Para aquel niño de diez años, que
escuchaba las tempraneras audiciones radiales de los payadores y que se asombraba
con los timbres vocales cuasi extraterrestres de los conjuntos argentinos, oídos
a la noche en ‘Su cita folklórica’, la voz de Alfredo Zitarrosa sonaba
demasiado fría y lejana. Cuando el 17 de enero de 1989, aquel niño de diez años
recorrió el dial de las radios uruguayas en amplitud modulada, fue sorprendido
por la noticia de la muerte del cantor de voz monótona y, sobre todo, por la
gran reacción popular. Informativistas y noteros, apostados en diversos puntos
de Montevideo, en los bares, en las calles, a la puerta del Cementerio Central,
relataban con dolor aquel sentimiento generalizado de pérdida. Un crespón vivo
desgarrando en cada esquina el velo mudo de la muerte; la despedida de un
verdadero cantor popular.
Algunos años después, cuando me sumergí de
lleno en la obra de Zitarrosa, empecé a calibrar cuál era el legado de aquel hombre
vestido de negro, serio y engominado, al que un mundo de gente había sabido
llorar. Y fue al adentrarme en el relato pausado, brutal, de Guitarra negra, en sus imágenes de
violencia y dulzura, en el periplo del hombre-fantasma que atraviesa el lodazal
de la historia reciente, bajándose de un ómnibus con destino al Cerro para
comprobar que la Muerte, al menos por un rato, ha sido vencida, fue entonces,
digo, cuando la obra de Alfredo Zitarrosa caló hondo en mis devaneos de poeta y
en mis pretensiones de músico frustrado. Y fue entonces, también, cuando
comprendí el sentido de aquella despedida a un auténtico cantor popular.
Guitarra
negra
es un relato sobre el paso del tiempo y sobre la ausencia. También es, claro
está, una crónica personal de un Uruguay perdido en los recovecos más oscuros
de la Historia, que Zitarrosa escribió por 1977, en el exilio, lejos del
Montevideo recreado en sus versos, cuando la misma fuerza política que hoy
cierra filas sobre falsos licenciados y apólogos de las armas, había sido
diezmada, convertida en diáspora, manteniendo la lucha desde la distancia y
desde las ideas. Los temas que sustentan esa obra, estructuralmente extraña
dentro del canto popular uruguayo, y la propia interpretación, cargada de
quiebres, de matices, de adjetivos que repercuten como una metralla, acunada
por un coro mínimo que se entrevera con los instrumentos, conforman, en mi modesto entender, el auténtico legado de
Alfredo Zitarrosa a eso que, a falta de términos menos abstractos, puede
definirse como la cultura del país.
Para finalizar, permítaseme una reflexión
sobre el Concierto Homenaje 80 años
del próximo jueves 10: que esa noche, en el escenario del Estadio Centenario,
entre los artistas participantes se encuentren Emiliano Brancciari y Maia
Castro y no así Carlos Benavides y Yamandú Palacios, dos de los creadores más
versionados por Zitarrosa, parece ser un verdadero despropósito. A veces, los
homenajes no solo se definen por quienes son convocados sino, y especialmente,
por quienes no son tenidos en cuenta.
Martín
Bentancor
-Publicado en el 'Especial Zitarrosa', de Semanario Brecha, viernes 4 de marzo de 2016.
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