmió. Parece que está más tranquila, responde.
Mejor así.
Entre los dos llevan el tarro hacia la salida del galpón. Al cobijo de una vieja pared de bloques está el caballo con el carro prendido y con otro tarro de leche encima. El más joven sube al carro, acomoda y ata la carga en un único movimiento. Luego, toma las riendas y se sienta sobre los mismos tarros antes de hacer avanzar al caballo.
Andá despacio, le dice su padre, mirá que se larga a llover en cualquier momento.
El hombre sobre el carro asiente, contempla por unos segundos el manto de nubes que avanza desde la costa y apura al caballo. Atraviesa el patio, pasa junto a la casa y sale al camino.
Está abriendo la portera cuando caen las primeras gotas. Pausadas, con desgano al principio, pronto se convierten en un chaparrón cerrado que hiende el aire por sobre el ruido del viento. El hombre golpea con las riendas el lomo del caballo y emprende el viaje carretera arriba. La lluvia, al darle de costado en el rostro, lo hace volverse hacia la izquierda. Como todas las noches, ve la luz de un candil en el rancho de Santos Pontón.
El caballo ahoga un bufido cuando atraviesa el puente sobre el arroyo. Las pesadas gotas del chaparrón provocan un ruido seco, cortante, al dar de lleno sobre el agua estancada. Sobre el carro, el hombre se acomoda encima de los tarros y, sin soltar las riendas, se arregla el abrigo. La lluvia inicial le ha dado paso a un aguacero persistente que el viento de la costa barre con fuerza. Allá adelante, en la curva del camino, el faro de una moto comienza a agrandarse hasta que máquina y conductor son visibles entre la cortina de lluvia. El de la moto saluda con la mano al pasar junto al carro y el hombre devuelve el gesto alzando las riendas por encima de la cabeza.
Como todas las noches, los perros de Baccino le ladran al paso del carro. El viento y la lluvia no los doblega y sus ladridos, que bajo el ruido del agua parecen querer ahogarse, sobresalen por momentos hasta que de golpe se apagan.
El hombre sobre el carro siente cómo el agua moja el frente del pantalón y se desliza por las piernas hasta detenerse en las ligazones que le provocan las botas. Es tanto lo que se ha mojado en sus treinta y dos años –tropeando ganado, rejuntando a las vacas para ordeñarlas, realizando este mismo viaje nocturno en el carro tirado por el caballo– que ya no lo sorprende esta dura lluvia que cae. Lo inquieta, sí, lo que pasará en los días próximos, mañana o esta misma noche. Al tomar la primera curva de la carretera piensa en ella y al imaginarse al que está por venir, sonríe.
Ahora la lluvia le da en la espalda y se desliza por el rotoso pilot que parece una capa. Las gotas producen pequeños estampidos sobre los tarros de leche. El hombre cede un poco la presión de las riendas y el caballo afloja apenas la marcha, levantando la cabeza. Algunos días atrás ha descubierto a la yegua tostada que recorre con andar lento el potrero de Aníbal Cernada. El hombre vuelve a sonreír. Al tomar la segunda curva, se aclara la voz y canta.

Es de noche, pasa
rezongando el viento
que duebla los sauces
cuasi contra el suelo.
Y en el fondo oscuro
de mi rancho viejo
tirao sobre el catre
de lecho de tientos
aguanto las horas
que han de tráirme el sueño.
Y las horas pasan,
y yo no me duermo,
ni duerme en la costa
del bañao el tero,
que ocasiones grita
no sé qué lamento
que el chajá repite
dende allá muy lejos…
¡Pucha que son largas
las noches de invierno!

Deja de cantar cuando los perros de doña Ana, en un desparejo coro emanado de la lluvia y de las sombras, elevan hacia el aire sus ladridos, mezcla de recelo y tristeza. El hombre les gritaría un “fuira”, como hizo las primeras veces, pero siente que sería un acto sin sentido. Los perros parecen entender su pensamiento porque se callan de golpe. Pese a la lluvia que cae de frente, el hombre atisba hacia la silueta ominosa que conforman la casa y los árboles que la rodean. Que triste es una casa sin gurises, piensa, y vuelve a sonreír al imaginarse al que está por llegar.
Está enderezando el caballo sobre el terraplén al final de la carretera, cuando el camión lechero toma la curva de lo Peissino. El chofer baja las luces que, atravesando la lluvia que cae de frente, alumbran al caballo detenido en su sitio como una estatua y al hombre parado junto a los dos tarros.
Se largó con todo, saluda el camionero mientras trepa por la baranda con una agilidad aprendida a fuerza de costumbre. Cuando el del camión le alcanza los dos vacíos, el hombre bajo la lluvia eleva el primer tarro lleno. El camionero lo acomoda con los demás y se vuelve para recibir el otro.
Vaya nomás, hombre. Me parece que va a estar así todo el día, dice.
El hombre sobre el carro y bajo la lluvia sonríe. El camionero salta y avanza hacia la cabina. Antes de subir, pregunta:
¿Novedades?
Capaz que viene hoy. Pero no pasa de esta noche, me parece.
¿Nervioso?
¿Qué te parece?
El camionero levanta la mano derecha a modo de despedida, abre la puerta y se cuela en la cabina.
El hombre bajo la lluvia hace girar al caballo y emprende el camino de regreso. Una luz blanquecina, como de leche aguada, comienza a extenderse por detrás de los durazneros y los montes de eucaliptos; una luz pálida que se filtra entre las nubes como pidiendo permiso; una luz de junio invernal y fría como son todas las luces a esta altura del año, es lo que ve el hombre bajo la lluvia cuando regresa en el carro hacia la casa.
Cuando llega ve cómo las vacas que su padre ha soltado tras el ordeñe se refugian de la lluvia en el monte de talas junto al arroyo. Desprende el carro, suelta al caballo junto al ombú y camina hacia la casa.
Se detiene bajo el porche para quitarse las botas y la ropa mojada. Entra. El dormitorio permanece silencioso. La respiración pausada de su esposa le indica que todo está bien. Avanza en puntas de pie, levanta las frazadas y se acuesta. Antes de dormirse, deja que sus manos acaricien la piel que oculta a la criatura que está por venir. Allí dentro, adormecido por la profundidad y el misterio de la vida y sintiendo el calor de las manos de mi padre, yo me aprontaba para salir al mundo.
Martín Bentancor



NOTA 1: Las estrofas que aparecen en el texto pertenecen al poema ‘Insomnio’, de José Alonso y Trelles, El Viejo Pancho.
NOTA 2: Vaya este texto como homenaje a Lauro Bentancor (1947-2009), quien supo ser tambero, alambrador, tractorista, chacarero y una variedad de oficios, y de quien se cumplen hoy siete años de su fallecimiento. 




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