jueves, 3 de septiembre de 2009

Fundación mítica de Santa María


Como ese mapa del condado de Yoknapatawpha que William Faulkner agregó al final de ¡Absalón, Absalón! - y donde es posible ver y presentir, entre el Remanso del Francés y las vastas tierras de los indios Chicksaw, todas las estirpes, las dinastías y los mestizajes que fueron forjándose año tras año, libro tras libro -, así también, como todo mito fundante, Juan Carlos Onetti edificó a Santa María entre las páginas de La vida breve.

En el penúltimo capítulo, luego de padecer los martirios (y ciertas gratitudes) de una esposa con un pecho extirpado, el vil despido de su jefe en la agencia publicitaria (un tal McLeod), rebajarse hasta la infamia y el crimen con su ninfómana vecina (la Queca) e inventar a un médico de provincias - comedido y al mismo tiempo distante, traficante de morfina y héroe de estúpidas causas perdidas - para hacerlo rondar por los alrededores de una ciudad costera, luego de todo eso, Juan María Brausen huye de Buenos Aires y llega a Santa María.

Contemplando la apatía de la ciudad dormida, pronto para desaparecer y a punto de convertirse en un dios, Juan María Brausen contempla a Santa María, su ciudad, el espacio surgido de su mente, el asfalto que el mismo diseminó, los árboles que él mismo hizo plantar.

"... frente a mí se extendía un sector de la plaza que había contemplado Díaz Grey desde algunas de las ventanas que nos rodeaban; recordé que la primera tormenta de primavera había sacudido los árboles y que bajo sus hojas húmedas pasaron los perfumes de las flores recién abiertas, los calores del verano; hombres en overalls con sus muestras de trigo envasadas, mujeres con el deseo y el miedo de enfrentar lo que habían imaginado en el aterimiento del invierno. Todos eran míos, nacidos de mí, y les tuve lástima y amor; amé también, en los canteros de la plaza, cada paisaje desconocido de la tierra; y era como si amara en una mujer dada a todas las mujeres del mundo, las separadas de mí por el tiempo, las distancias, las oportunidades fallidas, las muertas y las que eran aún niñas".

Después de esto, a Brausen sólo le resta desaparecer y, aunque en algún momento de confusión y delirio, Díaz Grey eleve los brazos al cielo y clame "¡Brausen mío!", no se tomará la molestia de atender las plegarias ni, mucho menos, volver a pisar la ciudad costera, la provincia dormida, el mundo creado.

2 comentarios:

Vero dijo...

Gran escritor, después de él cambiaron unos cuantos...
Ejemplo de que la literatura no solo absorve, si no que construye(y a veces destruye)cultura. El "mito" de Santa María, es el mismo de alguna ciudad cerquita del Río de la Plata gracias a Onetti...
Leo los blogs mb recomendados en la página de un amigo...archi gracias..=)

Martín Bentancor dijo...

Es verdad, es impredecible el poder que ciertos mitos literarios y de qué forma pueden marcar a los que vienen después.
Gracias por tu lectura,
un saludo