miércoles, 16 de junio de 2010

Barón Biza en la red

En el amplio mapa de la literatura argentina, el nombre de Raúl Barón Biza semeja la intrusión de un cerro en un apacible terreno que, por lo extraño de su relieve o por su incómoda posición en la llanura, no ha sido correctamente delimitado por el registro cartográfico. Breve e inclasificable, la obra literaria de Barón Biza ha sido absorbida por la propia vida del escritor; una existencia plagada de excesos, trascendidos y tragedias que lo convierten en uno de los autores más excéntricos del siglo XX. Su biografía constituye una auténtica novela pergeñada por una imaginación desbocada, como si cada suceso narrado debiera ser superado con creces para no provocar aburrimiento en el lector. Persecuciones políticas, acusaciones de pornografía, disparatados caprichos millonarios y tortuosas relaciones sentimentales acompañaron a Raúl Barón Biza a lo largo de los años, abonando el terreno para convertirlo en leyenda.
La página web http://www.baronbiza.blogspot.com/ se presenta como “el sitio no oficial de Barón Biza” y es, sin dudas, el mejor homenaje al excéntrico escritor argentino; una suerte de colosal archivo de la obra del autor pero, también, un diálogo con la crítica a esa obra en su tiempo y en la época actual así como una serie de análisis, referencias, homenajes, diatribas y escritos de diverso tenor sobre el autor que escribió aquello de “No necesito tu aplauso, no temo a tu brazo, ni me hace falta tu dinero. Estoy más allá del oro y de la fama

“Tú, crítico literario, hombrecito endeble y de gafas, posiblemente, doctorado en gramática pero aplazado en rebelión y virilidad; tú, maestro en letras y prisionero de la palabra, esclavo del acento; tú, incapaz de crear o destruir el sonido o la forma; tú, lacayo de la Academia y maricón de las comas; tú, incapaz de emitir una idea que no esté supeditada a la regla, tú con alma de santurrona y meretriz. Yo sé por lo que se te puede comprar y con cuanto placer te vendes. Por ello, no te adquiero.” - RAÚL BARÓN BIZA

domingo, 30 de mayo de 2010

Salvaje

Dennis Hopper
(1936-2010)

Algunos preferirán recordarlo como el fotógrafo lisérgico que le da la bienvenida al capitán Willard y sus muchachos en el apartado feudo del coronel Walter Kurtz; otros, más fundacionales, viajarán al antiguo cementerio de Nueva Orleans para seguirlo con su propia cámara entre los imponentes mausoleos; habrá quienes se sumarán al apretado placard de Isabella Rossellini para espiarlo en plena crisis de excitación asmática; o, tal vez, alguien más opte por verlo bajo la piel del más miserable y encantador personaje surgido de la pluma de Patricia Highsmith. ASUNTO LITERARIO despide a Dennis Hopper con sus líneas finales en la película True Romance, escrita por Quentin Tarantino y dirigida por Tony Scott. El ahora finado Hopper muere allí a manos del mafioso Coccoti, interpretado por Christopher Walken, luego de negarse a descubrir el paradero de su hijo. La escena ha sido homenajeada, parodiada y analizada en decenas de lugares por lo que citarla acá es, seguramente, innecesario. Hay en esta composición de Hopper como el veterano policía Clifford Worley algo que trasciende al texto de Tarantino y que se erige como la marca actoral Hopper, una mezcla precisa, que por momentos parece involuntaria, entre el descontrol y la sublimidad.

Clifford Worley: You're Sicilian, huh?
Coccotti: Yeah, Sicilian.
Clifford Worley: Ya know, I read a lot. Especially about things... about history. I find that shit fascinating. Here's a fact I don't know whether you know or not. Sicilians were spawned by niggers.
Coccotti: Come again?
Clifford Worley: It's a fact. Yeah. You see, uh, Sicilians have, uh, black blood pumpin' through their hearts. Hey, no, if eh, if eh, if you don't believe me, uh, you can look it up. Hundreds and hundreds of years ago, uh, you see, uh, the Moors conquered Sicily. And the Moors are niggers.
Coccotti: Yes...
Clifford Worley: So you see, way back then, uh, Sicilians were like, uh, wops from Northern Italy. Ah, they all had blonde hair and blue eyes, but, uh, well, then the Moors moved in there, and uh, well, they changed the whole country. They did so much fuckin' with Sicilian women, huh? That they changed the whole bloodline forever. That's why blonde hair and blue eyes became black hair and dark skin. You know, it's absolutely amazing to me to think that to this day, hundreds of years later, that, uh, that Sicilians still carry that nigger gene. Now this...
[Coccotti busts out laughing]
Clifford Worley: No, I'm, no, I'm quoting... history. It's written. It's a fact, it's written.
Coccotti: [laughing] I love this guy.
Clifford Worley: Your ancestors are niggers. Uh-huh.
[Starts laughing, too]
Clifford Worley: Hey. Yeah. And, and your great-great-great-great grandmother fucked a nigger, ho, ho, yeah, and she had a half-nigger kid... now, if that's a fact, tell me, am I lying? 'Cause you, you're part eggplant.
[All laugh]

martes, 25 de mayo de 2010

Carlos Franqui, último adiós a Cuba

Al igual que su amigo Guillermo Cabrera Infante, Carlos Franqui conoció a la revolución cubana desde dentro y, como aquel, pasó de la algarabía al repudio al ver de primera mano el accionar del dictador Fidel Castro al hacerse con el poder. Al morir, la semana pasada en Puerto Rico, varios diarios encabezaron sus obituarios definiéndolo como “el intelectual disidente más importante que aún vivía", extraño honor que compartió hasta el 2005 con Cabrera Infante. Hombre por demás culto – en esa acepción que ata a la alta cultura con la cultura popular – es autor de un puñado de libros heterogéneos temáticamente (arte, pintura, poesía, la Revolución) pero homogéneamente Franqui, esto es, escritos con la visión y el pulso de un hombre comprometido con cada una de sus causas y sus pasiones.
En el ensayo “Un retrato familiar”, incluido por Guillermo Cabrera Infante en su libro Mea Cuba, el autor de Tres tristes tigres, realiza una suerte de progresión biográfica de Carlos Franqui, una síntesis entre su sentir revolucionario al bajar de las sierras y su nacimiento como escritor (lo que no deja de ser otro bautismo de fuego revolucionario):
“Carlos Franqui es uno de esos raros casos de un revolucionario que decide (o es impelido por la inercia política) convertirse en escritor. Franqui que era moroso (o cauto) hasta para responder una carta desde el poder. Tiene antecedentes ilustres sin embargo. Uno de ellos, el más eminente, es Trotski, salvando las distancias parciales y la cabeza entera. Franqui, al revés de Trotski, ingresó desde joven en el partido comunista cubano y sin ninguna vacilación. Por su edad debía militar en la Juventud Comunista, pero era entusiasta y por lo tanto útil a la causa. Pobre de nacimiento, campesino de solemnidad que no pudo gozar siquiera el privilegio de una ciudad cercana o de un pueblo de campo, Franqui era lo que se llama en Cuba un guajiro macho, un montuno, un campesino remoto. Pero tuvo la suerte de que lo encontrara una maestra extraordinaria, Melania Cobo, que era negra como su nombre y con completa cultura: uno de sus hijos llegó a ser un notable crítico musical en La Habana. Melania Cobo le sembró a Franqui la semilla del interés por la cultura bien temprano, como para que creciera con la inquietud política que Franqui llevaba ya adentro cuando Fidel Castro era todavía un aprendiz de jesuita. La tenacidad heroica del padre salva a Franqui niño de la muerte inminente de un apéndice reventado corriendo leguas al galope desesperado de un mal caballo hasta el hospital de emergencia en la ciudad. Desde entonces, con el mismo callado heroísmo, Franqui ha ido salvando su propia vida espiritual y física. La vida física ha tenido que ponerla demasiadas veces en peligro por su fe en dos o tres ideas que son todo menos contradictorias. Su vida intelectual ha colocado al hombre en múltiples situaciones azarosas. Decir cómo Franqui ha franqueado estos obstáculos en oposición llenaría un tomo – que su modestia, estoy seguro, impediría completar”.

Muerto a los ochenta y nueve años, Carlos Franqui no contó con la vida suficiente para volver a recorrer la desolada provincia de Villa Clara ni para pasear por el Malecón de La Habana junto a Cabrera Infante difunto. En algún lugar de la vieja ciudad que fundara don Diego Velázquez de Cuéllar, el demonio barbudo – aparentemente eterno – se restriega las manos y enciende un habano de ciento cincuenta dólares.

Nota a las fotos
1-2 – La famosa foto de Carlos Franqui con Fidel Castro. En la foto ubicada a la derecha (publicada por Revolución en 1962) puede verse a Carlos Franqui, al fondo. En la foto ubicada a la izquierda (publicada por Granma en 1973) y aplicando el más burdo (pero no por ello menos efectivo) proceso estalinista, Franqui ha desaparecido.
3 – Carlos Franqui en la senectud.

martes, 18 de mayo de 2010

Profesor Nabokov (II)

Sin la profundidad espacio-temporal (en el sentido más literal del término) que desmonta una y otra vez el concepto de ucronía en Ada o el ardor, ni la contundencia literaria para atar en un único texto a la novela policial, el repertorio épico y la exégesis textual en Pálido Fuego, ni, ya que estamos, con la maestría y sutileza demostrada para contar la calentura de un veterano profesor por la hija adolescente de su casera en Lolita, Vladimir Nabokov logró en Pnin (1957) algunas de sus mejores páginas.
Escrita en inglés, luego del éxito millonario que le significó Lolita y poco antes de publicar la imponente saga incestuosa de los hermanos Van Veen y Ada, Nabokov dio a conocer esta novela pequeña, fragmentada y fugaz, donde el argumento se desdibuja gradualmente ante la fuerza del personaje central, Timofey Pavlovich Pnin, un profesor ruso que debió salir pitando de su patria ante el avance comunista y que se dedica a dar clases de literatura en una oscura Universidad del medioeste estadounidense. De más está decir que Nabokov construye a Pnin con sus propias vivencias como profesor en la Cornell University y con años de observación tenaz del estamento académico que lo rodeaba.
Pnin, que lleva diez años enseñando literatura rusa a un grupo de estudiantes excepcionalmente ineptos, siente sobre sus huesos no solamente el paso de los años (y el peso de sus kilos) sino también el desgaste propio de la actividad docente:

“Había comenzado el trimestre de otoño de 1954. Otra vez el cuello de mármol de la vulgar Venus del vestíbulo de la Facultad de Humanidades apareció teñido con un lápiz labial para hacer creer que había sido besado. De nuevo el periódico Waindell Recorder comentó el Problema del Estacionamiento de los Automóviles. De nuevo, en los márgenes de los libros de la Biblioteca, los diligentes novatos escribieron glosas tan útiles como ‘Descripción de la naturaleza’ o ‘Ironía’, y en una preciosa edición de los poemas de Mallarmé, un estudiantillo aventajado ya había subrayado, con tinta violeta, la difícil palabra ‘oiseaux’, garabateando arriba ‘pájaros’…
… Los departamentos de literatura proseguían trabajando bajo la impresión de que Stendhal, Galsworthy, Dreisser y Mann eran grandes escritores. Palabras prefabricadas como ‘conflicto’ y ‘boceto’ seguían de moda. Como siempre, profesores estériles trataban, con éxito, de ‘crear’ comentando los libros de colegas más fértiles…
… Dos características interesantes distinguían a Blorenge, Director del Departamento de Literatura y Lengua Francesa: le disgustaba la literatura y no dominaba el francés…Dictaba un curso titulado ‘Grandes Franceses’, cuyos apuntes hiciera copiar por su secretaria de una colección de The Hastings Historical and Philosophical Magazine, 1892-94, descubierta en una buhardilla y que no estaba clasificada en la Biblioteca de la Universidad…”

lunes, 26 de abril de 2010

J. Rodolfo Wilcock, atento lector

En su libro Hechos Inquietantes, Juan Rodolfo Wilcock –poeta en español, prosista en italiano- se dedicó a registrar una sucesión de artículos “raros” extraídos de la prensa diaria de una gran cantidad de periódicos, fundamentalmente europeos. Con afán de coleccionista pero con artes de comentador, Wilcock compiló el muestrario en este libro único, inclasificable, la típica pieza que los libreros no saben dónde ubicar en sus estantes, optando por relegarlo a la sección “Varios” (ASUNTO LITERARIO recomienda fervientemente la visita de esas secciones, rincones edilicios donde moran las ratas y el polvo, además de los inclasificables).
Cada breve entrada de Hechos Inquietantes puede provenir de la sección dominical de un periódico romano como del suplemento científico de un pasquín barrial de España. El culto de la moda, la presencia de vida extraterrestre, las nuevas corrientes musicales, la escritura como profesión y hasta las propias miserias del periodismo se dan cita en esta obra de Wilcock, un autor de por sí inclasificable si nos atenemos a ese retrógrado, naftaliniano, concepto literario. Sobre este punto, Wilcock se inscribe en una gran tradición de prosistas, otra vez, fundamentalmente europeos, que tienen su inicio (arbitrario, claro está) en los ensayos de Alfred Döblin y concluye (elevado al paroxismo) en la sección más radical de la obra de Robbe-Grillet. El propio Wilcock sentó escuela. Su libro La sinagoga de los iconoclastas, por ejemplo, es un claro antecedente de La literatura nazi en América, del consagrado Roberto Bolaño. Las increíbles biografías de científicos e inventores que Wilcock recopila en la que, quizas, sea su mejor obra, es una suerte de abuelo genial y genuino de las biografías literarias de escritores infames craneadas por el chileno. El mismo Bolaño, que siempre reconoció sus influencias (otro término hoy día relegado por la Academia al ámbito de la Prehistoria), destaca en La sinagoga el particular humor de Wilcock: “La prosa de Wilcock, metódica, siempre certera, discreta aunque trate temas escabrosos o desmesurados, tiende hacia la comprensión y el perdón, nunca hacia el rencor. De su humor (pues La Sinagoga de los iconoclastas es esencialmente una obra humorística) no se salva nadie".

Traducciones modernas (*)
En ciertos ambientes universitarios de los Estados Unidos se ha puesto de moda y traducir los clásicos latinos como hizo Ezra Pound con Propercio, pero mucho más libremente. Un ejemplo reciente lo encontramos en las Poesías Completas de Cayo Valerio Catulo, traducidas por Frank O. Copley y publicadas por la Universidad de Michigan. Copley observa en su prefacio: “¿Quién fue Catulo? Un rebelde, un radical, un experimentador, un innovador, un pionero. En Roma, en aquellos tiempos, había muchos como él”. Según Copley, el rebelde Catulo escribía así:

Hay como te digo, viejo, viejo mío
Te vendrá bien una buena comida
?
qué
será
de MI
bien
bien, mira esta billetera
sí, ésas son telarañas
pero oye
yo también te diré algo
I CAN´T GIVE YOU ANYTHING BUT LOVE, BABY


(*) - De Hechos Inquietantes, de J. Rodolfo Wilcock, Editorial Sudamericana, 1992, traducción de Guillermo Piro).

sábado, 10 de abril de 2010

Barthes (II)

En su libro sobre Roland Barthes, Jhonatan Culler asegura que para el escritor francés "lo novelesco es la novela desprovista de tramas y personajes: fragmentos de observación astuta, detalles del mundo como portadores de significado de segundo orden". No otra cosa parece ser esa suerte de diario llamado Noches de París, donde Barthes, cansinamente pero con precisión de estadígrafo, registra sus veladas nocturnas en una ciudad iluminada por el arte, la sofisticación y el sexo. Un Barthes a punto de cumplir los sesenta y cuatro años – y unos meses antes de que el camión de una lavandería lo atropellara y lo matara – va desgranando sus reuniones en apacibles bares de escasa concurrencia así como sus encuentros sexuales con jóvenes fornidos que venden sus servicios en los bulevares. Cada entrada perfila el capítulo de una novela sumida en lo cotidiano, ligeramente encadenada por sucesos mínimos donde la presencia cercana de la vejez y el ineludible compromiso intelectual tejen un manto que cubre todos los días – y especialmente las noches – de R.B.
En la entrada del 28 de agosto de 1979, Barthes escribe:
Siempre esta dificultad para trabajar por la tarde. Salí hacia las seis y media, sin rumbo fijo; vi en la calle de Rennes a un nuevo chapero, con el pelo tapándole la cara, y con un pequeño aro en la oreja; como la calle B. Palissy estaba completamente desierta, hablamos un poco; se llamaba François; pero el hotel estaba al completo; le di el dinero, me prometió que volvería una hora más tarde, y, naturalmente, no apareció. Me pregunté si me había equivocado de verdad (todo el mundo exclamaría: ¡darle dinero a un chapero por adelantado!), y pensé: puesto que en el fondo no me atraía tanto como eso (ni siquiera me apetecía acostarme con él), el resultado era el mismo: haciendo el amor, o sin hacerlo, a las ocho me habría hallado otra vez en el mismo lugar de mi vida que antes; y como el simple contacto de los ojos, de la palabra, me erotiza, este goce es lo que he pagado”.
En Noches de París, Roland Barthes ensaya la novela de lo cotidiano con las claves de su propia existencia. Se trata de uno de sus textos más personales y más engañosamente biográficos. Por eso mismo, su carácter complementario, misceláneo y, al mismo tiempo tan cercano, lo convierten en una privilegiada nota al pie para una de las Obras más importantes del siglo veinte.

martes, 6 de abril de 2010

Metanovela policial

Anthony Boucher firmó algunos de sus libros como H.H. Holmes (en referencia a un asesino serial que causó pavor en los Estados Unidos de finales del siglo XIX) y fue, entre otras cosas, amigo personal y suerte de mentor y tutor literario de otro gran novelista estadounidense, Philip K. Dick.
Para el número 136 de la mítica colección El Séptimo Círculo de la Editorial Emecé, la dupla editora conformada por Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, seleccionó la novela El siete del Calvario, el primero de los libros escritos por Boucher y, acaso, uno de sus mejores títulos. La elección de los argentinos no fue en absoluto casual y trascendió las – en sus cuatro manos – elásticas convenciones del género (no olvidar que en la colección conviven Julian Symons con Anton Chejov y Manuel Peyrou con Wilkie Collins, entre otros) para presentar en sociedad – o ante el público español – una novela que, a medida que desgrana su sólida trama, se dedica a reflexionar sobre los giros y artificios del propio concepto de novela policial.
El siete del Calvario narra un misterio de habitación cerrada permitiéndose la incursión de diversos niveles de ficción que, además de reclamar continuamente la atención del lector, no deja de presentarse como lo que en verdad es: un mecanismo mental que encierra un problema, una búsqueda y una resolución. La muerte de un académico visitante en la Universidad de Berkeley y la aparición de un extraño signo junto al cadáver disparan la investigación – por momentos involuntaria – que llevan adelante el estudiante de alemán Martin Lamb y el profesor de sánscrito John Ashwin.
Un diálogo entre un ya veterano Lamb y su amigo Tony (acaso el propio Anthony Boucher) es el sistema empleado por el autor para evocar y representar el caso ante el lector. Lamb, adicto consumidor de novelas policiales (que lee hasta la mitad para luego construir su propia solución de la forma más histérica y concienzuda) es, también, el improvisado traductor de una versión de Don Juan escrita por José María Fonseca en el siglo dieciséis, cuyos ensayos se van narrando de forma paralela a la investigación del crimen. Boucher elabora así una suerte de puzzle de realidades superpuestas para largar a su asesino y sus eventuales víctimas buscando, antes que nada, reflexionar sobre el género.
La clave del proyecto literario de Boucher en El siete del Calvario está sabiamente expresada por el profesor Ashwin en las primeras páginas: “Lo vocingleramente claro es lo que desafía a este mundo confuso que elige lo muy posible como preferencia a la verdad evidente. Este ‘muy posible’ rara vez está enteramente equivocado, es simplemente confuso. Y la verdad puede surgir con mayor facilidad del error que de la confusión”.
La novela Crímenes imperceptibles, publicada por el escritor argentino Guillermo Martínez en el 2003 (posteriormente filmada por Alex de la Iglesia como Los crímenes de Oxford) le debe algo más que el ambiente académico de un asesinato a la novela que escribiera Anthony Boucher en 1937. En ambas obras, el mecanismo es desmontado con diferente fortuna. Que sea el lector quien dirima estos asuntos.