domingo, 28 de septiembre de 2008

Poeta de tierra adentro (*)



Este año, San José celebra el centenario de su poeta más ilustre; un antiguo peón de estancia que, como nadie, describió en sus versos la realidad del hombre de campo, los vastos paisajes del interior uruguayo y, por sobretodo, la misteriosa relación que une al ser humano con la tierra que pisa y las estrellas que contempla.

Wenceslao Varela sabía de miserias y privaciones forjadas en los ranchos de terrón y en los galpones de estancia pero, también, conocía el encanto de esas mansas lluvias de enero cayendo sobre los campos o la sensación de inmensidad que trasmite un cielo profundamente estrellado. Se valió de su pluma para convertir tales sensaciones en versos que sobreviven en el repertorio de eso que algunos llaman “poesía nativa” o “folklore”, rótulos por demás vagos e incapaces de definir una obra. Su condición de hombre del interior, su escasa instrucción y su probada bohemia, lo mantuvieron- y lo mantienen – relegado del canon literario uruguayo. Sus textos no integran antologías de poetas nacionales, sus obras son imposibles de conseguir en librerías céntricas y su nombre suena extraño para los medios de prensa o la Academia. El parnaso local prefiere destacar la obra de poetas más universales y “comprometidos” (hay algunos, cuyos libros expuestos en vidrieras, semejan la exhibición de productos en serie) y, por vía del merchandasing y la sobreexposición, elevar una obra relegando a otras. Esto, que puede sonar a queja, no es más que una mera constatación de una realidad; el propio derrotero bibliográfico de Wenceslao Varela sirve para ilustrarlo sin lugar a dudas.

Los años que Wenceslao Varela le dedicó a la doma de potros y la conducción de bovinos por tortuosos caminos de tropas, no le impidieron forjar una obra tan personal y tan vasta como inútiles fueron los intentos contemporáneos de imitarla. Varela perfeccionó una técnica derivada de los payadores (expuesta en la pluma de bardos como Juan Pedro López, Pelegrino Torres o Héctor Umpiérrez) que consiste en, mediante la narración de una anécdota o relato, describir y analizar el carácter del ser humano. Sus herramientas son las de un narrador (en el sentido literal del término) aunque opte por la composición lírica para desarrollar su creación. Como poeta, Wenceslao Varela abordó desde la décima (composición en diez versos con rima consonante) hasta el soneto (composición de origen italiano distribuida en dos cuartetos y dos tercetos), como es el caso de su obra Noche de Reyes:

Era noche de Reyes, serenatas;
del rastrojo brotaba calor de fuego.
“Si usted me da permiso, patrón, mas luego
Voy a dejar afuera las alpargatas”.

Y al abrirse la aurora del día siguiente
el niño que en la noche soñara tanto,
enjugando en sus ojos tímido llanto,
las levantó vacías, tímidamente,

Y habló el torvo labriego sin ilusiones,
que había arado una vida sin camellones
“Andá, muchacho bobo, traime los gueyes,
que aquí cain comisarios por mas galones
y estancieros que buscan pionas y piones
pero no he visto nunca los santos Reyes”


La difusión que ha tenido su obra (en formato musical) se debe, en gran parte, a la labor de Santiago Chalar (1941-1994) quien supo musicalizar e interpretar varias de sus composiciones(1). La comunión de Wenceslao Varela con el hombre de campo (sus dichos, costumbres, virtudes y defectos) debe ser leída como una suerte de veneración forjada en la cercanía existencial y física a su realidad y no como un rito patriótico y de carácter nacionalista(2). Varela construyó en sus libros (Diez años sobre el recado, Candiles, De mis yuyos, etc) una poética tan personal como imposible de rastrear en la obra de sus predecesores; hurgó en los sentimientos de sus personajes para describirlos en todas sus contradicciones y elaboró detalladas estampas que, tras una aparente economía de recursos, describen toda una vida. Como ilustración de esta cualidad, valga la siguiente estrofa de su extenso poema Una carrera:

Si el diablo hubiera venido
luciendo el poncho escarlata,
pa´ pararlo al pago a plata,
al diablo me hubiera vendido.
Jugador de talla he sido
y no pierdo la cabeza;
y aunque con mucha entereza
soporté muchas topadas,
nunca sentí tan pesada
sobre el alma la pobreza.


La variedad de temas y situaciones que fue construyendo en su obra constituyen originales argumentos de carácter cinematográfico. En Ida, el paisano que viaja al pueblo con la misión de comprar medicamentos para un hijo enfermo, es distraído por un local de apuestas o “timba”, donde apostará hasta el dinero para los remedios. En Fidel, el narrador nos cuenta su tragedia: al despertarse de madrugada sintiendo el ladrido de los perros, descubre a su amigo robando carne y, ante el susto de este, no le queda otra opción que defenderse de su ataque y darle muerte. En Cardozo, Varela describe las proporciones de un incendio que se ha apoderado del campo y al que sólo el coraje de un hombre (considerado un cobarde en la zona) le hará frente. En este poema, como en muchos otros, Wenceslao Varela se vale de una figura constante en su obra: la descripción de fenómenos naturales o entes materiales (vientos, corrientes de agua, ranchos, montes) a través de características humanas; como si en la simbiosis de ambos elementos, el propio concepto de hombre se desdibujara volviéndose aún más extraño al posicionarse sobre la tierra. Un ejemplo de lo anterior es un pasaje de su obra Mi rancho:

Él es bueno de adentro hasta la puerta,
humanitario de la puerta adentro.
Ajuera es otra cosa: punta y filo;
hurañez madurada a sol de invierno.


La vida de Wenceslao Varela refleja una constante evidenciada en varios creadores; el silencio que pareció cubrir su obra tras su muerte (ocurrida el 25 de enero de 1997, exactamente cincuenta y dos años después que otro poeta olvidado, Juan Pedro López) ha sido roto este año en que, su San José natal, lo celebra con recitales, exposiciones y un intento por volver a colocarlo en el mapa del arte y la cultura uruguaya.


(1) – En 1990, Santiago Chalar y Wenceslao Varela grabaron el disco El fogón de Wenceslao Varela, un repaso por varios puntos destacados de la obra del poeta maragato donde, el propio Varela, recita sus versos con envidiable memoria (superaba los ochenta años) mientras que Chalar, con su guitarra, le brinda el marco musical.
(2) – La figura del gaucho se ha prestado a toda suerte de lecturas que van desde la mera caricaturización hasta la conversión de su estampa en una especie de figura legendaria. Así como la burla permite su reducción a un bruto que habla mal y se viste con un ropaje ridículo (visión torpe y por demás ignorante de la moda gauchesca), la elevación mítica lo convierte en una suerte de personaje tradicional. Ambas visiones son peligrosas y terminan desdibujando al fenómeno real: surgido en los albores de la Banda Oriental, el gaucho desaparece con el alambramiento de los campos en las últimas décadas del siglo XlX. Aunque su estirpe sigue viva en el interior del Uruguay (particularmente en la vestimenta, ciertas costumbres campesinas y en la Semana Criolla de la Rural del Prado de Montevideo), nada tienen que ver algunos personajes que visten como gauchos (bombacha, chiripá, rastra y sombrero) pero que llevan celular en el cinto y toman mate auxiliados por un termo. El aggioramiento también tiene sus límites.


(*) - Publicado originalmente en La Onda Digital (Nº 402, 12/08/2008) y reproducido con permiso en Hoy Canelones (18/09/2008)

2 comentarios:

Hebert Zarrizuela dijo...

Notable. Qué poeta ese viejo. El disco con Chalar es un bálsamo que por momentos desgarra.
Saludos.
L.

Martín Bentancor dijo...

Coincido. El disco, además, tiene algo de cercanía, como si hubiera sido grabado en la cocina o bajo el alero, sin ensayo. Un saludo.