jueves, 1 de enero de 2015

Un excéntrico en las sierras

por Martín Bentancor(*)

En el amplio mapa de la literatura argentina, el nombre de Raúl Barón Biza semeja la intrusión de un cerro en un apacible terreno que, por lo extraño de su relieve o por su incómoda posición en la llanura, no ha sido correctamente delimitado por el registro cartográfico. Breve e inclasificable, la obra literaria de Barón Biza ha sido absorbida por la propia vida del escritor; una existencia plagada de excesos, trascendidos y tragedias que lo convierten en uno de los autores más excéntricos del siglo XX. Su biografía constituye una auténtica novela pergeñada por una imaginación desbocada, como si cada suceso narrado debiera ser superado con creces para no provocar  aburrimiento en el lector. Persecuciones políticas, acusaciones de pornografía, disparatados caprichos millonarios y tortuosas relaciones sentimentales acompañaron a Raúl Barón Biza a lo largo de los años, abonando el terreno para convertirlo en leyenda.

Millones y millones
A diferencia de los grandes escritores ocultos que han proliferado en el último siglo – J. D. Salinger, Thomas Pynchon, B. Traven -, Raúl Barón Biza alcanzó el título muy a su pesar. Nadie mejor que él para promocionar su literatura a través de lujosas ediciones de autor, espacios contratados en medios escritos y hasta la pegatina de carteles en la vía pública. Sin embargo, el medio literario le fue ajeno y le dedicó la más completa ignorancia, relegándolo al sitial de los autores menores o al de aquellos que, por lo sórdido de sus tramas y personajes, van a parar a la sección de los “inmorales”. Heredero de una de las fortunas más sólidas de la Argentina, Barón Biza no escatimó millones en difundir su literatura y en constituir, con el paso de los años, su propia leyenda de artista mayor de las letras y atado a los problemas de su época. La fuerte creencia en el genio que animaba sus páginas le hizo marcar una distancia con el lector común que se acercaba a sus libros. “No necesito tu aplauso, no temo a tu brazo, ni me hace falta tu dinero. Estoy más allá del oro y de la fama”, escribe en el prefacio de uno de sus pocos,  hoy inhallables, libros. 
En el sólido y muy bien documentado Barón Biza el inmoralista, Christian Ferrer registra de forma rigurosa la magnitud de la fortuna que el futuro escritor heredó de su padre. Decenas de inmuebles, establecimientos ganaderos en distintas provincias, extensos viñedos, lotes de tierra sin producir, más un amplio y sustancioso etcétera, le aseguraron a Raúl y sus hermanos una existencia más que despreocupada desde el punto de vista económico. Raúl Barón Biza nació el 4 de noviembre de 1899 en Córdoba, provincia que oficiaría como centro neurálgico de su existencia y a la que volvería una y otra vez. Su juventud fastuosa y andariega (en pocos años recorrió innumerable cantidad de países) le sirvió de base para pulir su imagen aventurera y para hacer sus primeras armas en la literatura. En 1917 publicó en España su primer libro, Del ensueño, en medio de su periplo europeo que lo llevaría a convertirse entre otras cosas, en corresponsal del diario La Argentina. Desde distintas ciudades del viejo continente, Barón Biza remitía al medio de prensa rimbombantes artículos que analizaban tipos humanos y lugares bajo el título general de “Europa vista por un observador”. Poco a poco, su nombre comenzó a sonar en la alta sociedad argentina como sinónimo de millonario comprometido con los problemas de su tiempo.
Para condimentar aún más su leyenda, Barón Biza se rodeó de diplomáticos, estrellas del mundo del espectáculo, intelectuales y hermosas mujeres que participaban de aquel mundo de esplendor que, en el marco de la Argentina de los años veinte, parecía durar eternamente.




Amor y tragedia
Raúl Barón Biza conoció a Myriam Stefford en Venecia, en 1925. El joven millonario argentino quedó deslumbrado por la belleza y el carisma de aquella joven actriz suiza que, al igual que él, se había sabido tejer un aura de fascinación en las altas esferas que frecuentaba. Cuando Barón Biza la conoció, la Stefford era moneda corriente en publicaciones de moda, además de dedicarse a su mayor pasión junto con el cine:  la aviación.
Barón Biza y Myriam Stefford se casaron en Venecia, el 26 de setiembre de 1930. La fastuosa ceremonia contó con la crema y nata de la aristocracia europea y, en su momento, circuló la leyenda de que Barón Biza había alquilado todas las góndolas de la ciudad para que nadie interrumpiera aquel día tan especial. Tras residir un breve tiempo en París, el flamante matrimonio se radicó en Buenos Aires aunque pasarían la mayor parte del tiempo en la estancia de Barón Biza en Alta Gracia, Córdoba. Al llegar a Argentina, Myriam Stefford relegó su relación con el cine y se dedicó enteramente a la aviación. Se propuso como meta unir las catorce provincias argentinas por aire y, tras hacerse con un avión – bautizado “El Chingolo” – y acompañada por su instructor de vuelo, comenzó la travesía el 18 de agosto de 1931.
El periódico Jornada, fue publicando diariamente una suerte de “Diario de bitácora” de la aviadora, compuesto por los partes que la propia Stefford iba remitiendo desde los sitios donde aterrizaba. Con la atención de gran parte de la población argentina depositada en su proeza aeronáutica, la intrépida aviadora fue alcanzando las distintas etapas de su viaje. El público fue siguiendo su derrotero por Tucumán, Salta y Santiago del Estero, entre otros puntos del país. Pero, el  26 de agosto, tras despegar con rumbo hacia La Rioja y faltando sólo cien kilómetros para cumplir su objetivo, el avión se desplomó y Myriam Stefford y su acompañante perecieron en el acto.
Tras el golpe que significó el fallecimiento de su esposa, once meses después de su matrimonio, Barón Biza se dedicó a perpetuar el nombre de Myriam Stefford con toda la fastuosidad y grandeza a las que estaba acostumbrado. A tales efectos, hizo construir un enorme monumento mortuorio en una estancia de su propiedad, ubicada entre la ciudad de Córdoba y la localidad de Alta Gracia. Fausto Newton, el arquitecto encargado de la obra,  recibió la orden de edificar el monolito recordatorio con la forma de un ala de avión vertical. La construcción comenzó el 26 de agosto de 1935 – cuatro años después del accidente – y fue llevada a cabo por cien obreros polacos. Bajo ciento setenta toneladas de cemento, cuatrocientos escalones conducen al mausoleo donde Barón Biza depositó los restos de su joven esposa. El edificio tiene ochenta y dos metros de altura y supera al Obelisco de Buenos Aires, inaugurado nueve meses después, constituyéndose en el monumento más alto de la Argentina. No contento con la erección de aquella obra en medio del campo, Barón Biza depositó las joyas de su esposa junto a los restos mortales y, para custodiar los dominios, dispuso la vigilancia de un cuidador que evitara las profanaciones. En la bóveda que accede a la sepultura, el viudo labró una inscripción para todos aquellos que visitaran el lugar: ¡Silencio! Viajero: rinde homenaje a la mujer que en su audacia quiso llegar a las águilas”. Los intentos de Barón Biza por defender aquel sacro espacio no dieron resultado y el mausoleo fue saqueado varias veces. Además, una serie de sórdidas historias comenzaron a rondar en torno al monumento. Una de ellas, por ejemplo, decía que una mujer habría subido a la cima de la construcción para arrojarse al vacío como una suerte de homenaje a la aviadora fallecida. Finalmente, Barón Biza vendió la estancia en 1943 y sólo regresaría a las sierras de Alta Gracia para visitar la tumba de su esposa.

Lucha y poder
En el tiempo que Barón Biza y Myriam Stefford contraían matrimonio e iniciaban su breve vida marital, la Argentina se vio convulsionada por una serie de sucesos que darían comienzo a la tristemente célebre “Década infame”. El 6 de setiembre de 1930, el general José Félix Uriburu encabezó el golpe militar contra el presidente Hipólito Yrigoyen y el líder de la Unión Cívica Radical fue detenido y confinado en la isla Martín García. Raúl Barón Biza asistió a todo el proceso de resquebrajamiento democrático y, a diferencia de otros millonarios que alentaron el nuevo régimen en defensa de sus propios intereses, pronto comenzó a apoyar a la resistencia contra Uriburu y a trabajar para combatir y terminar con su gobierno.
En su libro Porque me hice revolucionario, editado en Montevideo en 1934, Barón Biza describe su trabajo en pro de la causa radical y no escatima elogios para narrar su propia aventura contra el sistema establecido. Como documento político e histórico, el libro de Barón Biza deja mucho que desear: largos pasajes dedicados a exaltar su propia figura en el fragor del combate al régimen, una visión de algunos sucesos de la época en clave frívola y poco comprometida y la novelización de episodios que lo tuvieron como protagonista. Barón Biza no pierde oportunidad de presentarse como un héroe legendario de la resistencia que no le teme al peligro. Así, por ejemplo, describe su lucha mano a mano contra ocho integrantes de la Legión Cívica Argentina, el cuerpo paramilitar creado por el gobierno de Uriburu, mientras bebía plácidamente una cerveza: “Empezaron una violenta provocación amparados en el número y en el hecho de encontrarme completamente solo. Ante el primer golpe reaccioné violentamente y con el mismo vaso en que bebía, enceguecido atropellé al grupo rompiéndoselo en la cara al que así me había, cobardemente, atacado. No pudieron entre todos poner una vez más sus puños sobre mi y ante los gritos de las señoras y concurrentes marqué para siempre el estigma de su cobardía con grandes cicatrices en el rostro...”.
Christian Ferrer sugiere leer Porque... más como novela de aventuras que como un documento político, aún así, no deja de destacar los verdaderos aportes que Barón Biza realizó a favor de la causa radical. Aportes que, a finales de 1932, lo llevarían a la cárcel acusado de “financista de la revolución”. Como presidiario, Barón Biza fue destinado a la cárcel de Villa Devoto, donde, junto a otros destacados revolucionarios, recibiría un tratamiento preferencial. En su libro, Ferrer narra la anécdota de cómo, durante la noche de Navidad, Barón Biza hizo ingresar a las celdas gran cantidad de botellas de champagne para convidar a sus compañeros de lucha y a los presos comunes.
Luego de pasar unos pocos días en prisión, Barón Biza interpuso un recurso judicial para detenidos en estado de sitio y se hizo trasladar a Montevideo. Tras unos meses en la capital uruguaya, regresaría a Buenos Aires en mayo de 1933. El estado de sitio había sido levantado y el presidente Agustín P. Justo gobernaba con plenas libertades, aunque la proscripción del radicalismo y la acusación de fraude electoral pendía sobre su gobierno. En Buenos Aires, Barón Biza volvió a vincularse con la causa revolucionaria eligiendo, para ésta ocasión, el combate desde un medio de prensa escrita. En setiembre de 1933 salió a la calle el primer número del semanario La Víspera, dirigido por Raúl Barón Biza y que se presentaba como “Órgano de la Juventud Radical”. Un mes después de su fundación, y con apenas cinco números en la calle, el director de La Víspera fue detenido mientras se encontraba en su estancia, en las sierras de Alta Gracia. Barón Biza recibió a sus captores armado con una pistola Mauser, aunque depuso su actitud ante la superioridad numérica de la partida. Acusado de publicar en el semanario instrucciones para fabricar granadas de mano, Barón Biza logró obtener la libertad provisional y, en uso de ella, se fugó a Uruguay desde donde fue deportado por llevar en su poder “panfletos subversivos”. Tras pocos días en la capital argentina, Barón Biza y un grupo de acólitos ocuparon la base aérea de El Palomar pero el fracaso de la operación hizo que el director de La Víspera huyera nuevamente a Uruguay y de allí llegara en avión a Uruguayana. Nuevamente detenido, fue conducido a Porto Alegre y, posteriormente, a Río de Janeiro donde fue confinado en un hotel a la espera de una negociación diplomática para regresarlo a Argentina. En el hotel inició una huelga de hambre durante nueve días, contando con el apoyo del Partido Socialista y de la Orden de Abogados de Brasil. Superada esa instancia, el rastro de Raúl Barón Biza se pierde entre el interior de Brasil, incursiones a Uruguay y un nuevo regreso a Argentina en 1934. Su afán revolucionario lo había convertido en una suerte de héroe y su combate al poder era seguido por el público como una novela por entregas.

Escritor y editor
A pesar de su compromiso con la causa radical y de la lucha que llevó adelante contra los enemigos de Hipólito Yrigoyen, a Raúl Barón Biza no le faltó tiempo para desarrollar su verdadera pasión:  la literatura. En 1924 había publicado el volumen de relatos Risas, lágrimas y sedas, que le sirvió como presentación literaria en sociedad aunque él mismo se dedicó  a referir la publicación de una novela llamada Alma y carne de mujer, en Chile el año anterior. La difusión de títulos de dudosa existencia así como el anuncio de obras de próxima edición que nunca verían la luz, fueron constantes en su carrera literaria; constantes que dificultan el rastreo minucioso de sus títulos y que se han abierto a las más extrañas teorías. A pesar de que contó con un tiraje de 5000 ejemplares, la repercusión crítica de Risas... fue escasa y, al igual que el resto de la obra de su autor, se ha convertido en un título inhallable en el mercado.
El libro que verdaderamente puso a Raúl Barón Biza en el tapete de la literatura de su tiempo y que le hizo famoso (aunque por razones equivocadas) fue la novela El derecho de matar, publicada en 1933. La redacción concluyó durante la prisión de su autor y su salida a la calle estuvo acompañada por una estrategia publicitaria inédita por su tenor. Barón Biza empapeló Buenos Aires con un cartel que decía: “¡Un libro sensacional! Su autor fue perseguido, encarcelado y procesado por la policía argentina. Adquiera hoy mismo su ejemplar”. La Justicia se abalanzó sobre el escritor tildándolo de pornógrafo y comenzó un extenso juicio del que, finalmente, fue eximido en abril de 1935. En su libro sobre Barón Biza, Christian Ferrer destaca un pasaje de la supuesta pornografía que atravesaba la novela: “El escote atrevido, casi exagerado, dejaba al descubierto el nacimiento de sus senos, ánforas de alabastro tibio, que se adivinaban macizos tras la tenue seda”.
Tras la publicación del citado Porque me hice revolucionario, Barón Biza aguardaría nueve años para dar a conocer su nueva novela. En Punto final, publicado en 1943, el autor vuelve a enfrentarse a sus principales temas: el sexo como arma de dominio y, al mismo tiempo, de miseria y esclavitud; la violencia, el poder y la sordidez en las relaciones humanas. Ego, el protagonista de la obra, posee un espíritu aventurero y se dedica a recorrer el mundo (inspirado en los años de juventud del propio Barón Biza) hasta que, durante un crucero, se encuentra con Alma, una hermosa mujer casada con un millonario. El encuentro entre Ego y Alma, a medio camino entre la seducción y la violación, será el disparador que volverá a unir a los dos personajes en el futuro junto con Vida, la hija de Alma, quien también será seducida por Ego. Al triángulo amoroso se suma la relación lésbica entre Virgen y Margot y su vinculación simultánea con Ego. El informe de la Comisión Asesora de la Municipalidad de Buenos Aires fue implacable con Punto final: “Casi no hay una página en que el autor no incurra en expresiones y descripciones de la más baja pornografía. En el se solaza la destrucción de todos los valores fundamentales: el hogar, el honor, la familia, la religión y la institución del matrimonio”. El libro fue tachado de “inmoral” por un Juez y el abogado de Barón Biza defendió la sentencia como un ataque contra la libertad de expresión. Finalmente, la causa se cerró por prescripción de la acción penal en 1946. 
Veinte años después de la publicación de Punto final, Barón Biza dio a conocer el que sería su último libro: Todo estaba sucio. Al igual que hiciera con El derecho de matar, Barón Biza apeló a la publicidad para reconvertir su vínculo con el lector: “Es la obra que usted esperaba, que en lo más recóndito de su conciencia aprobará. RESERVE SU EJEMPLAR”. La última novela de Barón Biza es un regreso a los temas de sus obras anteriores pero intensificados por cierta carga de remordimiento y tristeza. Roberto, el protagonista, recorrerá un largo camino de sordidez y violencia, pautado por la relación con su amigo José Antonio, un ser execrable que no duda de la violación y el asesinato para lograr sus objetivos. En el personaje de José Antonio, Barón Biza narró el proceso de corrupción de la clase alta argentina en pro de la obtención del poder político (no en vano, al final de la novela, José Antonio se convierte en embajador). En Víctor, un amigo común de Roberto y José Antonio que se encuentra preso en la cárcel de Villa Devoto, Barón Biza se escondió como personaje y, al describirlo, se describe a sí mismo en la época del fragor revolucionario: “... subvencionó periódicos partidarios, pensionó a madres e hijos de correligionarios prófugos, salvando así a las honras de muchos que mañana llegarían a las Cámaras y alfombrados despachos ministeriales”. Treinta y cinco años después, su hijo Jorge (ver recuadro), corroboraría la imagen de su padre  ofreciendo, al mismo tiempo, una síntesis biográfica contundente: “El viejo había sido violento, cruel, furioso, pero hizo las cosas con pasión, se había jugado por ideas, había gastado fortunas en combatir a los dictadores, después de malgastar otras mayores en putas europeas”.

Amor y muerte
El segundo matrimonio de Raúl Barón Biza fue una suerte de prolongación de su accionar político. Clotilde Sabattini, su segunda esposa, era hija del gobernador de Córdoba, el doctor Amadeo Sabattini, un referente de la Unión Cívica Radical. Maestra de formación, Clotilde tendría una agitada actividad en el ámbito de la educación pública argentina. Siendo diecinueve años menor que Barón Biza, contrajo matrimonio con el excéntrico escritor el 5 de marzo de 1936 en la localidad de Toledo, Canelones. Desde el trabajo partidario y el seguimiento a la evolución política del país, Barón Biza, Clotilde y Amadeo Sabattini asistieron a una serie de cambios que culminarían con la llegada al gobierno de Juan Domingo Perón. Como anteriormente ocurriera con el gobierno de Justo, Barón Biza adoptó la oposición como lema para enfrentar al partido Justicialista. A través de un nuevo semanario, La Semana Radical, Barón Biza se propuso la tarea de combatir a Perón y, al mismo tiempo, conducir a su suegro hacia el máximo cargo en la dirección del país. Desencantado por el devenir de los acontecimientos, en los que mucho tuvo que ver la propia actitud de la Unión Cívica Radical, Barón Biza cerró su combativo semanario tras seis meses de existencia. Puede decirse que fue ese su último gran ataque al poder establecido. De ahí en más, se dedicó a su vida familiar, los viajes, la ocasional escritura y a seguir abonando el terreno de su leyenda personal.

La vida de Raúl Barón Biza terminó fiel a su biografía desmesurada aunque teñida de tragedia. Tras cuatro años de separación, Barón Biza y Clotilde Sabattini se reunieron en el apartamento del primero el 16 de agosto de 1964. Los acompañaban sus abogados particulares, atentos al devenir del encuentro que propiciaría el acuerdo o el desacuerdo en la pareja. En un momento de la reunión, Barón Biza simuló servirse un whisky pero en realidad vertió ácido corrosivo en el vaso. Tras acercarse a Clotilde, le arrojó el contenido en el rostro. Después de la apresurada partida de los abogados con Clotilde hacia un centro asistencial, Barón Biza subió a su habitación, se recostó en la cama y se disparó un tiro en la cabeza con su revolver 38. Los periódicos no se privaron de la misma sordidez de los sucesos para ilustrar la tragedia de aquella tarde de agosto. Así, algunos periodistas se refirieron a Barón Biza “un hombre quebrado por una vida anormal” o como la tragedia de “un ebrio consuetudinario y toxicómano”. Como un exaltado guionista, productor, primer actor y director de su propia vida, Barón Biza se arrogó el derecho de decidir por sí mismo cuándo salir del escenario para culminar la función.

-(*) Artículo publicado en el Semanario 'Brecha', el 27/XI/2014

sábado, 14 de junio de 2014

Yo La Tengo en Montevideo

Contundente. Avasallante. Imparable. Demoledor. Parece que los adjetivos no alcanzan o no sirven en su extensión para definir el impresionante concierto ofrecido por la banda Yo La Tengo en la fría noche montevideana del pasado jueves 29 de mayo en La Trastienda.
Ante un público numeroso y fiel, que logró que volvieran tres veces al escenario luego de culminado el set, la banda originaria de Hoboken, integrada por el matrimonio de Ira Kaplan y Georgia Hubley y por James McNew, demostró con creces porqué está considerada como una de las mejores bandas de la escena alternativa, ocupando un sitial de honor ante la crítica y cosechando seguidores en todas partes del mundo.
Luego del sorpresivo y breve concierto (este cronista confiesa que sus expectativas eran nulas) de los teloneros locales, Carmen Sandiego, quienes interpretaron cuatro temas bastante personales y alejados del discurso simplón que campea en el rock local, sin mayores artilugios ni presentaciones, Yo La Tengo apareció en el escenario.
La casi veintena de canciones que desgranaron de forma ininterrumpida, exceptuando unas escasas palabras de Ira Kaplan en inglés (básicamente agradecimientos y saludos al público), conformaron un interesante arco entre el último disco de la banda –Fade, editado el año pasado– y el imprescindible Fakebok, que vio la luz en el ya lejano 1990.
Sobre el escenario, Ira Kaplan, Georgia Hubley y James McNew dieron muestras sobradas de su ya proverbial virtuosismo, intercambiando instrumentos de forma permanente, de una canción a otra y haciendo desfilar entre sus manos varios ejemplares de guitarras y de bajos.
Los permanentes cambios de climas, lejos de conspirar contra la unidad de todo el espectáculo, fueron oficiando de disparadores entre las canciones, de tal forma que luego, por ejemplo, de que Georgia Hubley cantara la intimista ‘Tears Are In Your Eyes’ (del ecléctico disco del año 2000 And Then Nothing Turned Itself Inside-Out), su esposo emprendió sin pausa un in crescendo de acoples y acordes distorsionados. En ese sentido, el punto más alto de la distorsión hecha canción llegó sobre el final del show, al encarar su particular versión del tema ‘Little Honda’, una de las tantas gemas escritas por Brian Wilson para The Beach Boys, grupo con el que Yo La Tengo dialoga permanentemente y del que se constituye en una suerte de hijo pródigo e inquieto. En la larga versión de ‘Little Honda’ interpretada el pasado jueves, Ira Kaplan y James McNew comenzaron a “intimar” con sus instrumentos a medida que el sonido iba en aumento, generando un auténtico colchón sonoro que tapaba voces, acordes y gritos del público y que desencadenó en que Kaplan acercara la guitarra a los asistentes de la primera fila para que hicieran su aporte a la distorsión general.


Uno de los mejores momentos del concierto, a juicio de quien esto firma, lo conformó la interpretación de James McNew de ‘Stockholm Syndrome’ (de otra obra imperdible de la banda como es el disco I Can Hear the Heart Beating as One de 1997). Allí, en esa melodía perfecta, la voz del bajista (y poliintrumentista) abrió una brecha entre las canciones interpretadas por las dos voces del matrimonio, con un particular registro, para cantar versos como “Another season, / but the same old feelings. / Another reason could be. / I'm tired of aching, / summer's what you make it. / But I'll believe what I want to believe…”.
Cuando el show comenzaba a acercarse al final, varios de los asistentes reforzaron la insistencia en el pedido de algunas canciones “emblema” de la banda, como es el caso de su versión de ‘Speeding Motorcycle’ de Daniel Johnston, título que en español y en inglés (en ocasiones bastante mal pronunciado) cruzó de este a oeste y de norte a sur, varias veces, el cálido aire de la sala de La Trastienda. (Este cronista admite que quedó con ganas de escuchar en voz de Kaplan a la hermosísima ‘Can't Forget’, canción que abre el Fakebook, pero reconoce también que se queja de lleno porque salió del concierto con el universo de Yo La Tengo aprehendido en su cabeza).
Como se dijo antes, los aplausos interminables, los alaridos y algunos quejidos del público lograron que la banda volviera tres veces al escenario, luego de cerrar el concierto. En todos los casos, con la misma naturalidad del primer acorde, sorprendieron con los bises, instancia en la que llegó otro de los grandes momentos de la noche: Georgia Hubley y su versión de ‘Yellow Sarong’, una perdida canción de los también perdidos The Scene is Now y que, para variar, también integra el puñado de gemas que conforman Fakebook.

Y después el final: la banda baja definitivamente del escenario, las luces se encienden, el público busca las salidas y la deprimente Montevideo nocturna, pese a sus inmundos contenedores desbordados, su tráfico ruidoso y su ominosa chatura, ya no parece tan ruin. La magia de las canciones de Yo La Tengo ha obrado un pequeño (pero poderoso) milagro. 

jueves, 5 de diciembre de 2013

Walter Apesetche le canta a sus orígenes

En esta milonga', el gran cantor repentista oriundo de la localidad de San Ramón, Walter Apesetche, definido como 'El trovador de Cristo', cuenta sus orígenes como cantor de la mando de su condición de joven chacarero en algún perdido campo canario... 

CHACARERO Y PAYADOR

Yo nací allá en San Ramón,
donde fue mi hogar primero
como el nido del hornero
hecho de paja y terrón.
Dejé desde muy pichón
aquel hueco paternal 
y azotado por el mal
rodé por sus aledaños
y con menos de diez años
me conchabé de mensual. 

¡Qué triste cuando se deja
el pago tan gurisito...!
¡Pobre de aquel pichoncito
que de su nido se aleja!
Yo en el llanto de mi vieja
templé mi tierno coraje
y cuando emprendí mi viaje
un parcito de alpargatas,
muy humildes y baratas,
eran todo mi bagaje. 

Así empecé a trabajar
de sol a sol sin descanso,
tras de una yunta de mansos
que me enseñaban a arar. 
Si habré visto agonizar
a los horizontes rojos;
si habrán llorado mis ojos
con el rigor de la helada
sobre mis piernas paspadas
por las cañas del rastrojo. 


Chacarero adusto y grave
fui de gurí sin apronte,
pero me llamaba el monte
con el canto de sus aves. 
Cadencias dulces y suaves
con mil variadas escalas, 
fueron poniéndole gala 
a mi pobre inteligencia...
No se queda en su querencia
quien ha nacido con alas.

Por el tiempo y el destino
que la vida nos tutela
con un rumbo de vihuela 
sigo abriéndome camino. 
Se ha de cumplir el destino 
que me deparó el Señor,
pero que orgullo mayor
es haber sido primero
un humilde chacarero
antes de ser payador. 

WALTER APESETCHE


-La imagen es el óleo 'Arando con bueyes', de Rolando Manavella (Argentina).






miércoles, 4 de diciembre de 2013

Una milonga de Rodolfo Blas Arrigorriaga

Varios sitios de Internet donde es reproducida la letra de esta milonga, que ha contado con diversos intérpretes en Uruguay y Argentina, señalan que es obra de Néstor Feria. El autor, en verdad, fue Rodolfo Blas Arrigorriaga, del que ASUNTO LITERARIO no dispone de mayor información. 


Las carretas

Como un saludo triunfal
que el bosque agita y exhala,
sobre las arcos de un tala
se está hamacando un zorzal.
Y por el camino real
una gran carreta asoma, 
rompiendo la policroma
quietud de las arboledas; 
como un rancho con dos ruedas
que va buscando una loma.

Por el tortuoso renglón,
la tropa lenta y tranquila,
parece una larga fila
de brujas en procesión.
Y cuando el negro crespón
en la llanura flamea; 
la larga fila se arquea
entre quejosa y jadeante:
como un monstruo agonizante, 
que en las sombras cabecea. 


Como viejas en cuclillas, 
divisando la extensión; 
las carretas en montón
se han sentado en las cuchillas.
Bajo las blancas costillas
de los toldos silva el viento, 
y junto al fuego un acento
lleno de amargos resabios, 
muerde y estruja los labios
con las palabras de un cuento.

Siempre con la misma pena
van cantando melancólicas, 
como guitarras eólicas
bajo la tarde serena.
La luna pálida y buena
rompe de un toldo la cara, 
la vieja armazón se aclara
bajo una brillante pauta
y el viento toca la flauta
en las cañas de tacuara.

Nota: La imagen se llama 'La carreta' (óleo sobre tabla de 20 x 19,5 cm.) y es obra del pintor uruguayo Ernesto Laroche (1879-1940).




martes, 29 de octubre de 2013

Teníamos a nuestro propio Corsini y no nos habíamos dado cuenta

Nueve tracks integran el disco Declaración conjunta, obra del músico, poeta y docente trashumante, nacido treinta y cinco años atrás, en el Chuy y que exhibe en sus creaciones, como el más lúcido pasaporte, rasgos culturales de los lugares por los que ha pasado y vivido pero sin la facilidad del pintoresquismo ni el gesto marmóreo de los homenajes.
En Declaración conjunta conviven el blues con el arte juglar, la balada con el canto gutural, los payadores con cierta veta de la poesía francesa del siglo XIX, Góngora con el tango. Convivencia no es cambalache ni variedad de estilos es saturación; tal es la regla no escrita que esgrime Palacio Gamboa en este disco. Eso y la reencarnación vocal de Ignacio Corsini.
Salvando la distancia temporal, la repercusión en los medios y la propia mediación de la poesía –funcional en Corsini, germinal en Palacio Gamboa–, hay mucho del argentino en la actitud del uruguayo, algo que se evidencia más allá de algunos registros vocales que el bardo del siglo XXI reproduce del cantor del siglo pasado.

Más allá de las palabras, la balada con la que abre el disco, haría derretir a la más fiel de las seguidoras de Ricardito Arjona si la fémina en cuestión abriera su corazón, claro está, a las guitarras azules y las canciones de Caetano, comprendiendo además que Sansueña es una tierra mítica de la memoria y el viaje y no una marca de veladores o sahumerios o saltos de cama.
En Canción de la paloma herida, Palacio Gamboa se convierte en un hacedor de letanías, una especie de misionero enamorado y brutal con un único objetivo: hacerse con la mujer amada. No sé por qué –tal vez por asociación, tal vez por ignorancia– al escuchar esta canción, recordé El promesante de Atahualpa Yupanqui, cantor con el que nuestro juglar tiene más de un punto en común.
Epitafio desmesurado a un poeta es una colaboración entre el bardo Miguel Hernández y Palacio Gamboa. El tema, nos informan, lo compusieron en la Barra del Chuy, un tórrido verano de 1941, cuando las primeras señales de tifus se cernían sobre el poeta de Orihuela. No sé si esto es verdad, más bien creo que no… pero lo cierto es que en Palacio Gamboa, los versos de Hernández adquieren una desoladora cercanía. Y si no, escuchen como el yorugua canta/grita “No se si en su hirviente frente, etc…”.
¿Qué decir del Monólogo segundo de Segismundo? Que arranca como un Dylan folk de frontera. Que los arreglos de las décimas, casi con gestos de cifra, son perfectos. Que si este mundo delirante tuviera algún sentido de la justicia, sería un hit radial que haría que Palacio Gamboa se llenara de guita, se vendiera al sistema y lo explotara desde dentro. Allí está Corsini, además. ¡Escuchen, escuchen!
Otra décima: Milonga del amor impar. Solo diré algo: alguien que arranca la canción con este díptico, tiene mi veneración: “Aunque se muestre fierita / y lunfardee a lo Rivero…”. El tipo es crá. Me dicen que el tal Rivero fue un destacado cantor de tangos, de prominente nariz.

Y siguiendo con el hatajo de segundones a los que Palacio Gamboa recurre para confeccionar estas gemas sonoras, Límites fue escrita por el baladista Jorge Luis Borges. Personalmente, es la canción que menos me gusta porque, creo, es en la que menos arriesga el bardo oriental. ¿Qué quisiste hacer, Palacio Gamboa? ¿Es una fucking joke? Además, es muy larga y, lo que es más terrible, suena a… Nito Mestre!!!
Pero por fortuna, en séptimo lugar, ya en la recta final, el trovador nos hace olvidar el mal trago con esa joya sublime que es Amigo Baudelaire. Miren esto: “Amigo Baudelaire, / recuerda que no hay un bar / donde el abismo se amonede / por un poco de clonazepam”. En esta canción se conjugan todos los vicios, las pasiones y los fantasmas de Palacio Gamboa aunque, claro está, para verlas y aprehenderlas, hay que leer y escuchar entre líneas o entre acordes. Verdadero punto alto de Declaración conjunta.
A mi estatua de barro, penúltima canción, es una sonorización de unos versos de Hugo Emilio Pedemonte que Palacio Gamboa canta. Solo diré esto, parafraseando a Bobby Dylan en Soñé que vi a San Agustín: “I put my fingers against the glass / and bowed my head and cried”. ¿La cazaste?
Y ahora, unas palabras sobre el apoteótico final del discazo del bardo melenudo: Gatamanga. En esta canción sutil y perfecta, como cualquiera de las que compuso Nick Drake, Palacio Gamboa habla del paso del tiempo y de los rituales cotidianos, de la intimidad y el olvido y también acerca del difícil arte de conocerse. 

lunes, 21 de octubre de 2013

Cuarta escala de YA TE CONTÉ



CUARTA ESCALA 2013

VIERNES 25 DE OCTUBRE
Centro Cultural de España | Rincón 629
Montevideo, Uruguay


18 hs.
Feria del libro callejera. Editoriales uruguayas y argentinas


19 hs.
Garo Arakelian toca temas de su disco Un mundo sin gloria


19:30 hs.
Leen:
Lucía Puenzo (Arg.), Ignacio Alcuri (Uru.) y Fernanda García Lao (Arg.)


20 hs.
No te olvides del pago
Videoconferencia con escritores que viven en el exterior.

Lalo Barrubia (Uru.)

Modera: Alicia Torres (Uru.)


20:45 hs.
El escritor comido
Alejandro Ferreiro (Uru.) entrevista a Sergio Bizzio (Arg.)


21:30 hs.
Me río de la plata
Mesa redonda: El humor en nuestra literatura


Modera: Martín Bentancor (Uru.)


22:15 hs.